miércoles, 30 de marzo de 2011

El secretario de actas


Darío Canton




En la introducción del tomo sexto de De la misma llama, a propósito de las repercusiones de un volumen anterior de la serie y de las posibles deformaciones de los recuerdos, Darío Canton se refiere a sí mismo en estos términos: “Se me puede considerar un buen secretario de actas, alguien que sin ser taquígrafo ni recurrir a un grabador, da cuenta en forma razonablemente adecuada de lo que sucedió y se dijo en alguna ocasión”.

La afirmación no es caprichosa, más allá de que se refiera a un hecho puntual, las reacciones de personas aludidas en el relato de una terapia de grupo. Según observamos en su autobiografía, Darío Canton ha ejercido con frecuencia ese oficio de secretario. En 1949, por ejemplo y según cuenta en este libro, fue electo secretario de notas en el Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras; más tarde fue secretario de prensa de la universidad; luego, secretario privado del rector Risieri Frondizi. Y al margen de estos datos, Canton ha tendido a dejar las cosas por escrito, prácticamente desde que aprendió a escribir; nació y se crió en un hogar que, más que favorecer su desarrollo intelectual, favoreció específicamente su desarrollo como escritor y su particular ejercicio de la escritura. Esa tendencia señala dos rasgos centrales en su vida: por una parte, se relaciona con una característica familiar, la de conservar y guardar las cosas (escribir supone preservar, aunque lo particular del caso es que la preservación sería un efecto de lectura más que de escritura); por otra parte, el rasgo que apunta el propio Canton: “el de que tengo cierto valor intrínseco, el de que he estado pre-destinado a hacer algo en la vida”.

El secretario de actas es el que toma nota y también el que valida un suceso son su relato. Las actas tienen un carácter testimonial, legal. Sin embargo, el suceso que refieren las actas de De la misma llama conciernen, ante todo, al propio Canton; la saga es “la autobiografía intelectual de quien soñó ser escritor”; el material reunido en el sexto volumen -poemas, cuentos, borradores, los escritos iniciales- son “testimonios del que fui” y la documentación gráfica aporta “materiales que complementan y ubican la narración, a modo de pinceladas sobre el medio en el que se desenvuelve la vida de la que se habla”.

Los escritos de los comienzos “se reproducen tal cual –anuncia Canton-, respetando al que era, en más de un caso extraño o no del todo comprensible para el yo que ahora escribe”. Además de la producción propia, hay sueltos de diarios, escrituras legales (sucesiones, entregas de animales, marcas de ganado, herencias, mensuras, convenios, contratos, un expediente judicial), un diario de viaje de la madre (con la noticia de que “Darío ha perdido en Río su primer diente pero está contento pues los ratones brasileños le han dejado unas grandes monedas”), recetas de cocina, cuadros comparativos (la composición familiar y sus cambios, la evolución de los ingresos), investigaciones genealógicas, textos de revistas y fragmentos de otros libros, las lecturas que hacía Canton en distintos momentos de su vida.

La documentación gráfica muestra el mismo criterio de edición, la reproducción tal cual. Son fotos familiares, de objetos y lugares, cartas, postales, recortes de diarios, mapas, planos, recibos y reproducciones diversas (del primer cuaderno escolar, del primer libro de lectura, de álbumes, de documentos personales, etcétera). Los epígrafes sitúan las imágenes y agregan circunstancias insignificantes respecto del propósito declarado pero que constituyen actos puros de memoria: “la abuela siempre me convidaba con tortitas negras”; “ese día, manejando sin mucha destreza el cuchillo, no sé para qué, me hice un pequeño corte en el dedo”; “competíamos con mi primo, palmeta en mano, por ver quién mataba más (moscas)”; en una foto alguien oculta un dedo porque “tenía la uña sucia y temió que la fotografía lo denunciara”. El maremagnum de documentos y fotografías se corresponde con aquella misma decisión de dar cuenta “en forma razonablemente adecuada de lo que sucedió y se dijo en alguna ocasión”, pero tienen un plus respecto de la escritura desde que están protegidos de las deformaciones del recuerdo: “Me alegra –dice Canton-… haber podido incluir muestras de qué, cómo y en ocasiones con qué letra escribían –el equivalente de dejar que hablen con sus voces-, algunos de los míos”. La inclusión de los documentos, la pretensión de ser lo más exacto posible en las referencias no responde a un simple afán de exhaustividad; más bien tiene que ver con el punto de vista sobre las cosas y sobre la propia historia, y también sobre la poesía, que “sólo puede ser tal –reflexiona Canton ya en los años 50- si parte de cosas concretas, de apoyos desde lo que se remonte a las sugestiones que ellos mismos y sus asociaciones evoquen”.

El último tomo de la saga da cuenta del período inicial de esa vida, entre 1928 y 1960. Se desarrolla a través de nueve capítulos: 1) Nueve de Julio (1928-1934), el lugar donde nació Canton, tercero de tres hermanos, y los primeros registros de su vida; 2) Interregnos: dos viajes (1933 y1935), la relación familiar en su sentido más estricto, con los padres y los hermanos; 3) La vida entre dos orillas 1935-1936, dividido en tres partes: 1935-1936 el presente en Carmelo, en que Canton vive con sus abuelos maternos y comienza a experimentar la conciencia de su origen y de su persona; 1774-1913 el pasado en Uruguay, una minuciosa reconstrucción de su genealogía; 1913-1928, el pasado en la Argentina, marcado por la instalación del padre, Felipe Canton, en Nueve de Julio y la propiedad rural de la familia; 4) La escuela primaria en Buenos Aires (1937-1939); 5) Comienzo del secundario (1940-1942); 6) Adolescencia (1943-1946); 7) La Facultad de Filosofía y Letras (1947-1952), desde su ingreso a su graduación en Filosofía; 8) Trabajo rentado y familia (1953-1957), su inserción en el mundo laboral, su casamiento y el nacimiento de su primer hijo y 9) Nuevos trabajos, crisis y viaje (1958-1960), el trabajo junto a Gino Germani en el Instituto de Sociología y la obtención de una beca para formarse en Estados Unidos.

Al mismo tiempo el libro, la indagación de este período en la vida de Canton, está sostenido a través de una serie de ocho escenas, relacionadas con la sexualidad y caracterizadas por los equívocos y los malos entendidos. La escena más importante parece ser la primera, uno de los recuerdos más antiguos: el gesto de introducir el índice derecho en un círculo formado por el pulgar y el índice izquierdo, observado en la calle. Lo determinante no es el gesto en sí sino la inquietud que provoca y el silencio que encuentra el niño Canton ante sus averiguaciones. Canton se fabrica entonces su propia explicación. En su reconstrucción lo que importa no es tampoco la explicación que elabora ante aquel gesto sino la circunstancia de que la escena revela dos rasgos característicos, “la curiosidad y el que necesitara encontrar –forzar, en este caso y en otros-, alguna explicación para mis interrogantes”. La sexualidad, o más bien la abstención sexual y sus efectos, es uno de los temas dominantes en este período; es decir, un tema de escritura y un motivo de lecturas.

La cuarta escena transcurre también en la calle, es un insulto infantil: “cuatrojo date vuelta que te cojo”. Nimio en apariencia, sus efectos se potencian al constituir, dice, un episodio ante el que no estaba preparado ya que en su casa “nadie insultaba jamás y los intercambios eran absolutamente civilizados” y en definitiva “una herida demasiado grande, que me deja mudo… herida que quedó abierta durante toda mi vida, puesto que no la conté en ninguno de mis psicoanálisis ni a nadie. Herida que sería como la justificación de este proyecto en el que estoy, la prueba de que me acerco a su fin, de que he alcanzado a escribir lo que jamás me había atrevido a repetir”.

La última escena de la serie corresponde a un paseo con una compañera de estudios, que termina con un beso fugaz y una sensación ambigua de placer y frustración. Canton cierra esa etapa –y por eso, suponemos, terminan las escenas- al conocer a su primera mujer, que se convierte poco después en su primera esposa. Pero el matrimonio, la aparición de otras mujeres y la terapia psicoanalítica vuelven a poner en cuestión el tema.

Canton arma su autobiografía desde su presente de escritor, aunque en un sentido siempre fue escritor y escritor de su vida. El presente reconoce sus marcas en la infancia remota (origen de clase, orden de nacimiento entre los hermanos, las historias familiares, la madre, la miopía, el ambiente favorable para desarrollarse intelectualmente y como escritor), remite a determinados sucesos, los destaca como experiencias de aprendizaje o preanuncios de lo que más tarde define una característica: “mi posterior capacidad de autonomía, autoalimentación, en fin, autosuficiencia”, por ejemplo, o bien “un nuevo escalón en el camino de la autoconciencia” (autoconciencia, aquí, equivale a autoexamen, y autoexamen a escritura del yo); hay además anticipaciones con respecto a la propia obra, borradores o versiones definitivas de poemas que integran libros posteriores.

Entre esas marcas, la economía familiar, sustentada en la explotación de un campo y descripta a través de cuadros, cifras y documentos, compone un relato que puede pasar inadvertido ante la espectacularidad de otros pasajes, como el relato que hace Canton de su terapia con Hernán Kesselman o la descripción de sus primeros contactos con intelectuales, después de ingresar a Filosofía y Letras, pero asume la misma importancia. En primer lugar, las propiedades materiales de la familia materna, anota Canton, “eran cosas que aumentaban mi sentimiento de valer: venía de una familia de cierta antigüedad que tenía bienes”. Este sentimiento está relacionado con el deseo de ser escritor y establece una implicación mutua con la escritura: el joven Canton escribe porque tiene conciencia de su valor y tiene conciencia de su valor porque escribe. En el borrador de un prólogo de 1952 anota: “escribo para siempre”.

La economía familiar está asociada además a algo que Canton llama un estilo o un tempo, un modo característico de actuar y sobre todo de tratar con los objetos: “el vivir ahorrativo”, un modo de vivir, dice, que llevaba a preservar y estimar las cosas por su permanencia y sus transformaciones, contra el derroche y el consumo ostentoso y que sin duda es la clave de la extraordinaria documentación que muestra la saga y en particular el sexto volumen (con sus fotografías de monedas de 1774 y 1818, los objetos más antiguos que atesora la familia), un caudal acrecentado por Canton siguiendo a conciencia pautas que en sus mayores parecían inconscientes (por ejemplo, siendo niño, luego adolescente, compraba y coleccionaba sus propias revistas, como hacía cada miembro de la familia; heredó libros de los hermanos, pero compró o recibió otros libros y les dio un orden propio: “Me hice una lista, forrándolos uno por uno y poniéndoles en el lomo una etiqueta con su número de identificación”).

Este estilo,“cierto ánimo tranquilo, sedimentado, paciente, confiado en el esfuerzo, capaz de apreciarlo, poco dado a la exageración, más bien al sobreentendido y a la ironía”, aparece filiado con dos figuras, ante todo la de un tío –un tío preferido por el humor, la jovialidad, la burla del afán de figuración y lo pomposo. Y también con un joven intelectual, Mauricio Ferrari Nicolay, que visita a la familia y le regala a Darío, cuando tiene 11 años, un libro de sinónimos. Lo importante de la anécdota es que el libro tiene una dedicatoria con una pequeña lección sobre el estilo: el estilo, dice Ferrari Nicolay, es un resultado que alcanza el pensamiento “preciso, claro, persuasivo y colorido” al ser transmitido, algo que DC relaciona con su rasgo básico “el de que tengo cierto valor intrínseco, el de que he estado pre-destinado a hacer algo en la vida”. En un caso se habla de estilo de vida y en otro de estilo de escritura; pero ambos están asociados en la vida y la obra de Canton, una vida que quiso hacerse obra escrita.

El plan original de esta obra preveía finalizar con el tomo VI pero Canton decidió anticipar su edición, “dar prioridad al período que me exigiría más trabajo, por las ilustraciones y las búsquedas que serían necesarias”. El relato termina con su viaje a Estados Unidos, en 1960, después de sus primeros contactos importantes en el mundo literario, con Murena y Alberto Girri. De esa manera remite al primer tomo de la obra, Berkeley (1960-1963). Canton no concluye su relato, lo reabre.

16 de octubre de 2008

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