viernes, 18 de marzo de 2011

Los héroes son los sobrevivientes




Sobre Ocio, de Fabián Casas.

La historia que se cuenta en Ocio transcurre exactamente durante un año, de invierno a invierno. El protagonista, Andrés, tiene 21 años, vive con el padre y el hermano y se encuentra “en una mezcla de adolescencia y juventud, siempre imprecisa”. Sin embargo, el verdadero punto de partida del relato no está dado por esa situación ni por atravesar alguna etapa en particular sino por un acontecimiento puntual: la muerte de la madre.

“Me imagino a las familias alrededor de las mesas –dice el narrador, a poco de comenzar-, preparadas para cenar, con los hogares encendidos y los leños quemándose en su felicidad”. Una imagen que contrasta con la del propio ámbito doméstico: “mi viejo, mi hermano y yo vivimos, cada uno, en zonas diferentes”. Esa distancia se abre a partir de la desaparición de la madre, “el cruce de caminos donde nos encontrábamos”. El dolor que carga el personaje consiste en que la pérdida de la madre supone al mismo tiempo la pérdida de la familia entera. Andrés no tiene diálogo con su padre ni con su hermano y por eso debe salir de la casa.

Lo que encuentra es un grupo de jóvenes escritores, que están marcados por una cierta concepción de la literatura y por la relación con las drogas. Ese es el comienzo de un momento importante en la historia de Andrés. El pasaje aparece determinado en principio por un cambio de lectura: de “Ernesto Sótano” a Celine, a quien Andrés conoce por azar, después de robar un ejemplar de Viaje al fin de la noche, especie de iniciación arltiana en la literatura. Y sobre todo por el recomienzo de la escritura. En las mesas del bar Astral, parece producirse para el protagonista una iluminación: el descubrimiento de lo que significa escribir. Roli, uno de sus amigos, dice entonces que para ser un héroe es condición indispensable tener un familiar muerto (Roli es una especie de profeta de su propia desgracia). Es decir que los héroes son los sobrevivientes, los que siguen en pie para contar lo que pasó. “Ser un héroe” no alude aquí a grandes hazañas sino a una experiencia que deviene en historia. La idea se relaciona con la escritura, es la primera definición del poeta que comienza a formarse, la lección inaugural que recibe: la literatura no se hace con buenos sentimientos, sino con experiencias de vida y de muerte. “Estar vivo no significa nada”, dice Andrés en el comienzo. Pero en ese momento, en efecto, no tenía nada para escribir.

La pérdida de la madre es además un tema que conduce directamente a la poesía de Casas, donde se presenta como un motivo insistente. Al leer Ocio se hace inevitable el recuerdo de Tuca (1990) y El salmón (1995), esos poemas breves, medidos, casi siempre exactos. En primer lugar, por el uso de la primera persona: la voz que narra es la misma que habla en los poemas (que los construye como relato). Además del protagonista, el personaje de Roli ya había aparecido en la poesía. En este sentido, poesía y prosa parecen como lentes con distinto aumento: mientras en Tuca el personaje es apenas un recuerdo, alguien que pasa y se desvanece (“Ese chico con la cabeza vendada,/ que antes era Roli,/ dice llamarse Apollinaire”), en Ocio ocupa el centro de la historia. Y la atmósfera del relato tiene el sello de la poesía: una composición donde se asocian percepciones intensas (su forma es la comparación), explosiones de humor y reflexiones teñidas de melancolía.

En razón de estos cruces, no sorprende encontrar en la narración imágenes o frases que después se transforman en versos. Incluso puede decirse que uno de los poemas que escribe el personaje parece el borrador de uno de los textos de El salmón (“Me detengo frente a la barrera”). “Tu corazón late al revés” (en “Me pregunto”, del mismo libro), frase que condensa el diálogo con la madre, aparece en otro de los poemas de Andrés. Por la fecha de su primera edición (2000), Ocio es posterior a los libros de poemas; por el momento en que ocurre su historia, por el fragmento de vida que trata en el personaje (por otra parte, evidente alter ego del autor), se inscribe en un momento preliminar. En el relato, el personaje aún se encuentra en su casa; en la poesía, ha abandonado ese lugar, vive ya en el afuera. En el último poema de Tuca, el personaje vuelve por un momento a recorrer el patio de la casa familiar: es el viaje del salmón, el pez que “recorre un largo viaje hasta llegar de nuevo al lugar donde nació” (otro descubrimiento de la experiencia relatada en Ocio: pero aquí es una anotación al pasar, algo que todavía no maduró en términos literarios). Esa figura podría ser además una metáfora del recorrido de los textos del propio Casas, no en sentido literal sino en cuanto a su definición como escritor.

El cierre del relato vuelve a la situación del punto de partida. El personaje parece en la misma situación. ¿Entonces no pasó nada? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la poesía de Fabián Casas.

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