lunes, 17 de enero de 2011

Un libro cerrado

Sobre 1027, de Eloísa Oliva (Editorial Nudista, Córdoba, 2010).

En el verano de 2008 Eloísa Oliva llegó a Rosario para participar en RUSA, la Residencia de una sola artista convocada por Claudia del Río. En una crónica sobre esa experiencia dijo que fue “un tiempo de afinar, de buscar la palabra justa aquí y allá donde la escritura se volvió difícil, poco natural, examinar todas las evocaciones de una frase, afirmarlas o descartarlas, volver presente algo que era pasado, o pasado algo que era futuro”. El tiempo de la elaboración final de un conjunto de poemas. Oliva agregó una anotación algo enigmática sobre un momento del trabajo: “El libro está cerrado, excepto por una palabra. Una palabra que me va a desvelar, porque en revisarla se me va revisar mi historia personal y la historia política ya no tan reciente, o al menos tan vieja como yo, de este país”. La dificultad fue finalmente resuelta, y de allí, con el cambio de estación que coincidió con la conclusión de la residencia, proviene 1027.
Descubrir esa palabra, una palabra que tal vez ya no está, podría ser una clave de lectura. En 2006, Oliva publicó en Las elecciones afectivas tres textos que integran el libro y las diferencias con la versión final son mínimas, pero lo mínimo es un valor de peso en su poesía. Antes hay que observar que el paso por la residencia sería puramente anecdótico si no reuniera circunstancias que parecen gravitantes en su escritura y en su biografía: el desplazamiento geográfico, la presencia del verano, el final de estación como clausura de cierto proceso, el poema como cierre y a la vez retorno del pasado y de las “imágenes perdidas” de la infancia.
Oliva nació en Buenos Aires en 1978 y vive en Córdoba. “De chica me mudé muchas veces, así que no tengo procedencia pura, no hay ninguna geografía o paisaje privilegiado en mi imaginación –dice, en una nota final de 1027-. Sin embargo, los paisajes son el disparador de la mayoría de mis aproximaciones a la escritura”. Esa inspiración produce observaciones de máxima intensidad, como la del hombre joven que duerme en un banco, bajo unas tipas que sueltan sus flores, serenamente inconsciente de la belleza del cuadro. Pero no está despojada de cierta inquietud, la inquietud del que se pregunta dónde se encuentran, entre tantos lugares conocidos, tantas presencias que hacen señas y parecen familiares o al menos amistosas, donde se encuentran, entonces, sus raíces.
Las imágenes de árboles, un punto de apoyo recurrente en los poemas, son registros de esa búsqueda. Las plantas como alusión a lo que está arraigado y pertenece a un sitio. El primer poema del libro gira en torno a una aralia que “cayó al patio del vecino” y deja confundidas durante varios días a las ocupantes de la casa, como si hubieran perdido su centro de gravitación; en “Km. 6 y medio”, el último, que transcurre en verano, formula el deseo de “un gesto hecho de álamos,/ de robles, aguaribay” y, como algo naturalmente asociado, “de una casa, que todavía nos proteja”. En el camino hay otras apariciones en el mismo sentido. En “Mudanza”, la descripción de un patio que será abandonado, otra vez en verano, culmina con la aparición reparadora de una planta: “el gomero es el único/ en quien depositar la fe”. El mundo vegetal aporta también los términos para una especie de haiku que podría cifrar la poética de Eloísa Oliva: “así como el limón encierra/ el diagrama del limonero/ estoy acá”. En la versión anterior, la de Las elecciones afectivas, el poema se llamó, justamente, “Mecanismo”; en el libro aparece sin título. Tal vez esa fuera la palabra que no cerraba, la que podía abrir el libro en un sentido no deseado.
El diagrama personal parece referir más a un punto en el tiempo que en el espacio, “la deriva/ de un verano eternizado”. Diciembre, enero, como los meses más crueles. Volviendo al texto final de 1027, Oliva dice que el libro es una mezcla de tiempos y de lugares. La pregunta es “cómo armar esa historia del momento”, y tal vez por eso los poemas más extensos se estructuran como escenas discontinuas. En “días del delta”, el vuelo de una polilla alrededor de una lámpara se asocia con la separación de dos amigos, “opacos en el aire del verano”; los registros mínimos del ambiente y de los sonidos del agua conducen a una revelación críptica: “la felicidad es esa gasa que cubre la noche/ y de la que ahora, en la crueldad de la luz, no queda/ rastro”. Recuerdos, instantáneas y notas fragmentarias (“enero del 78/ el vapor se levanta del asfalto”) componen “momentos dispersos para una autobiografía”, el texto central del libro, donde también cuenta lo que no está dicho, en poemas breves cargados de sugerencias. Si bien se trata de un relato personal, la voz habla en plural. La autobiografía incluye la figura de una hermana, que remite al personaje de un poema anterior, el que hace de introducción. Una referencia a ese pasado que también es futuro, en la medida en que funda la escritura y cierto arraigo: “nos bañábamos/ empezó a salirme una raíz del corazón,/ una raíz blanca, gruesa”.
Eloísa Oliva reunió unos pocos textos en su segundo libro, después de Humus (2005). Pero las apariencias engañan. Las personas, los objetos y los lugares que evocan los poemas de 1027 persisten replegados en cierta contención, cerrados igual que objetos preciosos, como un desafío a la comprensión y al conocimiento.

En Diario de Poesía número 81, Buenos Aires, noviembre 2010 / abril 2011

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