domingo, 20 de marzo de 2011

Una planta, un cafetín, un hotel o un pueblo


Néstor Groppa con alumnos en Tilcara


Sobre Este otoño, de Néstor Groppa.

En la Encuesta a la literatura jujeña contemporánea (Reynaldo Castro, Perro Pila, San Salvador de Jujuy), Néstor Groppa se define como “un autor inédito con treinta libros publicados”. De esa manera alude a cierto desconocimiento de la crítica, pese a que integra la Academia Argentina de Letras y recibió premios importantes, y a la falta de difusión de su obra, cuyos títulos rara vez se distribuyen fuera de Jujuy, donde reside. Pero ese carácter marginal supone también una elección, desde el momento en que ha preferido publicar muchos de sus títulos con un sello propio, Buenamontaña. Y concierne a la vez a un aspecto decisivo en su poética, donde la valoración del oficio de artesano se aplica no sólo a la escritura sino también al armado, a la creación del libro como un objeto preciado.

En Este otoño, Groppa propone una memoria de su vida. El relato sigue en general el orden cronológico: la infancia y la adolescencia en Laborde (Córdoba, donde nació en 1928) y en América (provincia de Buenos Aires), el inicio de la vida adulta en la ciudad de Buenos Aires, un paso fugaz por Bariloche y un viaje al norte, por Tucumán, Salta y finalmente Jujuy, donde se radicó en 1951. En el desarrollo incorpora fotos familiares, reproducciones de textos mecanografiados, poemas relacionados con una determinada etapa o suceso y hasta composiciones de alumnos. Pero las imágenes no son ilustraciones, ni los poemas apéndices del recuerdo: la autobiografía se construye como un álbum, y cada pieza tiene sentido en tanto atesora “los punzantes estados de las reminiscencias”: inventarios de objetos cotidianos, gestos, modos de vestir y pequeños sucesos que quedaron grabados con el deslumbramiento que provocaron al manifestarse. La evocación de la madre, personaje central en la historia, no estaría completa por ejemplo sin la foto que la muestra llevando de la mano al niño Néstor Groppa de pantalones cortos y expresión concentrada, por la calle Rivadavia, en Buenos Aires, hacia 1933.

El relato integra textos escritos en distintos períodos, apuntes traspapelados, borradores de artículos nunca publicados, que estuvieron largo tiempo perdidos y un día aparecieron en la biblioteca tan misteriosamente como habían desaparecido. A propósito de Tarja (1955-1961), la revista que Groppa publicó en Jujuy con Jorge Calvetti, Medardo Pantoja y Héctor Tizón, entre otros, se inserta el prólogo de “un libro que nunca pasó de proyecto”, esbozado en 1962 y retomado en 1989; al hablar de San Salvador de Jujuy, un texto compuesto en 1969, releído en 1977 y “finalmente pasado, sin retoques, en Abril de 1995”. El prólogo es un ensayo inédito de Joaquín Giannuzzi, concebido para una publicación no concretada de Ediciones Culturales Argentinas; como la versión pasada en limpio se extravió se reproduce de modo facsimilar el original, plagado de tachaduras y agregados manuscritos: un texto retratado en su proceso de producción, que por otra parte proporciona claves de lectura indispensables. En el trasfondo de esos hallazgos se perfila un archivo pródigo en rarezas, objetos curiosos y colecciones únicas. Las páginas literarias que publicó en el diario Pregón durante más de cuarenta años, por ejemplo. O los originales del número de Tarja que quedó inédito.

Giannuzzi analizó la poesía de Groppa a partir de una versión anterior de la autobiografía, que en ese momento se llamaba El otoño de algunas primaveras. El relato, en efecto, permite seguir con precisión el origen y la maduración de la “épica de lo diminuto” y la mirada totalizadora, incapaz “de despreciar las ínfimas variedades del todo”, que señaló como características de la obra. El punto de partida se encuentra en la infancia en Laborde, “aquellos años que siguen estado en algún lugar de esta mirada”. La muerte temprana de la madre, de quien tomó el apellido (su nombre completo es Leandro Néstor Alvarez Groppa), sitúa un episodio fundacional: “yo escribo sobre el paño velado que deja la muerte (...). Sobre mi madre y mi casa que ya no están”. Otro momento deslumbrante es el recuerdo de su trabajo como docente en Tilcara, pueblo donde se radicó al llegar a Jujuy. Por entonces, publica en Buenos Aires su primer libro, Taller de muestras (1954), y prepara el segundo, Indio de carga; el método con que al mismo tiempo hace escribir a sus alumnos es revelador de su poética: se trata de reparar en los sucesos y los objetos comunes, “buscar el lado menos notable, el más vivo, inédito”, para que “el duende de las cosas se reconozca en ese otro que todos llevamos”.

El recuerdo no manifiesta aquí nostalgia ni un terco apego a lo que ya no existe. “Repito varias veces Laborde, y termino por no saber si Laborde es, en mi vida, una planta, un cafetín, un hotel o un pueblo”, dice Groppa. Hacer memoria, en su perspectiva, es dejarse llevar por las emociones que las palabras guardan y que se experimentan de nuevo en cuanto se las pronuncia como quien busca provocar un hechizo. Los nombres y las fechas, advierte, pueden estar mezclados; lo que importa es el “caudal evocativo” de la expresión, aquello que pone otra vez en relato los acontecimientos de una vida. La lluvia, o más bien la llovizna, da la imagen de ese lento y persistente fluir. En la medida en que quedaron ligados a los afectos y a cierta mirada propia, determinados hechos permanecen en suspenso sobre el presente: si habla de la escuela donde impartió clase, así, es porque más allá de los años transcurridos sus alumnos todavía le hablan, todavía está intacto aquello que escribieron. Groppa ha sido fiel a los lugares en que transcurrió su existencia recreándolos en imágenes de belleza imborrable: América persiste en un amanecer de invierno, con escarcha y pantanos opacos; Tilcara, en ciertas fragancias de la tierra y el sol.

El registro es siempre mínimo y concreto: el crujido de una mecedora que marcaba el anochecer en la campaña; los paseos en el colectivo 39, en Buenos Aires, donde un tío trabajaba como chofer; la canchita de Directorio y Lacarra, donde jugaba Adolfo Pedernera; el abuelo que murmuraba en dialecto y lo llevaba de la mano por la huerta familiar; el churrasco con ensalada y vino tinto en un restaurante de Jujuy, a la salida de la imprenta en que se forjaba Tarja. “Todas esas humildades que enumero le daban un sentido a la vida”, dice Groppa. Y como apunta Giannuzzi, son la materia de su poesía; el resultado es que esos datos pequeños e inmediatos son redimensionados y revalorizados, y en el mismo movimiento el poema incorpora los giros coloquiales del habla común y un sentido de la composición que se vuelve imperceptible y pasa por una especie de conversación espontánea.

Contra la convención del género, esta autobiografía no tiene origen en un momento determinado: es un texto escrito a través de una vida y que sigue en curso, desprovisto “de toda otra cosa que no sea la poesía”. Este otoño ofrece el testimonio de un amor excedido, y esa misma desmesura, su entrega absoluta, despojada de especulaciones, da la medida de su valor.

1 comentario:

  1. Hola! Leí algunos de los libros de Nestor Groppa y es realmente un autor excepcional. No tiene el reconocimiento que en mi opinión merece. Hubo unas vacaciones en bariloche en las que me devoré varios de sus libros y fue genial!

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