miércoles, 23 de febrero de 2011

Punto rojo

Un cuento de Rocanrol (Beatriz Viterbo, 2006)









Esa noche estaba todo el mundo. Esa noche de locura, no, de locura no, esa noche de aprendizaje, de conocimiento. Estaba el Mono, el actor de teatro, que después murió en Cisjordania. Estaba Andrea, la chica del pelo verde, rojo y violeta. Estaba Corina, estaba Jota Jota, estaba Diego. Y la negra Vilma. Y Eugenio, que estrenaba unos anteojos extrañísimos, tipo antiparras, con piedras de colores en el marco. Y el Guaso, un chico del interior que estudiaba arquitectura y había caído con una minita, una careta, que era la hija del dueño de un canal de televisión. La hija del dueño de un canal de televisión o de una radio, creo que de una radio. A lo mejor hubo alguien más, seguro hubo alguien más y ahora me olvido, porque esa noche el cerebro me hizo crack, hubo un antes y un después y fue cuando empezó a pegar el fumo.
Nos habíamos juntado en la casa del Mono. Era un departamento de pasillo viejo y destruido, cerca de la Facultad de Psicología. Tenía dos habitaciones grandes, una cocina y un baño, sobre un patio. Las paredes necesitaban una mano de pintura, las arañas convivían pacíficamente con los seres humanos y si abrías la heladera ibas a encontrar poco más que cerveza y cajas de hamburguesas, porque al Mono le gustaban las hamburguesas y las papas fritas, era como un niño. Pero, dentro de todo, la casa transmitía seguridad, no había policía cerca, los vecinos no rompían las pelotas.
Yo había quedado con el viejo Jordán para encontrarnos en el centro. Me dijo que pasara por Los Gigantes, un bar de casín y billares, un antro, lo veías de afuera y parecía una casa abandonada, pero adentro los tipos apostaban a los caballos, jugaban por plata a las cartas, eso funcionaba las veinticuatro horas. No podías entrar a menos que alguien te hubiera presentado. No podías, había un monstruo en la entrada con toda la pinta de ser policía, y era policía, que te sacaba a patadas. El viejo atendía en un reservado, se escuchaba el ruido de un televisor, la voz de un tipo que relataba una carrera en el hipódromo, cada vez más acelerada, cada vez más acelerada, el tipo iba a morirse de un infarto, y al mismo tiempo, creciendo con la misma intensidad, los gritos y las puteadas de los que estaban en el salón. El fumo venía en una bolsita, el viejo lo pesó en una balanza, pero era una formalidad para que yo viera, porque dio el peso exacto. Lo envolvió en un papel de diario, me lo entregó y yo le di la plata. No comentó nada, no dijo una palabra, ni siquiera contó los billetes, el trato con él fue como tantas otras veces, hola y chau. Salí por una puertita lateral, porque se suponía que el salón estaba cerrado. Tranquilo, aunque llevaba un ladrillo, no sé, cien gramos, y si me paraban con eso ahora, capaz que ahora, estaría adentro. Con las ganas que me tenía la policía, los hijos de puta de Drogas Peligrosas, en especial uno al que le decían el Griego, el famoso Griego de Drogas Peligrosas, con las ganas que me tenía ahora estaría adentro. Pero entonces ya pensaba que los problemas, y cuando digo los problemas me refiero a todos los problemas que uno se pueda imaginar, venían cuando uno se predisponía para recibirlos. Los policías son como los perros, olfatean si estás nervioso o andás con miedo. Yo he cruzado una y otra vez la ciudad, he llevado merca, he llevado ácido, he llevado fumo, he llevado cargamentos enteros y nunca me pasó nada. Al margen de haber caído por razzia o averiguación de antecedentes. Siempre pude descartar lo que llevaba encima, o llevarlo tan bien guardado que zafaba de la requisa, o tirar una onda, no sé, tipo hipnosis, tipo rayo láser, que bloqueaba a los canas. Aparte me preparaba, me concientizaba y salía a la calle frío, tipo ninja, con la mente en blanco, como si fuera a comprar cigarrillos a la esquina. Y nunca me pasó nada, al margen de haber dormido alguna noche en una comisaría. Por eso me dicen Gato, porque caigo parado. Y cuando no me creían yo ponía el ejemplo de Dieguito como para decir no es algo que me alucine. Dieguito fue y vino de Buenos Aires, decía, con una escultura robada, sin documentos, lo paró dos veces la policía y estaba allí para contarlo.
Jota Jota tardó como cinco minutos en hacerme pasar. Preguntó quién era, se asomó a la mirilla, entreabrió la puerta sin soltar la cadena que trancaba la cerradura. Era tan paranoico. Por supuesto, quiso saber si no me había seguido alguien. Empecé a contarle mi teoría y cuando lo vi a Diego, que ya estaba a los besos con Corina, le dije loco, ahí tenés. Fijate en Dieguito, le dije. En esa época, precisamente, él terminaba de hacer el maneje con la escultura, el tema estaba en el candelero y entonces le pedí que hablara. Antes que pudiera responder, el Mono apareció con cervezas y Andrea me sacó el fumo de las manos. Armó tres, cuatro porros de un saque, bien gruesos y compactos, porque éramos una banda y estábamos lisos.
La careta, creo que se llamaba Mariela, nos miraba como si la fuéramos a comer, pero apenas dio la primera pitada cambió de actitud. Alguien decía hola y a ella le daba un ataque de risa. A qué te dedicás, le preguntaban, y ella se tentaba, tartamudeaba, no podía pronunciar tres palabras seguidas. La negra Vilma estaba preocupada, porque la nena nunca había fumado. Le sacó el porro y la llevó a empujones al patio, por lo menos para que tomara aire y parara de reírse. Andrea se puso mal con el Guaso, medio que lo puteó, porque no le gustaban las caretas y le preguntó qué carajo pensaba de la vida. Andrea era agresiva con los hombres, siempre buscaba algún rollo para pelearse. El otro se levantó, no sé para qué pero parecía sacado y entonces intervino el Mono. Loco, dijo el Mono, estamos fumando. Y era como si dijera estamos en misa. Es una falta de respeto que se pongan a gritar en mi casa, dijo el Mono. Entonces se me escapó una carcajada y los otros empezaron a cargarlo. Bravo, gritó Eugenio y aplaudía. Lorenz Oliver, dijo Corina. Lorenz qué, preguntó Jota Jota. Y ella: Lorenz Oliver, el actor de Macbeth. El actor de qué, preguntó Jota Jota. No porque quisiera saber, en realidad le importaba un carajo y aparte todos nos reíamos, teníamos un ataque de risa. El actor de qué, preguntó Jota Jota, de nuevo, no porque le interesara sino porque ya estaba loco, se quedaba colgado con el faso cada vez que lo recibía y tenía los ojos hinchados, rojos.
Mirá cómo tenés los ojos, dijo Eugenio, ponete delirio. Colirio, respondió Jota Jota. Delirio, dijo el otro, a los gritos, delirio, DELIRIO. Completamente zarpado. Pará, decía el Guaso, y era el único capaz de hablar porque no podíamos dejar de reír, pará porque me voy a morir de la vida. A morir de la risa, quise decir, dijo el Guaso. Por favor, dijo Corina, y no terminaba de reírse. Por favor, dijo, de qué estábamos hablando. Diego iba a contar una historia, dije, y lo miré a Diego como diciendo dale que queremos saber qué fue lo que pasó. Yo conocía el tema, posta, pero quería ver qué decía él. De acá no va a salir una palabra, dijo el Mono, porque cazó al vuelo que el otro dudaba, quería cambiar de tema, y nos miró uno por uno. El Mono tenía el don de hacer importante cualquier cosa. Podía ser lo más estúpido, pero él le daba un tono que te parecía participar en algo trascendente. Algo que iba a quedar en la memoria. Por eso, cuando me preguntan cómo habrá sido su muerte, yo digo que debió ser un gran momento y me lamento por no haber estado ahí. Un momento con lágrimas y risas, así lo imagino. El Mono salió a recorrer el mundo, le perdimos el rastro, hasta que hubo un llamado telefónico, apareció la familia, que hasta ese momento había sido una cosa desconocida para nosotros. Resultó que andaba por Palestina, en busca del lugar de sus ancestros, él era de ascendencia judía pero estaba a favor de la destrucción del Estado de Israel, militaba en un partido trotskista, en el grupo de artistas del MAS, el Movimiento al Socialismo. Loco, decía, el Estado de Israel es una creación del imperialismo. El Mono estaba en pareja, esa mujer tenía un hijo y él hacía un número con el chico, actuaban en los campos de refugiados, teatro a la gorra, como él sabía. La familia no contó mucho, o a lo mejor eso importaba menos que saber que el Mono tenía una enfermedad grave, algo en la médula, tipo cáncer. Estaba de última, dijo la familia. Lo iban a operar de urgencia, le iban a hacer un transplante, se necesitaban fondos, dijo la familia. Y se armó un recital, con gente conocida, tocó la Refinería Blues Band, tocó Quantum Phisic, tocaron Roby Guerrero, cuando Roby Guerrero todavía no se había convertido en pastor evangelista, digo, tocaron Roby Guerrero y Los Galácticos, porque el Mono había andado en el ambiente del rock, conocía a toda la gente. Se presentó el Gitano Romanoff, también, el hombre más resistente del mundo. Un viejo que parecía muerto de hambre, un alambre, y sin embargo tenía una fuerza increíble, se atravesaba agujas en las mejillas, unas agujas gruesas, como de tejer, y se las ponía en el pecho, el vientre, las piernas, mucha gente no se lo bancaba, hubo un par de chicas que se desmayaron. Fue como una despedida, porque al tiempo nos enteramos que el Mono había muerto una semana después de la operación y que su última voluntad fue que lo enterraran en tierra palestina mirando hacia Rosario.
Diego iba a contar una historia, dije. Una historia con un negocio, aclaró él y abrazó a Corina para darle un tremendo chupón. Le habían dado una escultura y le pedían que buscara algún interesado en comprarla, que se fijara en Buenos Aires. Yo sabía que la historia no era así, posta, pero tampoco iba a ponerme en vigilante. En esos casos uno escucha sin preguntar. Momento de libertad se llamaba la escultura, que estaba hecha en hierro y era de un artista conocido. Momento de libertad, porque había como un brazo que empuñaba una cadena rota. La cuestión, según Diego, pasaba por mandarse a Barrio Norte, contactar a un vendedor de antigüedades. Yo andaba con un documento trucho, un DNI que encontré tirado en la calle, dijo, y todos sabíamos que no era así. Todos sabíamos que había apretado a alguien para tener ese documento. La historia fue que arrancó la foto original y puso una suya, medio hizo un desastre, porque era un poco más grande que la foto carnet y la cortó con una tijera. Llevaba la plata justa para el boleto de ida, pensaba colocar la escultura al toque. No tenía equipaje, salvo una mochila donde cargaba la escultura, que era una cosa pesada, hierro puro. Tanto que saqué músculos, dijo Diego, y exhibió los brazos como un fisicoculturista. Se interrumpió, porque en ese momento Corina le pasó el porro, él dio una pitada larga y se lo pasó a la negra Vilma. Y mientras fumaba nadie pronunció una palabra, escuchamos que Andrea le decía algo a Mariela, en el patio, o trataba de convencerla de que se sentara en posición de loto, que tomara aire y se relajara, no sé, un delirio. Diego siguió hablando después de asimilar el humo y pasó una cosa extrañísima, le cambió la cara, como si alguien encendiera una luz y lo enfocara. No tuvo problemas con el viaje, dijo, pero apenas llegó a Retiro, apenas bajó del micro, notó que algo andaba mal. Veo que un cana me está siguiendo, contó Diego. Me meto en un bar al paso, pido un sandwich y una gaseosa y veo que un cana me está siguiendo. Quiero hacerme el boludo, dijo Diego, pero el cana viene directo, encara y me pide documentos. No podía hacer bardo, Retiro está lleno de policías y de soplones, porque los vendedores ambulantes son soplones de la policía, los que piden limosna, en particular un viejo que te encara apenas salís de la estación, un viejo con anteojos ahumados y bastón de ciego, que se hace el ciego pero no es ciego, y dice moneda-moneda-moneda, moneda-moneda-moneda, ese viejo trabaja para la policía. Diego tenía cara de nene, lo veías y parecía incapaz de matar una mosca, pero el cana va y le dice policía, como si hiciera falta, le dice documentos por favor. Diego saca la billetera, entrega el DNI y cuando el otro abre el DNI resulta que se había salido la foto. Qué hago, pensé, dijo Diego. Qué hago, por ejemplo, si este tipo me pregunta la fecha de cumpleaños, dijo Diego. Ahí empezamos a reírnos otra vez, uno soltó una carcajada, otro se contagió al instante y enseguida fue una cosa de no poder parar, Eugenio lloraba de la risa, se sacaba los anteojos para secarse las lágrimas, el Guaso se retorcía en el piso. Fue entonces cuando sentí el crack. No solamente me pasó a mí. Diego no pudo seguir la historia y a partir de ahí ya no hubo una conversación normal sino un delirio, no, un delirio no, para algunos no hubo un delirio, a partir de ahí algunos tuvimos un momento de aprendizaje, de revelación.
No podría decir cómo fue el crack. Tengo un blanco en la memoria. Sentí algo muy fuerte, un calor que iba subiendo y que era tan potente que arrasaba lo que encontraba a su paso. Como si tuviera el hongo de la bomba atómica en el cuerpo, como si el hongo de la bomba atómica me hubiera subido por dentro. Sé que después estuvimos en el patio, porque la negra Vilma se puso a gritar. Ahora, a veces, despierto de golpe en medio de la noche y escucho un eco de esos gritos, pienso que hay mundos paralelos, como decía a veces Eugenio, cuando Eugenio leía La doctrina secreta, y a lo mejor en uno de esos tantos mundos ahora está pasando lo que en el nuestro pasó aquella noche. Vilma estaba pálida, parecía que había visto a la muerte y era que Mariela, la hija del dueño del canal de televisión, o del dueño de la radio, no tenía reacción, no hablaba, no se movía. Gritó hasta que alguien, creo que el Mono, le tapó la boca. Loca, dijo el Mono, no grites, esa chica se dio vuelta pero no pasa nada. No pasa nada, dijo el Mono, si todos andamos por la estratósfera. Ahora volamos, dijo el Mono. E hizo un gesto para que viéramos cómo estaba Corina, cómo estaba Eugenio. El peor era Jota Jota, que caminaba por las paredes, iba y venía por la casa, revisaba el baño, se tiraba al piso para ver si había alguien escondido bajo la cama. Qué trajiste, Arístides, me dijo Jota Jota. No me digas Arístides, respondí. Medio estábamos cara a cara, cuando nos separaron Vilma y Andrea, que pasaban llevando a la careta, una teniéndola de los brazos y la otra de los pies. Guaso, dijo Andrea, hacete cargo. Pero el Guaso estaba tirado sobre la mesa, medio desencajado. No sé, dijo, yo no soy un niñero, no quiero zapateos. Hacete cargo, insistió Andrea, porque si a esta nena le pasa algo el papá nos manda en cana. Habían acostado a Mariela en la cama del Mono y la negra Vilma le pasaba un pañuelo mojado por la cara. Va a salir por la televisión, dijo Diego, y comenzó a reírse, pero en silencio, se destornillaba de risa y no hacía un ruido, nada, parecía un vampiro.
Arístides, dijo Jota Jota, qué trajiste. Arístides-qué-trajiste, repitió el Guaso, como si fuera una canción, e hizo repiquetear los dedos en la mesa. No me digan Arístides, respondí. Estaba fastidiado, no quería que me llamaran por mi nombre, quería guardarlo para el día en que quisiera hacer otra vida, entonces era el Gato. Le dije a Eugenio que salía a dar una vuelta y Eugenio me dice esperá que te acompaño. Y cuando salimos escucho que alguien dice Gato y era que también venían Andrea y Diego.


Jamás había visto tantas estrellas en el cielo. En esa época pasábamos noches en el campo, alguna vez que íbamos a buscar hongos, por ejemplo, y estábamos tan locos que no podíamos movernos, y jamás había visto tantas estrellas. Es el faso, dijo Eugenio. Es el faso, vemos cosas que normalmente están pero que no podemos ver. Una estrella fugaz, dije, y en el acto de nombrarla desapareció. Alucinaste, dijo Diego. Y Eugenio, yo le creo, aunque no la vi yo le creo, porque ahora vemos cosas que normalmente están pero que no podemos ver. Como enseña el libro, y él quería decir La doctrina secreta, el estado espiritual no es el reflejo de una realidad, sino la realidad de un reflejo. Y eso qué tiene que ver, dijo Diego. Tiene que ver, no te rías, respondió Eugenio, aunque parecía desorientado, de pronto se distrajo con otra cosa. Estoy seguro de haber visto esa estrella, dije. Me asombró tanto que no me dio tiempo a pedir tres deseos, que si los hubiera pedido a lo mejor las cosas hubieran sido distintas.
Caminamos hasta la Facultad de Psicología y nos metimos en el puerto. No sabíamos que había una custodia, tipos de civil y de la Prefectura, estaban en pie de guerra porque habían echado a los estibadores, y los estibadores decían que iban a ocupar sus lugares de trabajo. Era un baldío, un terreno abandonado, ni siquiera estábamos enterados de que tuviera algo que ver con el puerto. Diego y Andrea se iban quedando atrás, curtían una historia aparte, no sé desde cuándo, pero él la encaraba y ella se reía, estaba feliz, y por un rato los perdimos de vista. Los colores no se pueden creer, dijo Eugenio, y mostró una plantita de hojas azules. Yo también quedé alucinado, porque el azul que uno conoce, eso a lo que uno le llama azul, en realidad es una sombra del azul, es un azul desteñido. El verdadero azul estaba en esas hojas de una plantita perdida en medio de los yuyos. No hacía falta moverse, en un momento me senté contra un árbol, tocaba el tronco y el árbol, van a decir que es un delirio, el árbol me transmitía mensajes. Después no quise volver, iba a encontrar un árbol común, es decir, no podría ver ni sentir al árbol como esa noche supe que el árbol era. Cuando vi a Andrea y Diego que volvían hacia nosotros, ya sabía qué había pasado, una energía poderosa circulaba del árbol a mi cuerpo, ellos venían apurados, aterrorizados, y yo sabía. Pasó esto, esto y esto, les dije, y se quedaron alucinados. Lo miraba a Eugenio y me parece que él también sabía, aunque no estaba en contacto con el árbol. Si ya sabés, me dijo Andrea, no te quedes ahí tirado, porque vamos todos presos. Le dije que no se hiciera problema porque conocía la historia completa. Esto, esto y esto, dije. Estaban en un galpón y apareció un tipo de la Prefectura, con un arma en la mano, y les dijo que los iba a matar, que iba a contar hasta tres y que si cuando decía tres no se habían ido los iba a matar. El tipo los corría hasta donde estábamos con Eugenio, atrás venían otros milicos, y entonces dábamos una vuelta al árbol, los perdíamos de vista, volvíamos a la calle.
Me pareció pisar algo suave, algodón, no los duros adoquines. Eugenio alucinó, porque a una cuadra de distancia se veían bultos, sombras, un fuego encendido. Estamos atrapados, dijo Eugenio. La Prefectura es peor que la policía, dijo, tengo un primo que era pescador, robaba para ellos y lo usaron de chivo expiatorio, terminó preso y condenado con siete cadenas. Pero nada que ver, resultó que era el piquete de los estibadores. Mi primo está loco, decía Eugenio, en la cárcel lo verduguean los guardias, lo verduguean los presos y no puede denunciar a la Prefectura porque amenazaron a la familia. Y nada que ver, eran los estibadores. Habían armado como unas carpas en medio de la calle, rodeadas de alambres y neumáticos. Algunos estaban acostados, incluso dormían. Otros hacían guardia, con palos y bastones. Diego les marcó la posición de la gente de la Prefectura, pero no parecieron sorprenderse. Uno de ellos, un tipo flaco y pelado, se acercó, me pasó un volante, pero yo estaba tan loco que no entendía nada e incluso miraba al tipo y quería preguntarle por qué ondulaba de esa manera, por qué la cara tenía esa consistencia de plastilina, por qué se le estiraba como si estuviera por derretirse, miraba las carpas y quería preguntar por qué tenían esas rayas negras y blancas, por qué de pronto la realidad aparecía como si mirara en un televisor que funcionaba mal.
Yo escuché hablar de un fumo raro, dijo Eugenio, a lo mejor es éste. Un fumo que viene de El Bolsón. Cuando las plantas florecían los dueños del campo llamaron a un pastor y le pidieron que dijera unas palabras. Querían prevenir las plagas, el pulgón, los ácaros, la mosca blanca, y asegurarse que llegaran las lluvias que hacían falta. El pastor se paró frente al campo, como si estuviera en un templo, y pronunció una oración. La historia fue que habló en una lengua que nadie conocía y que esas palabras tenían poderes. Entonces salió una marihuana que está haciendo estragos, dijo Eugenio, que pega como una tira de ácido y le cambia la vida a la gente. Hay parejas que se separan, hay locos que dejan todo y se van a San Marcos Sierras, hay muchas cosas que están cambiando. En realidad tampoco era que Eugenio hablara, sino como que los demás captábamos lo que estaba pensando. O decía algo y ya lo habíamos pensado. Van a decir que deliro, pero ocurrió así. No hablábamos, nos transmitíamos pensamientos. O a lo mejor recordábamos una conversación que ya habíamos tenido. Y cuando terminó Eugenio se escuchó la voz de Andrea. Los colores del pelo fulguraban, se encendían y apagaban, como si el pelo tuviera una vida independiente. Para mí lo curaron con cugumelos, dijo Andrea. Por eso pega tanto. En esa época medio ya había pasado el boom de los cugumelos, esas peregrinaciones al campo en busca de cebúes, porque los cugumelos nacían en la bosta de los cebúes, cuando la bosta se secaba. Pero había gente que seguía enganchada y hacía experimentos, ya no tomaba té de hongos sino que comía los hongos en ensalada, o con dulce, porque eran asquerosos, o los mezclaban con chamico y entonces tenían unas alucinaciones de terror, el chamico es veneno puro, conozco locos que se colgaron con el chamico y quedaron ciegos. No hubiera sido raro que curaran la marihuana con cugumelos, o sea que después de cosechar los capullos les dieran un baño de hongos y lo pusieran a secar en una bolsa de madera.
Yo pienso que es punto rojo, dijo Diego. En Brasil probé una maconia que pegaba tan fuerte como esta, y era punto rojo. Alucinabas, y era punto rojo.

Vi una estrella fugaz, dije, cuando volvimos a casa del Mono. Cada uno tenía una anécdota, una pequeña historia para rescatar y lo mío era esa pequeña línea blanca que se deshacía en el cielo. La casa estaba más tranquila, el Mono había echado a Jota Jota antes de que enloqueciera a todo el mundo, la negra Vilma terminaba de arreglar el problema de Mariela, la nena del dueño de la radio, o del dueño de la televisión, y el porro comenzó a bajar. El paquete con el faso estaba guardado en alguna parte, por el momento nadie pedía más. Corina medio que tiró mala onda, quiso hacer creer que le importaba algo que contaba el Guaso, pero Diego no le hizo caso. La negra Vilma se portó, dijo el Mono. Mariela lloraba como una nena y ella se ocupó de tranquilizarla, le preparó un té, la llevó en un taxi hasta la casa.
No pediste nada, me dijo Andrea, con un poco de maldad, como si dijera dejaste pasar tu oportunidad. Es cierto, pero a veces pienso que si hay mundos paralelos, como creía Eugenio, a lo mejor en alguno de esos mundos pude pedir tres deseos y ahora, por ejemplo, existe un lugar donde me encuentro con Diego, me encuentro con el Mono, me encuentro con Eugenio y ellos están bien.

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