sábado, 26 de marzo de 2011

La gran confusión




Capítulo 3 de La deriva (Beatriz Viterbo, 1996)




Daniel alquilaba un departamento de dos ambientes en el barrio de la terminal de ómnibus. En el living, una cortina de junco separaba la cocina y la heladera de un espacio donde había un colchón con almohadones y una mesa redonda rodeada de cuatro sillas de madera. El balcón ofrecía una vista panorámica de la estación de trenes abandonada: los vagones herrumbrados, cuyos asientos ocupaban ahora linyeras y cirujas, el andén por donde se paseaba de tanto en tanto un federico de guardia, el reloj inglés que -había asegurado el Sapo- valía un pedazo de plata.

En el dormitorio, aparte de la cama, había un escritorio, una biblioteca armada con tablones y ladrillos y un radiograbador. Un segundo balcón daba allí al interior de la cuadra: los hoteles por hora, con carteles de luces rojas, donde se consumaba el comercio amoroso pactado por Santa Fe o Caferatta.

En el baño, entre envases vacíos y un lavarropas inutilizado, crecía una planta. Parecía más seguro tenerla allí, al alcance de la mano. Quienes preguntaban, podían enterarse de una historia: fumando entre varios, se había presentado un extraño en casa. Al abrir, los pies sobre una superficie espojosa y los ojos enceguecidos por el inusual brillo de la luz y cada objeto -era un fumo famoso, que, decían, había sido curado con hongos-, Daniel se encontró cara a cara con un policía, de paisano, pero un policía, clavado, que ocupó todo el marco de la puerta. En el segundo en que el cana tardó en decir que vendía bonos de contribución para la octava, pensó en las tucas que colmaban el cenicero, en la cajita de fósforos con el agujerito quemado, en el aroma que impregnaba el ambiente y en la planta, luciendo sus primeros brotes al pie de la propia puerta, junto a los mocasines de liquidación del tipo.

Sin embargo la planta estaba aún verde. No era tiempo de cosecha. Así que revolvió en los estantes de la alacena, en el ropero, bajo los colchones, en los cajones del escritorio. Luego tomó, al azar, algunos libros y recorrió sus páginas. A veces se daba, aparecía un resto de cocaína, cristalizado por el olvido.

Se desnudó, dejando caer la ropa en el suelo del dormitorio, y conectó un turbo destartalado, que pese a todo removía, con una especie de ronroneo, algo de aire. Sin otra cosa que hacer más que leer hasta dormirse, ahuecó la almohada y encendió el velador situado sobre la mesa de luz. Levantó del suelo el ejemplar del diario del día, que no había visto, y luego apagó la lámpara central y se tumbó en la cama. Quería leer la primera nota que había publicado sobre el caso de Alacrán Romero, el boxeador asesinado.

Poco después advirtió que sus ojos se habían quedado clavados en la nota de apertura de la página policial, sin comprender ni una sola de las palabras que miraba. Con una sensación de asfixia, se incorporó para correr la ventana del balcón y darse una ducha. Se quedó parado, simplemente, inmóvil bajo el agua, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados. Desde la iglesia de calle San Nicolás llegaron las campanadas de medianoche.

Pero el aire seguía siendo una masa caliente que se adhería como un aceite al cuerpo.

El cadáver de Alacrán había sido encontrado sobre las vías del Puente Negro, en Villa Isabelita, desfigurado a golpes. Bajo el mismo puente, en un basural, yacía su amigo Sergio Carrizo, también con hematomas y contusiones pero vivo, milagrosamente. No había detenidos ni se contaba con pista alguna. Carrizo afirmaba no tener memoria de lo ocurrido.

El sábado anterior al día de su muerte, en compañía de Carrizo, Alacrán había ido al club Paraná, cuyos bailes lo tenían por habitué y hasta por figura, cuando pasado de copas protagonizaba alguna pelea en la entrada o corría al mozo que pretendía servirle soda. Esa noche el baile fue suspendido y los dos amigos resolvieron probar suerte en el club Sarmiento, cuya cancha de basket había sido transformada en un bingo y donde solía caer la policía. Donde podía ir la policía. La villa, un cuadrado erigido sobre el terraplén de las mismas vías que llevaban al Puente Negro, era inaccesible para los patrulleros: las hileras de casillas estaban separadas por pasadizos ondulantes de no más de cinco pasos de ancho. Cualquier búsqueda fracasaba ante los recovecos y puertas múltiples en que se ovillaba el asentamiento; la visita de Drogas Peligrosas realizada tras la denuncia de Rainoldi había sido posible por una ocupación de tipo militar, con el concurso de todo el Comando Radioeléctrico y la Guardia de Infantería.

En el buffet del club, Alacrán y Carrizo bebieron, o les hicieron beber, una gran cantidad de cerveza, suficiente como para que no se tuvieran en pie. Nunca faltan amigos dispuestos para dar una mano en esos trances, pero los que habían acompañado al dúo hasta la calle tenían otras intenciones. El rastro de Alacrán se perdía en ese momento. El encargado del estacionamiento no conocía, ni había visto bien, a sus acompañantes. Fuera del propio Carrizo, la última pelea del boxeador había carecido de espectadores, pese a que esa noche el espectáculo de cinco orquestas -entre ellas la de María Dolores, la chaparrita, una especie de fenómeno popular- había congregado a una multitud. Las primeras horas de luz, cuando ese público estaba desconcentrándose, habían dado supuestamente el momento del asunto.

Daniel dejó caer el diario, cruzó una mano detrás de la nuca y tras encender un cigarrillo contempló el cielorraso.

No tenía miedo, se dijo. Sólo necesitaba un pase.

En el tiempo que llevaba en el diario, había trabado relación con muchos tóxicos. Nada íntimo, simplemente el contacto inevitable del oficio. Los podía reconocer, sin duda, en caso de verlos con algún amigo o conocido. El problema era descubrirlos cuando fuera tarde. Si lo hubieran visto en compañía de Panda, por ejemplo.

El Viejo le había advertido, cuando salían del departamento de Panda, apenas dos días antes del allanamiento, que él no transaba con pobres ni con enfermos, que no era un benefactor de la humanidad.

-Es muy linda la merca -había dicho-, muy linda: pero cuando no tenés plata te desesperás y hacés cualquier cosa. Eso es peligroso...

Lo más común era robar algo. Un pasacassette, una bicicleta, un ciclomotor, lo que estuviera a mano: uno de los Evangelistas, del séquito del Gran Toto, le había quitado el teodolito a un ingeniero que mensuraba un terreno en Los Blockes. Esa mercancía se canjeaba, desventajosamente, por cocaína. Los ladrones, a la larga, acumulaban entradas en las seccionales. Entonces la policía los iba a buscar, cuando alguno se pasaba con el pico al otro lado, poniéndose cualquier porquería, y sus amigos lo dejaban en la guardia de algún hospital, para escapar a toda carrera, o bien lo escondían entre las montañas de basura, los esqueletos de autos y los neumáticos de la quema. En muchos casos "los delincuentes habían sido sorprendidos" intentando dar marcha a una moto o trabajando en el interior de un auto.

-Eso es muy peligroso... -decía más tarde El Viejo, mientras preparaba unas líneas en
el reservado del club Franklin, ante el haz de miradas ávidas y silenciosas.

Los tóxicos, por otra parte, tenían todo el tiempo del mundo. Así, detenían a un pibe con porro y lo apretaban hasta sacar algún dato. Cuidando el detalle, por supuesto. No faltaba el abriboca que después denunciaba apremios ilegales; cuando eso ocurría, se trataba de trasladar el caso a un juez comprensivo, muy ocupado, que mandaba el expediente a la morgue de los depósitos de papeles y carpetas.

Las "actuaciones" requerían un escenario modesto: un cuarto, una silla, una potente lámpara sobre la cara del pibe, amarrado como un animal. Un policía le ponía una bolsa de plástico en la cabeza y le empezaba a pegar en el estómago: tomaba impulso, retrocedía dos o tres pasos y luego descargaba el golpe, con todo el cuerpo concentrado en su puño. Otro le daba cachetazos. El pibe no podía amortiguar el dolor. Lo ataban de manera que su cuerpo ofreciera superficies para golpear, como una bolsa de arena; si se desvanecía, lo reanimaban y volvían a pegarle en el estómago y la cabeza. Sin dejar marcas, y sin hacer sangrar: a ver si se contagiaban el sida. A los más rebeldes le ataban las manos a una pared, con los brazos abiertos, de manera que pudiera apoyar solamente la punta de los pies sobre el piso.

Aramayo, el jefe, se había especializado en el ablande al ingresar al Servicio de Informaciones, un organismo ya disuelto y del que nadie se quería acordar. Desde aquella época y por razones obvias, según comentaban en el diario, se lo conocía como El Cura. Ese nombre de guerra y los métodos -la parrilla, básicamente-, parecían ahora cosas del pasado. Pero los interrogatorios suponían un capítulo insoslayable de la formación policial. Dados su rango y experiencia, Aramayo no participaba de tales sesiones. Claro que su sola presencia bastaba para imponer el terror.

-La dictadura continúa -decía El Turquito-: la policía pega cada vez más...

Un método de investigación que tenía el sello del Cura consistía en hacer una ronda en torno al preso. El tipo pasaba de las manos de un policía a las de otro, entre manotazos, patadas, salivazos, zancadillas y trompadas. Lo cual se complementaba con la llamada acción psicológica.

-Vos sos bosta -decía un tóxico, sobre el fondo de un coro de risas.

-Si alguien te buscara, que no te busca -agregaba otro, sosteniéndole la barbilla con una mano, para que lo mirara de frente-, ¿creés que te va a buscar acá?

-La justicia somos nosotros -intervenía un tercero-. Los derechos y humanos somos nosotros.

Hasta que el pibe batía al vendedor. En general se terminaba por cantar: había que estar ahí, para saber. Entonces un agente se ponía en contacto, a fin de tumbar al vendedor.

Daniel se acostó en el suelo, junto al turbo. Debía avisar acerca del allanamiento, de Ultra. Ir a la casa de Silvio, buscar al Turquito. Pero estaba molido, mareado casi por el calor. Y no tenía un puto pase.

La cuenta que había abierto se planteaba en realidad con El Viejo, en definitiva el dueño de la merca. De la merca que buscaban ahora los tóxicos en el departamento de Panda. Una madrugada, después de largas partidas de poker en el Franklin, Panda ofreció habilitarle una bocha, para vender. Habían quedado solos en la mesa, tras la rotación de otros jugadores, de cervezas y de idas al baño -en el club se cuidaban las formas, y para eso un desván hacía de reservado.

-Así te pagás el vicio... -dijo Panda.

Y le dió una bolsita con cinco gramos, que bien estirados, y sin exagerar con la preparación, podían dar diez. Pero Daniel vendió dos y se tomó el resto. Le dijo a Panda que se había equivocado con el corte y que nadie quería llenarse la nariz de Glucolín. La segunda vez puso plata de su bolsillo y pidió el doble. Más tenía, más tomaba: empezó a llevarse papeles al diario. Empujado por la euforia, hizo nuevas amistades en la redacción y escribió algunas notas que habían dejado pensativo a Sosa.

-Está bien -decía el jefe de Policía-. Con lo que hiciste está bien...

Ahora debía una cantidad tal que todo su sueldo no le alcanzaría para cubrirla. Sin el pago no contaba la amistad. El Viejo podía llegar a comprender que alguien no tuviera dinero, y entonces pedía algún bien. Los televisores y videograbadores eran los artefactos más adecuados, porque había una gran demanda en el mercado negro. En su defecto, recibía heladeras, radios o muebles, aunque muy subvaluados. Cuando no había ni una cosa ni la otra -y era el caso de Daniel-, la situación se ponía más difícil. De todas maneras, las deudas se pagaban: el Sapo se había visto obligado a hacer algo, al respecto, antes de irse a Villa Urquiza, a militar en las huestes de Roque Pentecostés.

Casi como un sonámbulo, Daniel se levantó para buscar un porroncito en la heladera. La ducha que se había dado era ya un recuerdo.

Bebió la cerveza en varios tragos, encendió un cigarrillo y se sintió algo aliviado. Desde el balcón, junto a la columna de alumbrado de la vereda opuesta, sobre la estación de trenes, vió a una mujer de pelo largo y plateado, con una minifalda vaquera ceñida y un top fucsia que le realzaba tentadoramente el busto. Cruzada de brazos, alzaba y bajaba una mano que sostenía un cigarrillo. Daniel la había visto otras noches, en la misma esquina, con alguna compañera o bien acodada en la ventanilla de algún automóvil, y recordó al canillita, el ir y venir del canillita entre los colectivos y los bares sucios de la terminal, el vagabundeo sin salida por la ciudad.

Pensó que la mujer podía verlo, así, desnudo como estaba. Regresaba al dormitorio cuando escuchó el sonido del portero eléctrico.

El reloj despertador, sobre el escritorio, marcaba una hora desacostumbrada para las visitas. Decidió no atender.

Pero había dejado la luz encendida en el comedor. El portero volvió a sonar, esta vez con dos golpes largos de timbre. Daniel se calzó los vaqueros, fue hasta la cocina, descolgó el tubo y oyó:

-¡Policía!


Tenso, la cabeza sobre el pecho, dirigió la jeringa hacia la vena que sobresalía del brazo magro, hinchada por la presión del lazo. La aguja tembló y se introdujo lentamente; luego, de golpe, desapareció bajo la piel.

Un largo suspiro, y otro, como un gemido, y todo su cuerpo se estremeció.

Soltó la jeringa, que quedó hincada en el brazo, y se desató el pañuelo con la mano libre. Tenía la frente cubierta de transpiración.

El tubo de plástico comenzó a oscurecerse de sangre.

Daniel encendió un cigarrillo en la hornalla de la cocina. Tenía confianza en El Turquito. Es más: sólo El Turquito se picaba en su casa, y de eso nadie se enteraba.

Había llegado al departamento anunciándose, con gravedad, por el portero:

-Abra, señor Arnaut. Es la policía...

-Muy gracioso -dijo Daniel, cuando le abrió la puerta y El Turquito entró como una tromba, agitado, para dejar sobre la mesa un sobrecito de papel glacé.

-¿Por qué? -El Turquito zambulló su cabeza en el interior de la heladera- ¿Hay algo que ocultar? ¿Me permite sus documentos?

Tenía unos veinte años, aunque la cabeza afeitada, el arito en la oreja derecha y cierta expresión infantil en la mirada lo hacían parecer aún más joven. Su manera de andar era naturalmente desgarbada y enérgica y se convertía, donde estuviese, en el animador de las conversaciones. El Turquito era el que continuaba hablando cuando todos estaban duros o bien cuando el bajón del porro tejía sus telarañas. Se ponía, pero de vez en cuando; o, por lo menos, el pico todavía no lo había separado de la gente. Trabajaba ocho horas diarias en una mueblería, para lo cual necesitaba una buena provisión de droga, y vivía en una tira color azul de Los Blockes; tenía trato con los Evangelistas, la corte del Gran Toto, pero no formaba parte de esa banda.

-Allanaron la casa de Panda -dijo Daniel-. Ultra quedó pegada.

-Noticias de ayer -cantó El Turquito- ¡Extra! -se rió y cerró de un golpe la heladera- ¿No hay nada para tomar?

-Vino -Daniel señaló una botella, en el rincón de la mesada contigua a la cocina-. Si no, hay que salir a comprar.

-Yo sí tengo algo, ves -El Turquito tomó el sobrecito y se lo puso frente los ojos- ¿Hacemos unos pases?

-Era lo que estaba necesitando -respondió Daniel.

-Siempre lo estás necesitando -retrucó El Turquito.

Sacó un plato de la alacena, abrió el pequeño envoltorio y, con la punta de una tarjeta telefónica, separó dos líneas. Cubrió las piedritas con un trocito de nylon y las aplastó con una llave; terminó de desmenuzarlas con la tarjeta, hasta reducirlas a polvo.

Daniel dió dos vueltas de llave a la puerta.

-¿Sabés algo de Panda? -preguntó.

-Ese muchacho es un boludo -dijo El Turquito-. Todavía no sabe distinguir a un cana. Va a terminar mal...

Daniel enrrolló un billete y aspiró su línea de un solo golpe.

-Tenía tres compradores para esta noche -continuó El Turquito-. Todos sabían que iba a estar el pedazo... Uno era amigo, pasó y se llevó lo suyo. Al rato cayó el segundo, del Bajo, pasó y se llevó lo suyo. Todo iba bien. ¿Tenés un cigarrillo? Ah, fumás negros... Bueno -hizo una pausa para encender el cigarrillo-. Con el último había quedado a una hora. Pero el tipo no pintaba, no pintaba, no pintaba... Y Panda decía -imitó burlonamente su voz-: "no me quiero perseguir, no me quiero poner loco, pero es raro; y al quía no lo conozco". ¡Qué pelotudo! Salió a llamarlo por teléfono, y ahí zafó... Zafó, de última, gracias a los canas, o porque se acordó de lo que le pasó.

La historia del pasaje que Panda sacó a Coronda, de la pendejita que le había pedido un kilo de fumo y cayó a buscarlo con un tóxico.

-¿No querés? -Daniel empujó el plato.

El Turquito tomó la tarjeta y contempló la línea.

-Hermano -dijo-, tomar esta merca es desperdiciarla...

-Vale la pena -dijo Daniel, y se rió.

-Es tirar la plata, en serio -insistió El Turquito.

Y tras dejar el cigarrillo en el borde de la mesa extrajo, de una media, una jeringa descartable.

-El Viejo lo debe querer matar -continuó, mientras volvía a peinar la cocaína-. Le había llevado una bolsa. Cinco paquetes, de cien gramos cada uno, medio kilo de la mejor, de la más pura; sabés que merca, ¡ésta! -señaló el plato-. Mejor dicho: se la llevamos, con Toro...

Toro era el Rastrojero de la mueblería, en el que El Turquito se movilizaba noche y día y que se prestaba para los más variados transportes.

-¿Ultra se va a tener que hacer cargo de eso? -Daniel pasó un dedo por el borde del plato, con la mirada puesta en el sobrecito de papel glacé.

-Ultra se porta -El Turquito extendió las manos, con los dedos bien separados, junto al pecho-. Aparte, ¿quién te dijo que encontraron la merca?

Se rió, golpeando con las palmas sobre las muslos, para cruzarse de brazos y observar a Daniel, que comenzaba a prepararse un segundo pase.

-No hay que creerle a la policía... -agregó, con una sonrisa.

Rescató el cigarrillo, que ya dejaba una muesca en la mesa, y dió varias pitadas consecutivas.

-Pero si quedó pegada... -protestó Daniel.

-¿Con cuánto?

El Turquito se hamacó en la silla, levantando y bajando las patas delanteras.

-Dos papeles -dijo-. Tres papeles. Una boludez, nada. El resto está bien guardado.
Por suerte para Panda, porque si no El Viejo lo colgaba de las pelotas... Ultra está limpia, no tiene ninguna causa; declara ante el juez, el lunes, el martes, y sale.
Daniel aspiró y se levantó como propulsado por un resorte. Encendió un cigarrillo, trajo el turbo del dormitorio, acercó un cenicero de cerámica -comprado en el Mercado de Pulgas- para que El Turquito apagara su colilla y corrió la ventana del balcón. Siempre necesitaba dos pases para despegar.

-¿Tenés una cuchara? -preguntó El Turquito. Revolvía en el cajón de los cubiertos-
¿Qué es esto? -apuntó con el índice un papel plegado sobre la mesada.

-Nada que ver -dijo Daniel-. Me lo dieron en el colectivo -comenzó a leerlo-. Escuchá...

-Escuchá, escuchá -insistió tras una pausa.

El Turquito empuñó la jeringa y la miró como si la descubriera.

-"¡Supervivencia!" -leyó Daniel.

-Amén -dijo El Turquito, y se rió-. Nos hemos reunido en esta casa para adorar al señor.

-"En los últimos tiempos de los regímenes hechos por la humanidad -prosiguió Daniel- surgirá un gobierno mundial totalmente sin Dios y sin Cristo..."

-Eso lo escribió un tipo de por acá -masculló El Turquito-. Dice "totalmente".
Aferraba con los dientes el extremo de un pañuelo, anudado en su bícep izquierdo.

-"...guiado por un dictador poseído por el Diablo que traerá una falsa paz sobre la Tierra y una utopía falsificada. Todos sus adoradores serán marcados con un número, ¡será una época de gran tribulación!"

El Turquito se acostó en el suelo, con las manos cruzadas sobre el pecho. Un extraño velo ensombrecía y a la vez daba brillo a su mirada.

-¿Estás bien? -Daniel se sentó a su lado.

-Ah -susurró El Turquito, con un hilo de voz.

Y después:

-Cuántos colores...

-¡Dan vueltas! -describió una espiral con el índice.

-Me taladran la cabeza...

Daniel apagó la luz y salió al balcón. Los focos mortecinos de la calle envolvieron como un sudario el cuerpo del Turquito.

-Alucinante -dijo, poniéndose boca abajo.

La mujer del top fucsia y la minifalda vaquera había sido reemplazada por una pareja de travestis.

-Líneas de fuego -murmuró El Turquito-. Hay un montón de líneas de fuego. Un montón...

Giró sobre sí mismo en el suelo, con los ojos cerrados. Luego se arrodilló, de frente al balcón.

-Uf, un montón... -suspiró- ¿Qué hay que hacer? Con el diablo, digo.

-"Asegúrense de tener una especie de sitio en el campo -leyó Daniel- que esté bien abastecido de alimentos secos enlatados... estén preparados, ¡la gran confusión va a suceder pronto!"

-Papito -gritó uno de los travestis, las manos en la cintura-, ¿no tenés algo fresco en tu casa?

-Por favor -agregó el otro-, hace tanto calor...

-Turco -dijo Daniel.

No era cuestión, otra vez, de encerrarse. La única afirmación que cabía hacer era negativa: no encerrarse a tomar toda la merca que se tenía, no quedarse en la nube de porro. Se trataba de salir, sin que importara dónde, porque cualquier lugar daba lo mismo.

-¿Partimos? -preguntó.

El Turquito se acostó boca abajo, con un suspiro.

-Eh... -Daniel lo tocó con un pie.

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