jueves, 10 de febrero de 2011

Zelarayán

Entrerriano de nacimiento y para siempre, salteño-tucumano de tradición y santiagueño de vocación, tal como se definía, Ricardo Zelarayán (1922-2010) pasó gran parte de su vida “exiliado” en Buenos Aires. En esta ciudad escribió sus poemas y novelas y construyó su leyenda, la del escritor que ocultaba y perdía sus textos y la de una obra ausente, conocida a través de fragmentos y versiones parciales.
“Todo lo que no sea pedido u orden dictada por la necesidad de supervivencia o por razones de orden, seguridad o arbitrariedad, se llama literatura”, anotó en uno de los papeles perdidos y recuperados con las últimas ediciones de sus textos. En esta perspectiva, “la literatura la hacen todos sin distinción, en cualquier momento, dentro y fuera de la página, buena o mala, oral o escrita, no interesa”.
Esas ideas de su práctica de escritor, una práctica que consistía ante todo en escuchar y prestar oído al “lenguaje que se habla a cada rato”, pueden explicar parte de aquello que aparece como desorden y descuido de los propios textos. Zelarayán sostuvo su guerra de guerrillas contra las institución literaria –la industria editorial, la crítica académica, el periodismo cultural- en la oposición a las nociones convencionales de obra y autor. De aquí deriva una de sus frases más citadas, aquella según la cual “no hay poetas, sino hablados por la poesía”, como dijo en el posfacio de su primer libro de poemas, La obsesión del espacio (1972). Y también su adscripción, plenamente consciente, a la línea que inicia Macedonio Fernández en la literatura argentina: la tradición de los marginales.
“El más grande escritor argentino es para mí Macedonio Fernández, que precisamente hace constantes cuestionamientos de la identidad”, dijo, en una entrevista. Su idea de que el escritor, terminado su trabajo, es apenas el primer lector del texto que produce, la escisión entre autor y primer lector que introduce en las notas a su novela Lata peinada y el seudónimo Odracir Nayarálaez, inversión en espejo de su nombre propio, son marcas de esa filiación y de la erosión de la figura tradicional de autor que constituye paradójicamente su propia figura y explica, tal vez, equívocos corrientes con sus datos biográficos.
“En los primeros años no le di mayor importancia a la literatura –recordaba-. Mi gran vocación era la música: una vocación frustrada por diversas razones. Al final, me contenté con tararear, porque tengo un oído bárbaro y me gusta todo tipo de música”. El oído, la escucha del lenguaje hablado, fue precisamente el descubrimiento de un método y una materia de escritura en La obsesión del espacio. Pero antes de la literatura hubo una experiencia de la plástica, como alumno de Emilio Petorutti. “Nunca me compraron nada, pero fui elogiado por la crítica, cuando presenté cuadros. Hasta que me dí cuenta que no me daba el cuero para llenarme de pintura. La pintura necesita espacio y en la medida en que a mí no me interesaba vender ni promoverme –eso jamás- una pieza de hotel no podía aguantar lo que yo hacía”, dijo.
Su posición contra los géneros literarios puede rastrearse en correspondencia y artículos periodísticos de los años 70. “Generalmente se considera que la prosa, los novelistas, está más cerca de la realidad que la poesía. Nunca se supo bien por qué, pero se supone que la realidad está más en prosa que en verso”, dijo en una entrevista con Juan L. Ortiz, publicada en Clarín el 20 de marzo de 1975. Ese año realizó viajes por el interior, en los que entrevistó a Juan Filloy y a los integrantes de la revista rosarina el lagrimal trifurca y recorrió el norte del país. Entre sus contemporáneos, Zelarayán se ubicaba junto a otros dos grandes poetas excéntricos respecto de los medios más conocidos de difusión: Néstor Groppa, poeta cordobés radicado en Jujuy, y el salteño Jacobo Regen.
Previamente, en una carta del 28 de abril de 1973 dirigida al poeta y editor rosarino Francisco Gandolfo, escribió: “Actualmente, trabajo en tres futuros libros. Uno, que ya estoy terminando, un extenso volumen de escritura que no llena toda la página (lo que se supone que es poesía). Los otros dos son de escritura a toda página (prosa). Ya sabés que para mí no hay diferencias de géneros. Eso son cosas del siglo pasado que ya no corren más aunque estén muy arraigadas. Así, para la mayoría de la gente, la prosa es la realidad y la poesía el ensueño… y otras sandeces por el estilo”.
Cuando publicó la novela La piel de caballo (1986), hizo una lista de sus inéditos, que incluía otras novelas, interrumpidas, perdidas, en proceso de revisión y escondidas; cuentos, “por lo menos ocho volúmenes de poemas” y “una nueva novela, Lata peinada, gran candidata también a permanecer inédita”. El escritor se definía no por lo que publicaba sino por lo que preservaba como secreto.
Lata peinada fue el gran texto de su leyenda. Los fragmentos que están fechadas permiten situar su producción entre 1984 y 1987. Al mismo tiempo Zelarayán escribió una serie de reflexiones a partir de la novela y como acto propiciatorio un conjunto de poemas, Roña criolla, que José Luis Mangieri publicó en 1991. En 1988, con otra carta a Francisco Gandolfo, le envió unos poemas, Restos, “que dejarán de serlo si encuentro los libros que sigo buscando”; el título define y añade un valor a la obra, la de ser el resto sobreviviente a una situación de pérdida constante.

Un orden secreto
Los textos de Zelarayán tuvieron una nueva circulación en los años 90. Las revistas Diario de Poesía, 18 whiskys y La novia de Tyson publicaron poemas y fragmentos de Lata peinada. En 1998 Washington Cucurto tituló Zelarayán un libro de poemas que ganó un premio y escandalizó a maestras santafesinas que recibieron ejemplares a través de la Conabip; en 1999 reeditó La piel de caballo, con un prólogo en el que anunciaba el abandono de Lata peinada; en 2003, en el epígrafe de El spleen de Boedo, Fabián Casas escribió: “Hace cuatro años tomé contacto con un ser que modificó mi vida para siempre. Le debo a Ricardo Zelarayán el haber conocido su nombre: El Horla”. En una encuesta publicada el año pasado en el sitio Bazar Americano, Daniel Durand destacó a Roña criolla como “un libro clave en la poesía argentina” ya que a partir de él, dijo, comenzó a operar un principio “que propició el desarrollo de las estéticas de la generación del 90 y de todo lo que vendría después”.
Pero Zelarayán no fue un descubrimiento de los 90. Desde mediados de los años 50, cuando integraba, como plástico, el grupo Arte Nuevo, fue una figura conocida en los medios intelectuales. En los años 60 comenzó a vincularse con escritores “que me obligan a cierto orden en la escritura, o por lo menos a no tirar todo”. En la encuesta mencionada, Elvio E. Gandolfo y Daniel Freidemberg recordaron el impacto que les causó La piel de caballo, en los años 70. En esa misma época se vinculó con el grupo que editó la revista Literal, y en la década siguiente con el de la revista Sitio.
En 2008, contra los pronósticos del autor, Editorial Argonauta publicó Lata peinada. “Los diferentes fragmentos –advirtió el editor- han sido numerados con el único fin de facilitar su ubicación en el texto. Esta ordenación no corresponde a ningún ordenamiento del autor, quien sostiene que los fragmentos de esta novela deberían formar parte de su Poesía reunida, sin establecer diferencia alguna entre fragmentos y poemas”. Quizá lo más sorprendente no sea ese presunto caos sino el hecho de que la obra incluye con frecuencia variaciones de un mismo pasaje; no se trata de borradores sino de nuevas formalizaciones, en los que Zelarayán modifica la sintaxis y el ritmo de la frase. Es el procedimiento de composición que siguió en Roña criolla y en poemas inéditos hasta fecha reciente.
La misma situación se produjo con la edición de Ahora o nunca (2009), volumen que recopila la obra poética. “En sucesivos encuentros –dijo el editor-, Zelarayán nos fue entregando los originales –poemas o fragmentos de poemas-, mezclados y sin orden alguno, a medida que aparecían”, ante lo cual “hemos preferido respetar el desorden original sin pretender clasificarlos cronológicamente, considerando que ese aparente desorden refleja con mayor nitidez cierta intencionalidad del autor”.
Ahora o nunca incluyó Traveseando (1984) -relatos para chicos “que el autor considera parte insoslayable de su poesía”-, poemas dispersos, más de sesenta inéditos que “se consideraban extraviados, abandonados o definitivamente perdidos” y casi nada de los libros mencionados en los años de construcción de la leyenda: apenas dos poemas de Bajo cuerda (1974), tres de Mal de ojo (1981), ninguno de Las cosas que caen de la mesa (1962) ni de Después del almuerzo es otra cosa (sin fecha; subsisten tres versos que lo aluden). En cambio aparecieron ¿Hasta cuándo?, del que no se tenían noticias, y poemas que parecen más bien partes de Lata peinada; otro proyecto anunciado, Palabras filtradas por oídos sordos dejó de ser un libro en el que trabajaba a principios de los 90, “una antología del lenguaje oral”, y se convirtió en el título de un grupo de textos.
La obra atraviesa su propia leyenda y se reconstituye así no ya bajo el signo de la ausencia y la postergación sino a través de textos concretos, que reclaman nuevas lecturas. Escritor de culto, figura central para los poetas de los 90, Ricardo Zelarayán ha encontrado palabras que resuenan con la misma intensidad del momento en que fueron escritas, la intensidad inolvidable de la mejor literatura.

En Ñ, Buenos Aires, 10 de enero de 2011.

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