domingo, 27 de febrero de 2011

Cartas de Francisco Gandolfo










Prólogo a Francisco Gandolfo, Correspondencia (inédito).








El archivo de Francisco Gandolfo (Hernando, Córdoba, 1921 – Rosario, 2008) incluye más de ochocientas cartas, recortes de diarios y revistas, fotografías, publicaciones, versiones originales de textos propios y ajenos, poemas y relatos inéditos, programas de actividades culturales y papeles diversos. Un enorme conjunto de documentos desarrollado al mismo tiempo que su obra poética, que exhibe el proceso de producción de sus libros y la forma en que fueron recibidos, los vínculos y los enfrentamientos sostenidos en el campo literario, las lecturas, los problemas y las cuestiones que atravesaron su escritura.
La correspondencia, así, permite seguir la producción íntegra de Gandolfo y observar muy de cerca la del grupo que integró a través de la revista el lagrimal trifurca (1968-1976). Estas cartas son un espacio de reflexión y un laboratorio de prueba de las primeras versiones de los poemas. Pertenecen a la intimidad del escritor, un ámbito reservado a pocas personas. Pero en el diálogo que se trama a través de esos textos surgen con frecuencia decisiones que determinan las características de aquello que resulta más visible, desde el título de un libro hasta la resolución de sus problemas formales.
Gandolfo valoró en particular a aquellos corresponsales que podían hacer una lectura crítica de sus textos. “De un mes a esta parte –le escribe a su hijo Elvio, el 20 de mayo de 1979- compuse los diez poemas que te mando, lo mismo a (Mario) Levrero, para que me los analicen despiadadamente, como es costumbre entre nosotros”. En esos casos se producen los intercambios más intensos y prolongados, cuando reconoce en el otro una afinidad fundamental. “Vos y yo somos de la pesada”, le dice a Levrero, con quien compartía además cierta visión del mundo y de la literatura, marcada por el humor, la irreverencia y el cuestionamiento mordaz de las instituciones y las opiniones convencionales.
La correspondencia no hubiera sido preservada, tal vez, sin la obra poética. Con frecuencia, Gandolfo hizo copias en carbónico de sus cartas, mecanografió algunas que le mandaron en forma manuscrita, anotó al margen o al pie los nombres de destinatarios, cuando faltaban, o reescribió pasajes confusos. Si bien las cartas no se escriben como textos destinados a la publicación, esos procedimientos, tan insistentes que parecen dirigidos a lectores futuros, indican tanto el cuidado que le dedicó al archivo como la importancia que tuvieron para él algunas de sus piezas. No es tampoco un dato menor que se haya preocupado por orden en forma cronológica sus papeles. El gesto de preservar un objeto y crear las condiciones para su adecuada conservación significa establecer un valor, ya que se extrae a ese objeto del conjunto de cosas destinado al olvido. La colección añade nuevos sentidos al conformar distintas secuencias en el conjunto: la correspondencia de Gandolfo, en particular, se despliega en un plano literario pero también comercial (con los remitos y notas a librerías y ferias de libros, presupuestos de trabajo en su imprenta, cartas a encargados comerciales de diarios, recortes de anuncios de sus libros) y periodístico (los recortes constituyen un registro del modo en que fueron valoradas sus publicaciones y la revista el lagrimal trifurca, mientras que las tarjetas, programas y algunas cartas aportan datos e incluso informes sobre acontecimientos culturales).







Pero no se trataba de atesorar cualquier papel. Tan importante como conservar era desprenderse de aquello que no tenía valor literario ni documental. La historia narrada por Elvio E. Gandolfo de la destrucción de “montones de carpetas y hojas sueltas” donde Francisco Gandolfo tenía sus poemas, “lo que mi padre escribía antes de la «escritura»” (“Filial”, en Cuando Livia vivía se quería morir, Perfil, Buenos Aires, 1998, pp. 49-51), probablemente a mediados de la década de 1960, condensa tal vez el modo de producción del archivo. En ese mismo sentido puede explicarse por qué quedan tan pocas cartas de los primeros años de correspondencia: es también el período de trabajo en aquellos textos de los que abjuró. El archivo define sus características a partir de 1965, momento en que su producción poética comienza a ser valorada y a circular en ámbitos especializados.
La íntima asociación de poesía y correspondencia se encuentra en el origen mismo del archivo. La primera carta data de 1947 y acompaña el envío de un libro de poemas a Juan Solano Luis, poeta al que había tomado como maestro. Gandolfo conoció a este escritor mientras cumplía el servicio militar en San Rafael, Mendoza, en 1942, y lo reencontró en 1947, cuando se radicó en esa ciudad. Así se refiere al episodio, en una entrevista de 1999:

Cuando terminaba el período de la milicia, uno de los músicos de la banda del regimiento me presentó a un poeta que vivía en San Rafael, porque me hacía falta alguien que me orientara. El poeta se llamaba Juan Solano Luis y acababa de ganar un premio en Buenos Aires. A la vez este muchacho tenía un maestro, que era Alfredo Rafael Bufano. El tipo escribía en verso clásico: era una copia, pero lo hacía muy bien. Solano me empezó a dar lecturas, sobre todo de poetas españoles: tenía una colección de libros bastante notable para mí, y como era maestro tenía todo ordenado y estudiado. Creo que fueron unos seis meses. En un momento me di cuenta que ya me había dado lo necesario en el arte de la poesía, que si seguía iba a ser una redundancia para mí; y además extrañaba mucho, tenía ganas de volver. Me orientó sobre todo con la poesía española y los derivados .

La relación quedó interrumpida a fines de 1948, momento en que Gandolfo se mudó a Rosario, suceso que también quedó documentado en una carta. En esta ciudad se empleó como tipógrafo en una imprenta, oficio que desempeñaba desde su adolescencia. A partir de entonces, durante casi diez años, su formación parece haber transcurrido de modo autodidacta, distante de grupos literarios y prácticamente sin encuentros con otros escritores. En ese sentido, el único contacto conocido pone más de relieve su aislamiento. En 1944, año en que vivió unos meses en la ciudad de Buenos Aires, visitó una tarde al poeta español Rafael Alberti. Este suceso no se dio en el marco de un ambiente, como consecuencia de determinadas relaciones, sino simplemente porque Gandolfo fue a editorial Losada, pidió la dirección de Alberti y se presentó en su casa con un par de sonetos. En la entrevista citada de 1999 dice: “Entre los poetas que me había dado Solano Luis, estaba Rafael Alberti: había leído Marinero en tierra y me enteré que él vivía en Buenos Aires. Fui a Losada, pedí la dirección y lo fui a ver con un par de sonetos. Uno le gustó, pero en serio: lo había escrito en Leones”. Gandolfo adopta una actitud similar en algunas cartas, por ejemplo cuando le escribe a Nicanor Parra (el 25 de septiembre de 1972), Carlos Barral (26 de marzo de 1973) o Roberto Fernández Retamar, sin que medie un contacto previo ni haya conocidos en común. En el caso de Fernández Retamar, si bien no contestó la carta, la revista Casa de las Américas llegaba a casa de Gandolfo y al visitar Rosario y ser entrevistado “recordó una revista, El lagrimal trifulca [sic], «el título más original en el mundo» y al poeta Francisco Gandolfo, su creador” (La Capital, Rosario, 21 de abril de 1986).
Las cartas de esa etapa dan cuenta de sucesivos rechazos a sus intentos de publicar colaboraciones en el diario La Capital y de la obtención de algunos premios en modestos concursos literarios. Alberti lo había exhortado a perseverar, recomendándole de paso las lecturas de César Vallejo y Pablo Neruda, pero el siguiente contacto con un escritor pone totalmente en crisis el trabajo que venía realizando: en una extensa carta, el santafesino Jorge Vázquez Rossi le hace notar los rasgos conservadores de su escritura y le recomienda más lecturas para actualizarse y dejar de lado las formas tradicionales. Apenas un par de versos aislados se salvan de ese vendaval.
Gandolfo deja pasar ocho años antes de contestar, y lo hace cuando gana el primer premio en un concurso de poesía en cuyo jurado se encontraba justamente Vázquez Rossi. Hay un plus de satisfacción en ese premio: el que antes le negaba valor literario ahora lo reconoce como digno de ser distinguido. Al mismo tiempo, aquella carta de Vázquez Rossi adquiere un nuevo sentido: es una referencia del proceso de elaboración de la obra, un punto para situar el marco donde se recorta la voz propia y el difícil trance de su gestación. Es significativo que sea una de las personas a las que dedica su primer libro, Mitos (1968).
En los años en que el ambiente literario parecía un lugar cerrado, el principal interlocutor es uno de sus hermanos, el pintor Enrique Gandolfo (1924). Radicado en Río Tercero, pero con largos períodos de residencia en Buenos Aires, Enrique Gandolfo frecuentó e hizo lazos con muchos de los artistas que integrarían los movimientos de vanguardia de los años 60. En las cartas que ambos intercambian vemos cómo no sólo lee y comenta distintos poemas de Francisco Gandolfo, sino que también se ocupa de difundir sus textos en el círculo de sus amistades e incluso trata de relacionarlo con escritores incipientes, como el caso de Ricardo Zelarayán, y aficionados. Es sobre todo una voz de aliento, alguien que exhorta a persistir en el trabajo artístico con el convencimiento de que es arduo y los resultados llegarán algún día: “Hice leer tu trabajo por los muchachos pictóricos, y encuentran que se nota todavía la raíz formal anterior –le escribe el 5 de noviembre de 1959-. Estás en el principio de un proceso que lleva tiempo y es plausible que hayas entrado en él. Poco a poco es como tienen que realizarse estas evoluciones para que tengan valor”. El 24 de febrero de 1960 insiste: “Lo bueno es trabajar, que uno no sabe nunca cuándo hará algo que valga más o menos, y a veces tarda tiempo en ver y apreciar algo ya hecho”.
En 1965, Gandolfo se presenta al concurso de poesía Legado Manuel Musto, de la Municipalidad de Rosario, y obtiene una mención por su libro Fonemas. Invitado por la Sociedad Argentina de Escritores, envía dos poemas para una lectura en Radio Nacional Rosario. El premio no tiene otras repercusiones, y más allá de la recompensa económica (que le sirvió para “terminar de pagar un lavarropas que había comprado en cuotas”), asume un sentido especial, que no alcanzaron los galardones anteriores. Gandolfo lo explicita al comentar la insólita censura que sufre en el programa, cuando los conductores se abstienen de leer parte de uno de los poemas por considerarlo inconveniente. “Pese a ello -escribe en una carta a Juan José Manauta, el 2 de enero de 1966-, le estoy muy agradecido a la Sade filial Rosario por haberme dado la bienvenida como poeta, después de haber trabajado más de veinte años el verso en el anonimato”.
Ese premio, el primero que recibe de una institución literaria, significa entonces el cierre de aquel largo período de aprendizaje. El reconocimiento parece funcionar como una autorización para dirigirse a otros escritores, con la convicción de ser uno de ellos. Y la conciencia de su particularidad en tanto escritor: el tiempo y las dificultades de su formación, el escaso margen para la poesía que le deja su trabajo como tipógrafo. En una nota dirigida a la Sade, insiste en ese punto: “Si bien creo que se nace poeta, no empecé a escribir versos sino a los veinte años y tardé veinte más en encontrar mi verdadera voz”, dice. Por entonces declaraba como influencias a Neruda y Vallejo, las lecturas aconsejadas por Alberti, que lo llevaron a la ruptura con sus poemas iniciales. Pero Gandolfo reformularía ese reflexión para reconocer su “verdadera voz” en textos de elaboración posterior.
Más de veinte años de búsqueda: ese período, signado por la incertidumbre, resulta de ahí en más una experiencia que vale como perspectiva y que permite enfrentar las vicisitudes de la publicación. En una carta de abril de 1967 dirigida a Vázquez Rossi, después de recordar que un procurador, en la juventud, le recomendó estudiar abogacía y tomar la poesía como adorno, dice Gandolfo: “Felizmente jamás sentí la poesía en mi caso como un moñito y una flor en el ojal, pese a haber trabajado durante tanto tiempo en terreno estéril (...) Después de haber pasado períodos muy críticos de toda índole, tengo una gran paciencia para esperar y ayudar a que nazca lo que uno ama. Lo que me angustia siempre es mi escaso sentido crítico y la poca facilidad que tengo para expresar de inmediato lo que concibo interiormente. Por eso valoro tanto la buena crítica”.
En 1964 Gandolfo había logrado independizarse. Ese año fundó la imprenta La Familia, “que mi viejo había empezado a construir robándole tiempo a sus ocho o diez horas de trabajo diario como tipógrafo” (Elvio E. Gandolfo, “Conciencia, inconciencia y lluvia”, en Diario de Poesía número 2, Buenos Aires Montevideo Rosario, 1986, p. 18). Por entonces surge otro interlocutor en el espacio familiar: su hijo Elvio. Como ocurriría con sus hermanos menores, Elvio se inició muy joven en el trabajo de la imprenta familiar. Esta situación determinó que compartieran lecturas decisivas, como recordó en el cuento "Filial": “A diferencia de tanto padre e hijo, leímos, o más bien descubrimos más o menos los mismos libros en la misma época y por lo tanto, en cuanto padre e hijo, en edades tan distintas”.
El 4 de septiembre de 1966, en una carta a Ariel Canzani D., el editor de Cormorán y Delfín, Francisco Gandolfo expone su proyecto de publicar libros y hacer una revista, “si mi hijo me sigue acompañando con su afición a las letras”. Como un revés de esos planes refiere los problemas económicos que enfrenta, en particular una hipoteca sobre la casa, donde además funciona la imprenta, y el escaso tiempo disponible para la poesía. De ahí, también, la importancia de su hijo como interlocutor: “Yo tenía la ventaja de que Elvio ya mostraba en la adolescencia su capacidad literaria. Había muchas cosas que yo no podía leer, y yo tampoco tengo la facilidad de lectura de Elvio. Tengo que ir como meditando, eso te lo marca la misma poesía, como una retardación (…). Y con Elvio se me facilitaba la cosa. Él compraba todo y decía, por ejemplo: “esto no vale la pena que lo lea”. Para que no perdiera tiempo, porque yo tenía que dirigir la imprenta, entonces nos beneficiábamos ambos, porque él también me preguntaba” (1999).
Mientras Francisco Gandolfo extiende sus líneas en el ambiente literario, con Vázquez Rossi y Víctor García Robles, colaborador de la revista El Escarabajo de Oro, y se dedica a la imprenta, Elvio hace las primeras armas en la producción de revistas. Primero a través de una publicación juvenil y luego con la revista Cronopio, de la que aparecen dos números en 1967 y 1968. Entre sus colaboradores se cuenta Eduardo D’Anna, quien integraría la redacción de el lagrimal trifurca. El contacto con otras publicaciones de la época, como Eco Contemporáneo y El Corno Emplumado, contribuyó a delinear las características de la revista en preparación.
En mayo de 1967, Francisco Gandolfo comenta el proyecto de la revista propia a Vázquez Rossi: “Estas publicaciones son muy necesarias para agilizar y mantener viva la cultura intelectual, dada la pesadez y chatura de los órganos periodísticos tradicionales (…). Mi hijo tiene grandes deseos de que saquemos algunas publicación periódica cuando se vea libre del servicio militar que le tocará en la próxima llamada. Tenemos imprenta, así que no nos va a resultar difícil”. Los tiempos se aceleran un mes después, ya que Elvio sale sorteado con número bajo y se salva de la conscripción. A fines de 1967, Francisco Gandolfo vuelve a repasar las dificultades de la empresa en otra carta al escritor santafesino: “No sé cómo nos arreglaremos pero estamos dispuestos a hacer el esfuerzo extra pese a que hay días que terminamos con los huesos envenenados de fatiga para llevar adelante taller, familia y pago de la casa”. En 1986, al recordar ese momento en una entrevista con Diario de Poesía, reconoce en su hijo la iniciativa de la publicación: “Elvio fue el de la idea de la revista (…) Nosotros teníamos una imprenta donde hacíamos trabajos comerciales, lo que por cierto facilitaba las cosas”.
En abril de 1968 aparece finalmente el primer número de el lagrimal trifurca. “Era una época de nombres como El escarabajo de oro, Eco contemporáneo o El corno emplumado –recuerda Elvio E. Gandolfo-. Tanto a mí como mi padre nos fanatizaba César Vallejo. Hay un momento de Trilce donde habla de «los lagrimales trifurcas». De ahí salió el nombre”. La incógnita persistió para los lectores, hasta que el misterio fue revelado en el número 8 (noviembre de 1970). Casi como un editorial aparecen entonces los versos del poema IV de Trilce: “Rechinan dos carretas contra los martillos/ hasta los lagrimales trifurcas”).
Padre e hijo aparecen como directores, aunque esa función fue cumplida por Elvio, como él mismo lo recuerda:

Se iba acumulando material, cada vez más a medida que la revista tenía su propia historia). Cuando creíamos que ya teníamos que ir dándole forma a un número nos juntábamos, básicamente con (Samuel) Wolpin, D’Anna, mi viejo y (Hugo) Diz, y empezábamos a discutirlo. Eran reales reuniones de redacción. En esos casos siempre viene bien alguien encargado de decir: “Bueno, basta. Lo que iría sería esto”, porque te desresponsabiliza un poco, y cortaba el alargue interminable. A mí no me costaba nada aceptar ese papel .

En julio de 1968 nace la editorial El lagrimal trifurca y su primer título es Mitos. El libro multiplica la correspondencia de Gandolfo, es la excusa para dirigirse a otros escritores. Al margen del tono amistoso de las respuestas, y de las reseñas favorables que obtiene, tiene lugar el reconocimiento de una obra peculiar, algo que asumirá en el libro siguiente, El sicópata. Versos para despejar la mente (1974), con una faja y la frase “poesía diferente” para promocionar sus poemas. “La suya -dice por ejemplo Víctor García Robles- es un tipo de poesía que no se escribe por aquí”. A su vez, Raúl Gustavo Aguirre acusa recibo de su primer libro y observa en él un “curioso y original volumen que inaugura en nuestra poesía una vena tan fértil que sólo –que yo sepa- han rozado más o menos tímidamente Girri y algún otro”.
El ritmo de la correspondencia sigue a la revista y a la editorial. En 1967, los preparativos para el lagrimal trifurca y la escritura de su primer libro se despliegan en veintiocho cartas. A la inversa el número desciende tres años después, cuando la mudanza de Elvio Gandolfo a Montevideo interrumpe la publicación de la revista. Pero 1971 es otro año de intensos intercambios, ya que Francisco Gandolfo comienza a planear la edición de plaquetas y visita con ese motivo a Juan L. Ortiz, un encuentro muy importante para su reflexión sobre la poesía. Este es, además, el período de su consolidación y despegue como poeta y editor.
“Con respecto a la publicación de un nuevo número –escribe Francisco Gandolfo a Felipe Biojo, quien pide noticias del lagrimal en abril de 1971-, esto sería posible si mi hijo volviese de Uruguay, lo cual se verá en el transcurso de los próximos meses”. En agosto de ese año publica la primera plaqueta, con textos de poetas rosarinos. “Yo solo no pude seguir sacando la revista –explica al respecto a Diana Bellessi, en diciembre del mismo año-, pero como seguía recibiendo canje, me daba no sé qué no retribuir con algo esa ofrenda y decidí publicar con una periodicidad trimestral las plaquetas”. A fines de 1973, cuando Elvio comienza a alternar su residencia en Montevideo con períodos en Rosario, la revista vuelve a publicarse; el año siguiente aparece El sicópata, y nuevamente la correspondencia se intensifica.
A partir de ese libro, observa el 6 de noviembre de 1975 en una carta a la periodista Mabel Itzcovich, “se me ha abierto un mundo nuevo en el cual penetro como un niño asombrado por la emoción de lo que va descubriendo, a la manera de Alicia en el país de las maravillas, atendiendo la exploración con seriedad jovial. Antiguamente diría que esto es un regalo de los dioses, pero hoy sé que es de la poesía”. El 9 de enero de 1977 confirma esa impresión ante Luis Luchi con una definición elocuente: “yo no me sentí yo hasta que escribí El sicópata”.
Lo significativo es que Gandolfo pudo medir la repercusión de El sicópata a través de la correspondencia. El libro no tuvo reseñas, fuera de una frase en la revista Crisis y del brulote que le asestó la revista Propósitos en una reseña de diez líneas. Entre los comentarios se destaca una carta de Mario Levrero, quien a partir de entonces se convierte en otro interlocutor privilegiado de la correspondencia. Gandolfo había conocido a Levrero en 1969, cuando el escritor uruguayo pasó unos meses en Rosario.
Las cartas entre ambos se extienden hasta 1986, y van siguiendo la elaboración de otros libros, como Poemas joviales, El sueño de los pronombres y Plenitud del mito, y el intento fallido de preparar un libro con versiones en prosa de un conjunto de sus poemas; en 1982, cuando responde a la Encuesta a la literatura argentina contemporánea (Capítulo número 138, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, marzo de 1982), Gandolfo lo alude como uno de sus lectores de confianza, junto con su hijo Elvio. Así, en una carta sin fecha de 1978, le escribe: “El año pasado, de agosto a noviembre, tuve una presión creativa de cuentos a razón de 5 por mes, total 16, o sea un libro titulado Amar la vida de punta a punta (título del décimo cuento), que ahora estoy pensando cambiarlo por el de Fotosíntesis, ¿cuál te gusta más?”
En 1975 comienza una intensa correspondencia con Martín Micharvegas, también a partir de El sicópata. En el intercambio surgen otros asuntos, como la obra del chileno Juan Emar, los nuevos poemas de Gandolfo y la densidad de la vida cotidiana bajo la dictadura militar; las cartas se interrumpen a fines del año siguiente, cuando Micharvegas parte al exilio, en España.
La publicación de Poemas joviales (1977) renueva la correspondencia con otros contactos. Ahora son los poetas de una nueva generación los que se convierten en sus interlocutores: Daniel Freidemberg, Juan Carlos Moisés, Omar Cao y Hugo Salerno, los más destacados entre ellos, son lectores de Gandolfo y del lagrimal trifurca, y pronto se convertirán en autores de la editorial. Al año siguiente se agrega Guillermo Boido. Es notable observar cómo Gandolfo puede entenderse con ellos mucho mejor que con alguien que podría ser considerado su contemporáneo, como Bernardo Verbitsky: el intercambio entre ambos se atasca en una serie de equívocos que explica la interrupción de la correspondencia.
“Escribir cartas era una forma de contactarse y en los años de la dictadura las cartas fueron muy importantes –dice Daniel Freidemberg-. Yo vivía encerrado, no tanto porque temiera que me persiguieran sino porque no había nada que hacer, ni nadie a quien ver. Las cartas eran una inyección de vida”. Precisamente la mayor cantidad de registros corresponde a esa etapa. En 1979 convergen varios sucesos que explican la cantidad de cartas fechadas ese año que ofrece el archivo (en total 45, 19 de Gandolfo y 26 de sus corresponsales): la publicación de poemas en La Opinión Cultural; la edición de la plaqueta de Hugo Padeletti, que significó el redescubrimiento de uno de los grandes creadores de la poesía argentina contemporánea; un homenaje a Juan L. Ortiz en Gualeguay, donde se reunieron escritores de todo el país; el ritmo regular de la correspondencia con Levrero, Boido y Raúl Gustavo Aguirre y los contactos con editoriales de Buenos Aires. En 1982-1983 hay un total de 125 cartas (26 de Gandolfo y 99 de sus corresponsales), que en sus diversos asuntos documentan el resurgir de las actividades culturales con el final de la dictadura y las expectativas por la inminente apertura democrática.
La producción editorial de Gandolfo concluye entre 1990 y 1992, cuando publica los últimos títulos de la colección de plaquetas, de las ediciones de el lagrimal trifurca y su libro Las cartas y el espía. La correspondencia y la actividad destinada al archivo (recortes de diarios, acopio de papeles) decrecen hasta concluir en 2001, poco después de que se le realizara un homenaje en la ciudad de Rosario. No obstante, continuó dedicado a la escritura de poesía, como demuestran los libros que dejó inéditos.

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