lunes, 14 de marzo de 2011

Campo Albornoz


Otros dos poemas de Campo Albornoz (Hum, Montevideo, 2010).

A las corridas



El gran error del Negro
fue pasar la noche
en el pueblo.
No dijo una palabra,
nada,
pero qué afligido.

Los galgos lo siguieron
y aunque extrañaban
dejaron sin guardia
la casa. A la mañana,
cuando cayó a tierra,
él esperaba una desgracia:
alguna gallina menos,
la comadreja adentro
con pichones,
o el almácigo dañado,
pero ni en sueños, jamás
de los jamases el padrillo
perdido y las chanchas
en un charco de sangre.

Los perros que crecían
salvajes en las taperas
las habían liquidado
-las crías se salvaron
porque los maíces
y Dios es grande.

Furioso por la carnicería
que hacían de las hembras
el padrillo destrozó
a uno de los cimarrones
-y el Negro encontró
la cabeza por un lado
y las patas y el resto-
pero estaba herido
y lo superaban en número.
Los vecinos vieron
que salía emputecido
por el campo: nada
del otro mundo, ojo,
porque era costumbre
que los animales del Negro
buscaran la comida
sueltos en el camino.

Ese padrillo era,
decían, más malo
que la peste:
una bestia de 200 kilos,
y para peor enardecida por el chillido
de las chanchas, su sangre,
y para peor desconocía
más allá de la chacra.
La voz de alarma corrió
con el Negro, que quería
seguir el rastro y de paso,
con la escopeta y los galgos,
barrer con los perros salvajes
que se le pusieran delante.

Así andaba del camino
del Consejo a la escuela
de Campo Albornoz
y en ese radio no pasaba
un día sin noticias
del padrillo:
hacía un desquicio en la soja,
llegaba medio muerto
al molino de una casa,
una señora lo topaba
cuando colgaba la ropa.
Pero siempre tenía
la forma de escapar
antes que el Negro
y la gente que ayudaba,
porque a esa altura,
después de una semana
de martes 13, desastres
y sustos,
ese animal suelto era un peligro
para cualquiera.

Había que ver: iban
y venían con una jaula,
maíces para invitarlo,
palos y perros de todo tamaño.
Al final
lo rodearon en una laguna,
tan rendido de cansancio
que se dejó llevar
de lo más manso.







Diario íntimo



En su cuaderno anota
el día de siembra
y la verdad de la cosecha,
la fecha y el monto
de cada lluvia, aclara
si hubo piedra y otra:
qué daño quiso hacer.

No se hace líos
con tantos números
pero a fines de marzo
como maleta de loco
lleva ese cuaderno,
uno que guarda
de la escuela rural,
forrado con papel azul.

Mide el agua caída
en la quinta
y al final de la trilla
compara las cifras
de la campaña presente
y la campaña pasada,
y otra: saca cuentas
del rinde por cuadra.

Y tiene una letra
tan clara
que parece dibujar
sobre las líneas
de la hoja, bien parejos,
los surcos de soja.

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