domingo, 20 de febrero de 2011

El genio de la tradición

El culto de los libros, una curiosidad despojada de prejuicios y el profundo amor por la literatura son claves en la obra de Marcel Schwob. Los temas y géneros allí tratados sorprenden por su amplitud y diversidad: relato fantástico, prosa poética, narración histórica. El conjunto se despliega como un lugar de cruce de literaturas y lenguas, ya que incluye la investigación filológica e histórica y la traducción de autores antiguos y modernos. Tal multiplicidad podía haberse resuelto en mero eclecticismo, pero su resultado fue una escritura que dio forma a una especie de Babel armónica.
Schwob nació en 1865, en Chaville, Francia. Criado en un ambiente culto, inició una formación sistemática en 1882, cuando se trasladó a París para estudiar Letras y alojarse en la Biblioteca Mazarino, de la que era director su tío, el orientalista León Cahun. El aprendizaje de griego y latín y la lectura de los textos de la tradición antigua y medieval parecen haber sido los capítulos decisivos en sus estudios. Se habituó a pasar largas horas en los pupitres de la Biblioteca Nacional y los Archivos Nacionales, abocado a la búsqueda de textos raros y olvidados; eso no lo impidió colaborar regularmente con L´Echo de Paris, Mercure de France y otros medios de prensa, y frecuentar los salones literarios. Tuvo sus amigos en los grupos simbolistas y del arte puro, pero su escritura se apartó desde un primer momento de cualquier norma. El arte literario, sostuvo, no establece clasificaciones: desestabiliza, pone en crisis los criterios aceptados, se atiene solamente a lo que es individual.

El movimiento de la vida
En 1892, publicó Corazón doble, su primera recopilación de relatos. En el prólogo se encuentra un primer esbozo de su concepción artística. En contra de la escuela naturalista, dominante por entonces, manifiesta que el arte es ajeno a cualquier pretensión científica. "La vida no está en lo general sino en lo particular -dice-; el arte consiste en dar a lo particular el aspecto de lo general". Por otra parte, señala que "si el artista no quiere representar una abstracción, tiene que ubicar la vida humana en el medio que le corresponde". En apoyo de su tesis, Schwob se remonta a la antigüedad clásica y señala en Fidias y Sófocles ejemplos de un arte "que sigue el movimiento de la vida hasta en sus más suaves ondulaciones". Los relatos incluidos muestran además las principales líneas de desarrollo de su narrativa: el rescate y la reelaboración de motivos de los cuentos populares tradicionales; la pesquisa histórica y literaria a partir de leyendas y documentos antiguos; el relato fantástico.
En este último caso, se orientó en una dirección distinta a la que marcaban las referencias del momento, como Guy de Maupassant, centrada en los trastornos de la personalidad. Si bien tomó en varios de sus cuentos el tema del doble, heredado por los escritores franceses de Edgar Allan Poe, prefirió trabajar en el género a partir de formas tradicionales: el antiguo relato maravilloso y el esquema del drama clásico, que plantea un orden determinado y su inminente conmoción por el desencadenamiento de una predicción funesta. Su segundo libro, El rey de la máscara de oro (1893), contiene varios de sus mejores textos en este sentido. Pueden destacarse el que da título al volumen, extraña parábola sobre el tema de la máscara, y "Las embalsamadoras", sobre dos magas, hermanas y celosas, que se enamoran del mismo hombre y lo matan para conservar su cuerpo embalsamado.
La erudición de Schwob tuvo uno de sus ejes principales en la cultura de la Edad Media. Le fascinaba el mundo de los salteadores de caminos, la poesía de los goliardos y la mafia de los coquillards, que nutrieron numerosas crónicas. Aportó elementos decisivos para la comprensión de la extraordinaria obra de Francois Villon (1431-1463), como el estudio de su argot y la exhumación de los informes sobre el proceso judicial que sufrió el poeta. El "invencible deseo de saber más" y el placer de curioso guiaron sus búsquedas: el ensayo "Plangon y Bacquis", por ejemplo, repasa el arte griego a propósito de las referencias a dos prostitutas. Más tarde, la lectura de Robert Luis Stevenson hizo cristalizar ese caudal de conocimientos en su producción literaria. La emoción del descubrimiento quedó documentada en un ensayo donde recuerda que en el curso de un viaje en tren, "bajo la luz temblorosa de una lámpara de ferrocarril", leyó La isla del tesoro y supo que "estaba bajo el poder de un nuevo creador de literatura". Schwob mantuvo una larga correspondencia con Stevenson, pero la radicación del escritor escocés en Samoa y luego su muerte impidieron un encuentro personal. En probable imitación de su maestro, decidió hacer en 1901 un viaje a la Polinesia, que resultó fatal para su salud.
En Stevenson, admiró la ejecución de un "realismo irreal", dado por el libre manejo de la imaginación en el marco del contexto cotidiano. Schwob argumentó entonces que el escritor presenta objetos conocidos y que la fuerza de la impresión surge de las nuevas relaciones que se otorga a tales objetos. En una síntesis precisa de su pensamiento, anotó: "Los poetas y los pintores son inventores de formas: utilizan para ello las ideas comunes y las caras de la gente". Además incorporó un nuevo procedimiento a su escritura: el de los actores-relatores, la narración que se desarrolla a través del discurso de sus protagonistas, recurso que Schwob tomó de Stevenson, que a su vez lo adoptó del poeta Robert Browning.
El procedimiento aparece en Mimos (1894), colección de textos en prosa poética que presentan diversas historias y fábulas de la tradición griega. Luego le sirve para dar forma a una pequeña joya: La cruzada de los niños, reescritura de una leyenda sobre una curiosa expedición a Jerusalén, del año 1212. El relato se arma con la sucesión de los "testimonios" de distintos personajes, construidos en base a documentos históricos y elementos imaginarios. "Voces ignotas nos llamaron en la noche -dice uno de los niños-. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno": frases de ese estilo, cargadas de lirismo y sugestión, son típicas de la prosa de Schwob. El texto fue publicado en 1896, año que marcó el momento más intenso de su producción y el principio de su decadencia, a causa de una enfermedad pulmonar. Dio a conocer Spicilége, conjunto de ensayos y textos sobre literatura y pastiches de diálogos filosóficos. También apareció en 1896 el trabajo que muchos consideran su obra maestra: Vidas imaginarias.

La invención de la historia
El prólogo de ese libro expone otra versión de la poética de Schwob, definida ahora en oposición a la narración histórica. El arte consiste en la selección de materiales; despreocupado de la verdad, el escritor "escoge con qué componer una forma que no se parezca a ninguna otra". Las biografías del libro aluden a personajes tanto históricos como inventados. En ambos casos, aparecen tramadas sobre circunstancias conocidas y a la vez hechos imposibles de comprobar. En base a su extraordinaria información, Schwob se preocupa por imaginar los rasgos "particulares e inimitables" de cada personaje. Entre los mejores pasajes pueden señalarse la biografía de Crates, el cínico que elige la suciedad, la pobreza y el horror de una vida animal, y la de Cecco Angiolieri, "poeta rencoroso" célebre por su enemistad con Dante Alighieri. Vidas imaginarias se anticipa al debate de la crítica literaria sobre las relaciones entre literatura y historia. No es el único adelanto de Schwob: sus observaciones sobre la génesis y la transmisión de los cuentos orales preludian los estudios más sistemáticos de Vladimir Propp y el formalismo ruso.
En el contexto de una obra signada por la tradición, El libro de Monelle (1894), aparece como una declaración personal; para muchos es el mejor título de Schwob. Esa opinión se funda en el texto de apertura, revelación del "mensaje" de Monelle, una "pequeña ramera" que expone una deslumbrante filosofía poética. Luego sigue una serie de relatos protagonizados por niñas, hermanas de Monelle. "La perversa", sobre una niña que roba a un mendigo un trozo de pan y fantasea con su suicidio, resume la visión de la infancia que tiene Schwob: remite a lo maravilloso pero también a lo siniestro; comporta un margen inescrutable y en definitiva inaccesible para la perspectiva adulta. Hay también magníficas reelaboraciones de cuentos populares, como "La soñadora", sobre la hija de un "narrador y constructor de sueños", que hereda de su padre siete vasijas encantadas. El libro fue escrito a manera de exorcismo por la pérdida de una joven, Louise, con quien Schwob vivió un romance al parecer puramente ideal, como Thomas de Quincey con una adolescente vagabunda, Ann. Más tarde tuvo otra relación igualmente apasionada y extraña con la actriz Marguerite Moreno. Se casaron en Londres, pero en los momentos díficiles de su enfermedad y en sus viajes no fue ella quien lo acompañó sino un criado chino, Ting-Tse-Ying.
Viaje a Samoa, compilación del diario personal y las cartas escritas a la Moreno, documenta una excursión pesadillesca, complicada por la enfermedad y la inclemencia de los ambientes visitados. Pese a que su estado empeoró, Schwob mantuvo su intensa actividad intelectual, entre la que se contó un curso sobre Villon, en el invierno de 1904. André Salmon, que asistió a esas clases, lo recordó luego como "el maestro de tez pálida y voz desgarrada, casi desapacible, pero que merced al sortilegio poético se volvía de pronto celestial". Falleció el 26 de febrero de 1905, después de una dolorosa agonía.
En uno de los ensayos de Spicilége escribió que "las grandes obras de arte nacen de la colaboración de un genio con una tradición anónima". Esa frase lo define: su obra fue posible por el pasado literario al que dio renovada vida. A la vez, Schwob parece haber sido el elemento necesario para que ese legado abandonara su letargo y produjera nuevos encantamientos.

En El País Cultural número 449, Montevideo, 12 de junio de 1998.

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