viernes, 8 de abril de 2011

Un recibimiento inesperado


Otro fragmento de Exposición rural



Había perros que podían estar en el patio o incluso entrar en la casa y perros que nunca pasaban el tejido de alambre. Los que se quedaban afuera estaban atados durante el día y al caer la noche, un rito que cumplía desde su juventud, mi abuelo salía a dar una vuelta, llegaba hasta el camino, o iba hacia el maíz, y de paso, o a la vuelta, los soltaba.

Los perros que andaban por la casa eran los más chicos, los ratoneros. Los que estaban afuera tenían funciones de guardianes, y de ahí sus nombres: Leal, Kiper (del inglés keeper). Los otros estaban para hacer compañía, como distracción, y por eso se llamaban Cuál y Quédice, invariablemente, así como los hombres, en el campo, se llamaban Osvaldo y las mujeres Rosa. Nunca faltaba un candidato para las bromas.

-¿Cómo se llama el perro? –preguntaba alguno que venía de afuera.
-Quédice –respondía el abuelo.
-Que cómo se llama el perro.
-Quédice.
-El perro. ¿Cómo se llama?
-¡Quédice!
Y así hasta que el otro caía.

Una vez el Quédice mató una iguana y la llevó a la puerta de casa. El abuelo fue y la tiró más lejos. Quédice volvió a dejarla en la puerta. El abuelo la dejó en medio del campo. Y cuando quiso acordarse la iguana despanzurrada estaba otra vez en la puerta de casa.

El otro perro hacía la misma gracia.
-¿Cómo se llama?
-Cuál.
-Ese perro.
-Cuál.
-Ese.
-Cuál.
Y así.

En Juan Bernabé Molina, cien años de historia, de Evelin D´Angelo y Marcela Forlini, encontré un testimonio sobre mi abuelo que en principio me sorprendió. El hijo del antiguo peluquero del pueblo recuerda, entre otras cosas de su infancia, “cuando fusteaba con Don Osvaldo Aguirre (sic), conocido por sus amigos como el Vasco, habilidoso con las manos; si me habrá cruzado alpargatazos sin poder tocarle la cara”. Mi abuelo, y luego mi padre, no se demoraban en el pueblo, no hacían visitas como era el caso de mi abuela y luego mi madre, que visitaba a su prima Amanda y a su amiga Delia y su esposo el carpintero José, sino que recorrían los lugares necesarios para aprovisionarse o requerir un servicio específico y luego retornar al campo sin perder tiempo: el almacén, el taller mecánico y la peluquería formaban su circuito. Ahora ese rasgo de mi abuelo me resulta más coherente, asociándolo con las bromas que hacía con los perros y con el modo en que hacía rabiar a mi abuela cuando manejaba descuidadamente su auto, un Valiant IV color gris. La abuela Rosa le pedía que se fijara por dónde iba, pero él chistaba como si dijera, en el mejor de los casos, “por favor”, y posaba su vista en las vacas, reunidas campo adentro.

El tratamiento respetuoso que le concede la memoria es, me parece, un doble reconocimiento. En primer lugar, a la edad: en el pueblo cualquier hombre mayor merecía el trato de Don; luego, a su condición de vecino respetado. En diarios de la década de 1930 encontré a mi bisabuelo y a mi abuelo en una lista de contribuyentes impositivos importantes de Juan B. Molina; también en una nómina de agricultores de la Guía oficial de la provincia de Santa Fe, publicada en 1932. El libro sobre la historia de Molina me deparó otra sorpresa: aparezco mencionado en el capítulo “Expresiones culturales y artísticas”, con “las personas que se han dedicado a las letras, es decir, los escritores de J. B. Molina”. Un recibimiento inesperado, una bienvenida.


La primera vez que me separé de mis padres fue para pasar una semana con mis abuelos, en el campo. La primera vez que anduve a caballo fue en el Lucero, el caballo de mi abuelo. Viajé por primera vez en tren con mi abuela. Hicimos un tramo corto, entre Molina y la estación siguiente, supongo que Stephenson. Y manejé por primera vez un auto cuando mi abuelo me sentó a su lado y me dijo que tomara el volante del Valiant. Mi abuela protestaba, y él se reía.

Ir al campo era también ir a jugar con Carlitos, el hijo del peón de mi abuelo. Era visitar el cementerio de Molina, donde el panteón de la familia Aguirre es el primero y el de la familia Quiroga, de mi madre, se encuentra un poco más adelante, por la calle principal. Con Rosita jugábamos a perdernos entre las tumbas, a buscar al muerto más joven. Nos parecía enorme el cementerio, y sólo tiene tres calles; el polvo de ladrillo hoy recubre el piso como entonces, pero en el estacionamiento han sacado la hilera de eucaliptos que daban reparo en el verano.

Ir al campo era también encontrarse con María Silvia. Mi prima –en realidad prima segunda- me parecía hermosa ya por su nombre; ahora ni siquiera podría describirla, pero recuerdo su risa fuerte y contagiosa, y su casa, frente a la de mis abuelos, un hermoso chalet con un tanque australiano donde nos metimos alguna vez en verano. Años más tarde, cuando su familia dejó el campo, se mudó a General Gelly; la vi por última vez en el cumpleaños de quince de Rosita, y luego supe que se había ido de Gelly, ignoro a dónde y qué fue de ella.

Orfilio, el padre de María Silvia, era primo de mi padre. Fueron amigos desde chicos, siguieron siendo amigos en la adolescencia y luego se fueron juntos a Buenos Aires, mi padre para estudiar Veterinaria y Orfilio para estudiar Ciencias Económicas, Abogacía, Veterinaria y alguna carrera más, sin terminar ninguna. Las anécdotas de esa época estaban marcadas por la felicidad. Cuando recorrían el campo y jugaban a encontrar los nidos de las lechuzas. Cuando corrían a caballo, desde casa hasta la escuela de Cañada Rica, una escuela que ya no existe, donde hicieron los primeros grados. La noche de carnaval en que volvieron de Molina en sulky, bajo un diluvio de agua y granizo. La gitana que le dijo a mi padre que se casaría con una mujer hermosa. Los conejos que les regalaron una vez y fueron el principio de un gran negocio. Llegaron a tener cien conejos: un día los contaron. Se turnaban para darles de comer y hacer de serenos. Todo el mundo en Cañada Rica, Juan B. Molina y hasta en Sargento Cabral conocía el criadero; llegó a ser un desfile, caían al campo a buscar cantidad y precio. Mi padre guardaba la plata, monedas de uno, cinco y diez centavos, en una caja de grageas para la tos que encontré entre ropa vieja. El olor a mentol los hacía pensar en conejos, en pan remojado, en zorros al acecho. Sin embargo, desde la muerte de Orfilio, mi padre no ha vuelto casi a mencionarlo, como si también hubieran desaparecido las historias vinculadas con su primo.

Con Orfilio, su mujer, Bicho, y sus hijos, María Silvia y Héctor Luis, pasamos juntos alguna Navidad. Héctor Luis era más grande que nosotros, no jugábamos con él; apenas fue mayor de edad dejó a su familia y se mudó a Comodoro Rivadavia. De vez en cuando llegaban noticias suyas; trabajaba con ovejas, en una estancia, algo así. En el campo de mi abuelo siempre había algunas ovejas, pero casi como una curiosidad; las vacas eran más numerosas, desde ya, y por eso disponían del potrero grande, el pedazo más bajo del campo, con un monte de árboles para los días de sol y una cañada que se transformaba en laguna con las lluvias y atraía garzas, atraía teros, atraía un coro atronador de escuerzos, sapos y chicharras.

Mi abuelo siempre ocupaba la cabecera de la mesa, en el almuerzo y la cena. Por la mañana, al levantarse, tomaba mate y se sentaba siempre en el mismo lugar, frente a la cocina y junto a una ventana que le permitía saber cómo empezaba el día, algo fundamental. Aunque nadie cuestionaba su autoridad, y ante sus palabras guardábamos un respetuoso silencio, desvariaba un poco y en sus últimos años fue cada vez más difícil saber de qué hablaba. A veces nos sentábamos juntos en el corredor y se ponía a recordar su juventud, de cuando llevaba el arreo de vacas hasta alguna cañada o a la feria de General Gelly, o de cuando cuidaba los animales por la noche, siendo un adolescente, y los mayores lo asustaban con la luz mala y otros cuentos por el estilo. El 9 de septiembre de 1972, en la Primera Fiesta del Agricultor, la Juventud Agraria Cooperativista de Cañada Rica le entregó una placa que lo distinguía como el agricultor más antiguo de la zona, una placa que colocó en el living de casa, en el mismo lugar donde seis años después se realizó su velatorio.

jueves, 7 de abril de 2011

Iluminaciones de un hombre sombrío

Sobre Sexto de J. R. Wilcock.



En una semblanza biográfica escrita a propósito de una antología, Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919 – Roma, 1978) anotó: “Tengo la certeza de que la poesía mala no me gusta; pero no podría definir fácilmente los elementos que constituyen la gran poesía; quizá sean la concisión, la elegancia, la riqueza y flexibilidad idiomática, la penetración, la erudición; en fin, la buena educación unida al genio. Y quedan por definir todos estos conceptos”. Los lugares de esa investigación no fueron textos teóricos, sino poéticos, como los que conforman Sexto.

La vida y la obra de Wilcock reconocen un corte drástico a fines de los años 50, cuando se radica, o aísla, en Europa y cambia de lengua. “Me voy a Italia -le anunció entonces a su amigo Antonio Requeni- a escribir en italiano; el castellano ya no da para más”. La primera edición de Sexto apareció en 1953, con lo que forma parte del grupo de obras de las que intentó desentenderse: se dice que, antes de viajar, recorrió las librerías porteñas en busca de ejemplares de sus libros para retirarlos de circulación y entregarlos al olvido. Sin embargo, la escritura, y la devoción de algunos lecores, burlaron los designios del autor y lo descubren desde hace un tiempo como una referencia clave en la literatura nacional.

Sexto se configura en torno a dos núcleos, atravesados por una común preocupación por el problema del tiempo y el conflicto amoroso. El primero, “Once sonetos”, reúne una serie de diálogos con la amante ausente; en soledad, el personaje que habla en los poemas recuerda o recorre los lugares compartidos y que ahora parecen estaciones de un desierto, como si la desaparición de la mujer amada abriera un gujero que absorbe todas las energías a su alcance. El desenlace del último texto irrumpe como una aparente salida de tema: “todo se lleva el tiempo en su victoria;/ y el pensamiento, como la materia,/ se dispersa en el viento de la historia”. Pero así se abre paso a “El triunfo del tiempo”, poema que funciona como eje del libro.

El tema, de nuevo, es el alejamiento de la mujer. Se trata del momento en que se abandona el lugar de los encuentros, un sitio retirado de cualquier espacio público, que sin embargo se abre como un laberinto y comienza a volverse ajeno. Lo que se pierde, con la amada, es un objeto de adoración. Pese a alguna mención aislada a ciertos “eróticos procesos”, lo sexual está postergado o desviado por la admiración distante de la belleza de la mujer -“tu rostro semejante a la armonía”-, en una perspectiva que recuerda al protagonista de La muerte en Venecia, de Thomas Mann: en última instancia se sufren las penas de un amor intelectual, de los fantasmas del arte en la fugaz realidad. “En la orilla” replantea de un modo notable el mismo tópico. Allí, uno y otro se contraponen como luz y oscuridad: la mujer deslumbra, mientras que el que la observa se declara un “hombre sombrío”, absorbido por la contemplación y sin posibilidad de actuar, como si lo anulara un hechizo o como si lo que ama fuera similar a una imagen en el agua, capaz de disolverse al menor contacto.

La proporción extraña en esa belleza es el tiempo. El yo oscila entre la negación -”persistirás en tu esplendor presente-, el lamento -”nadie sabrá que te amé y que me amaste”- y el reconocimiento de que los amantes se separan como desconocidos, sin dejar huellas. El desencanto se vuelve sobre la misma escritura. “Nunca un poema inscribirá el relato de nuestra unión de amor”, se queja el amante. Pese esa imposibilidad es la fuerza que sostiene su voz.

domingo, 3 de abril de 2011

Exposición rural


En 2010 un editor me escribió después de leer Calle 46 nº 1081, un ayuda memoria que escribí y reescribí durante bastante tiempo. Le interesaba publicar ese texto, me dijo, pero faltaba algo como para pensar en un libro. Entonces escribí la segunda parte, Exposición rural, y se la envié. El editor nunca me respondió. Este es un fragmento, aún en proceso de escritura.

De un sueño:

En el camino, poco antes de la entrada al campo, donde suelen anidar las lechuzas en primavera, mi padre presenta una exposición. Son grandes paneles montados sobre el alambrado del campo, y sobre el alambrado del vecino, al que detesta, del que sospecha que ha matado alguno de sus perros. Es una muestra de textos y fotos suyos. Su versión de la historia. Una historia desconocida para mí.


1.

Los fines de semana íbamos al campo. Era un viaje de una hora, algo más de una hora, por camino de tierra. Salíamos por la calle 46 y en la esquina de las calles 47 y 24, creo, a una cuadra de la estación de trenes, nos quedaba de paso una estación de servicio Isaura; cargábamos nafta y mi madre tomaba una pastilla, porque con el viaje, o por el olor de la nafta, a veces se sentía descompuesta.

En esa época mi padre tenía una Ford F 100, celeste y blanca. Pasábamos por La Vanguardia, paraje de cuatro esquinas del que recuerdo un almacén de ladrillo sin revocar y patio con higuera y panales ordenados en un círculo. Esperaba con mucho interés el momento de llegar a ese lugar, y la visita duraba lo que un suspiro, mi padre apenas reducía la velocidad. Pero una vez, al volverme, sentado de rodillas en el asiento, pude ver al apicultor, de traje y máscara blanca, moviéndose con cierta pesadez, como un astronauta en un planeta extraño. Enseguida venía El Socorro, un pueblo más grande, con enormes silos que se me aparecen recortados sobre un cielo azul oscuro y una calle asfaltada y rodeada de palmeras. A continuación hacíamos un tramo por lo que entonces se llamaba ruta 178, la actual ruta 18 que corre entre Pergamino y Rosario, y seguíamos por tierra. El Socorro tenía también un equipo de fútbol; jugaba en la liga de Pergamino, contra Juventud Obrera, de Manuel Ocampo, otro pueblo, contra Douglas Haig, contra Sport, contra Tráfico -¿por qué tendría ese nombre un equipo de fútbol?-, contra Argentino, un club que también tenía equipo de básket, contra el cual jugué con Hispano, de Colón.

Por último, ya en la provincia de Santa Fe, después de cruzar el arroyo del Medio, pasábamos por General Gelly, donde vivió mi prima María Silvia hasta el momento en que la perdí de vista. El campo quedaba entre General Gelly y Juan B. Molina. Allí vivían mis abuelos; allí habían nacido mi padre y mi tía; allí había levantado su casa mi bisabuelo, Martín Aguirre, en el origen de la historia paterna.

Entrábamos por una avenida de casuarinas, hasta dar con el molino de la fábrica Juan Drysdale. El molino sigue en pie, pero ya no funciona. Seguía un monte con frutales. Las plantas de naranja y mandarina fueron las que más duraron, las que pudieron resistir el progresivo abandono que sufrió la casa; las de ciruela y durazno no sobrevivieron, pero recuerdo las ciruelas amarillas, recuerdo cómo pesaba la canasta que traíamos con mi abuela Rosa, apurados, antes de sentarnos a la mesa para el almuerzo.

Los perros comenzaban a ladrar cuando todavía estábamos por el camino. Si llegábamos de noche, andaban sueltos, y nos daba miedo, a mi hermana, Rosita, y a mí. No queríamos bajar de la camioneta. Sobre todo le teníamos miedo al Kiper, un perro que sólo reconocía la autoridad de mi abuelo y que una vez, incluso, mordió a mi padre. La figura opuesta del Kiper era el Leal, un ovejero alemán muy dócil a nuestras caricias.

Aparecía entonces mi abuelo. Flaco, alto, un poco despeinado, con anteojos gruesos y aspecto distraído, de estar un poco ausente, ese aspecto que hemos heredado los varones de la familia.

-Pero si no hace nada –decía, y sujetaba al Kiper, que quería mordernos.

-No seas loco –protestaba mi abuela.

La casa tenía inscripto en el frente el nombre y el año de construcción: Villa San Martín, 1927. Un poco más allá estaba lo que se llamaba la casa vieja. En realidad no había una casa sino el espacio que había ocupado, vacío, cercado con alambre y cuatro paraísos. Era el signo de una ausencia, pero no diría un fantasma, porque un fantasma connota algo inquietante y la casa vieja no tenía ese significado, no había añoranza alguna por ella, se había convertido en un punto de referencia en el campo y de ese modo subsistía. No quedó ninguna historia con la casa vieja, salvo el dato difuso de que fue la primera construcción que hizo levantar mi bisabuelo.

Quizás porque le dio su nombre a la casa, mi bisabuelo bautizó a su hijo Osvaldo, de acuerdo a lo que prescribía el santoral para el día de su nacimiento, 5 de agosto. A su turno, mi abuelo le dio su nombre a mi padre y mi padre me lo transmitió, o me lo impuso. Tenemos algo en común, con el nombre, y es lo que ahora interrogo en papeles y objetos que he salvado del olvido y la destrucción, al precio de convertirlos precisamente en testimonios del olvido y la destrucción.

La casa daba hacia el oeste. Al atardecer uno no sabía si admirar la puesta del sol, que caía en un horizonte despejado, o quedarse adentro, en el living, donde la luz refractaba en vitrales de color rojo y verde. Rodeada por un tejido de alambre, la casa tenía un jardín, un patio grande con paraísos y otro al que conocíamos como patio chico, entre la cocina y uno de los dormitorios, provisto de reja y con piso de baldosas. En las noches de verano, después de cenar, nos sentábamos en el patio chico y mi padre contaba recuerdos de su infancia, de cómo les ponían cigarrillos en la boca a los sapos que andaban entre las macetas o que visitaban la casa con la lluvia, o con el calor, a la búsqueda de un lugar fresco, y cómo los hacían fumar hasta que reventaban.

La foto más antigua que tengo fue tomada en ese patio; estoy con un short y el torso desnudo, no debo tener más de dos años. No he identificado al fotógrafo, pero seguramente fue alguien de mi familia; tal vez mi tío, que nos divertía con trucos de magia. A mis espaldas se ve parte de la reja y un árbol que ha desaparecido, que no es el limonero que actualmente se encuentra aproximadamente en ese lugar.

La casa tenía cuatro dormitorios, dos baños, living, comedor, cocina comedor, despensa y un corredor de baldosas rojas donde a veces hacían nido las tacuaritas y donde años más tarde, por encima de la banderola del baño, paró una familia de búhos. El corredor se ensanchaba en el patio grande con un espacio protegido por una parra, de la que recuerdo muy poco, porque fue levantada aún antes de que la casa quedara desocupada. Un poco más allá estaban el lavadero, la marlera –un cuarto donde mis abuelos guardaban marlos y leña para el fuego del invierno o de los asados y donde nos encantaba tirarnos, con Rosita- y habitaciones para trastos.

Cuando íbamos al campo mi abuela nos esperaba con la crema, postre que en el mundo exterior, descubrí más tarde, se conocía con el nombre de natilla. Pese a que dejó la receta, nadie pudo prepararla como ella. Ahora, cada vez que voy a un restaurante, si figura en la carta, pido natilla. Pero es inútil, no puedo recuperar aquel sabor. Mi abuela le ponía una pizca de cáscara de limón molida. Tal vez ese era el secreto. O los huevos de campo. Y no la cubría con azúcar quemada ni le agregaba ningún ornamento inútil.

Había pollos, gansos, patos y pavos y cada grupo de aves tenía su corral. Qué enojados pasaban los gansos, con el cuello estirado y el pico color naranja profiriendo vaya a saber qué amenazas. Ahora queda un gallinero vacío. En Navidad, cuando llegábamos para quedarnos unos días, aquello era un mundo. Un cañaveral alto y cerrado, el mejor lugar para esconderse, marcaba el límite antes del alambrado que separaba el área de la casa del campo propiamente dicho, donde mi abuelo sembraba maíz y trigo y donde no hay más que soja, desde hace ya muchos años.

Mis padres y mis abuelos llamaban casa a la casa del campo. Ir al campo era ir a casa. Yo también le doy ese nombre. No importa que esté deshabitada.