domingo, 6 de marzo de 2011

Campo Albornoz


Dos poemas de Campo Albornoz (Hum, Montevideo, 2010).



El guardián




Si estamos a una cuadra
es mucho, no hay vecinos
y venimos a ser primos
hermanos. Cuando salgo
al patio por el fresco
o el mate de la tarde
puedo ver, sin esfuerzo,
si él trabaja o piensa
en las nubes que pasan,
anda con los perros
o arma el Rastrojero
-o lo desarma: fanático
por demás de los fierros.

Supongo que él,
cuando sale a su patio
-nuestras casas son iguales:
adelante vestíbulo y sala
de estar, la cocina atrás
y al medio las piezas-
puede ver que suelto
al Kiper o, sentado,
escucho el partido
de Douglas en la radio
y trato de recordar
cuándo fue la última vez
que hablamos.

Parece que está mejor
en el pueblo: se va
y no se le ve un pelo.
Cae a las cansadas,
con el agua,
antes que los lechones
se ahoguen o mueran
cagados de hambre:
hasta donde el cascajo
llega, porque en el barro
se encaja, y después a pie.
Yo miro el corral, el galpón
de las herramientas,
la casa: una tapera
que es buena para zorros,
comadrejas y perros salvajes.

El camino
en nuestra puerta,
un tramo de tierra
que alcanza la ruta
destrozada, podría ser
de las vacas, pienso,
mientras lo veo y él,
a lo mejor, mira,
podría cerrarse, digo,
sin que nadie se perdiera.

Es un atajo
que conocemos él y yo:
encajonado entre lotes
de soja, más parejo
y firme que la ruta,
mucho más parejo
y firme que la ruta,
sigue una curva jodida
si llueve y se hace bien
ancho, despejado.

Ahora que él anda
en el pueblo, perdido,
y ni se acuerda,
salgo a dar vueltas
y fijo la huella:
que la soja y el pasto,
pienso, no la borren,
que si algún abriboca
sale del asfalto
o en una de esas la pifia,
encuentre, en el campo
abandonado, la salida.






Hija de Anchorena
a Darío Canton

Son tres locos, mejor perderlos,
dicen al que viene de afuera
y lógico,
nadie tiene la bola de cristal.
El mayor,
en la tapera que era mansión,
habla con las paredes
negras de humedad,
y con los animales,
que son todo para él:
compañía, alimento, vestimenta,
todo.
Cada dos por tres
cae por el pueblo
con unos galgos muertos de hambre
y algunos se mandan a mudar,
no ganan para disgustos:
detrás del asiento de la chata,
con la cartera
donde lleva sus papeles,
esconde una escopeta,
porque cada día puede ser,
piensa,
cada día puede ser el día
en que vuelva a pisar el abogado
de Rosario,
un zorro viejo que por honorarios
se tragó medio campo.

Algunos ven cuerdo al más chico,
ubicado: saluda, por lo menos,
y anda bastante prolijo.
Tomá, regalado es caro,
dicen las víboras y será la envidia,
porque cuida la estancia
de la prima Irma
desde que la hallaron en su pieza,
perdida,
con la comida que Nito
le hacía en viandas
requete-podrida
y la tía postrada en la cocina,
entre su propia inmundicia,
más muerta que viva
y con un cuchillo
-creía que el cura era el diablo,
y veneno para ratas el agua
bendita.
Y el del medio,
igual que mosca de verano,
o peor,
dele echar pestes contra Perón
y el Consejo Agrario
–guarda con llevar la contra,
porque si se enoja.

Pero de qué asombrarse
si la madre –patente
patente en el recuerdo
de las chismosas-
ponía sillas en hilera
en medio del campo
para las visitas de más allá,
luces malas y angelitos,
y de la mañana a la noche leía
un libro de tapas negras y rezaba:
ni siquiera a comer,
daba vueltas a la mesa
y de golpe, volando,
un sorbo de sopa
y a seguir la milonga.
Por amor de Dios
no se pueden contar
las cosas del padre,
que tuvo a todos
con el corazón en la boca:
hicieron falta el párroco,
la policía y el juez de paz
para que se dejara llevar
a un loquero, en la ciudad.
Desde entonces nadie supo,
no hubo noticias.

Las víboras opinan
que él les metió
las ideas a los hijos,
los embarulló con aspavientos,
pero otros cuentan mañas,
antiguas rarezas de la mujer,
tan fina con la ropa de salir
a la iglesia y el lío de manteles
y cubiertos en la mesa
que parecía o era, según algunos,
hija de Anchorena.

2 comentarios:

  1. Magnífico que esto esté online. ahí actualicé la entrada correspondiente en Apóstorfe: http://pifiada.blogspot.com/2010/12/un-soplo.html

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  2. es exacto según recuerdo, la magia negra, la mesa servida (le llaman así y sigue apareciendo, según mi madre, cerca de Inriville), la ropa de salir a la iglesia, la luz mala y los perros

    y Albornoz es el apellido de la Erlinda, peluquera del barrio en mi infancia, mi hermana, el Lampazo, tiraba al piso sus vinilos y les pasaba encima con el andador

    precioso! gracias

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