domingo, 3 de abril de 2011

Exposición rural


En 2010 un editor me escribió después de leer Calle 46 nº 1081, un ayuda memoria que escribí y reescribí durante bastante tiempo. Le interesaba publicar ese texto, me dijo, pero faltaba algo como para pensar en un libro. Entonces escribí la segunda parte, Exposición rural, y se la envié. El editor nunca me respondió. Este es un fragmento, aún en proceso de escritura.

De un sueño:

En el camino, poco antes de la entrada al campo, donde suelen anidar las lechuzas en primavera, mi padre presenta una exposición. Son grandes paneles montados sobre el alambrado del campo, y sobre el alambrado del vecino, al que detesta, del que sospecha que ha matado alguno de sus perros. Es una muestra de textos y fotos suyos. Su versión de la historia. Una historia desconocida para mí.


1.

Los fines de semana íbamos al campo. Era un viaje de una hora, algo más de una hora, por camino de tierra. Salíamos por la calle 46 y en la esquina de las calles 47 y 24, creo, a una cuadra de la estación de trenes, nos quedaba de paso una estación de servicio Isaura; cargábamos nafta y mi madre tomaba una pastilla, porque con el viaje, o por el olor de la nafta, a veces se sentía descompuesta.

En esa época mi padre tenía una Ford F 100, celeste y blanca. Pasábamos por La Vanguardia, paraje de cuatro esquinas del que recuerdo un almacén de ladrillo sin revocar y patio con higuera y panales ordenados en un círculo. Esperaba con mucho interés el momento de llegar a ese lugar, y la visita duraba lo que un suspiro, mi padre apenas reducía la velocidad. Pero una vez, al volverme, sentado de rodillas en el asiento, pude ver al apicultor, de traje y máscara blanca, moviéndose con cierta pesadez, como un astronauta en un planeta extraño. Enseguida venía El Socorro, un pueblo más grande, con enormes silos que se me aparecen recortados sobre un cielo azul oscuro y una calle asfaltada y rodeada de palmeras. A continuación hacíamos un tramo por lo que entonces se llamaba ruta 178, la actual ruta 18 que corre entre Pergamino y Rosario, y seguíamos por tierra. El Socorro tenía también un equipo de fútbol; jugaba en la liga de Pergamino, contra Juventud Obrera, de Manuel Ocampo, otro pueblo, contra Douglas Haig, contra Sport, contra Tráfico -¿por qué tendría ese nombre un equipo de fútbol?-, contra Argentino, un club que también tenía equipo de básket, contra el cual jugué con Hispano, de Colón.

Por último, ya en la provincia de Santa Fe, después de cruzar el arroyo del Medio, pasábamos por General Gelly, donde vivió mi prima María Silvia hasta el momento en que la perdí de vista. El campo quedaba entre General Gelly y Juan B. Molina. Allí vivían mis abuelos; allí habían nacido mi padre y mi tía; allí había levantado su casa mi bisabuelo, Martín Aguirre, en el origen de la historia paterna.

Entrábamos por una avenida de casuarinas, hasta dar con el molino de la fábrica Juan Drysdale. El molino sigue en pie, pero ya no funciona. Seguía un monte con frutales. Las plantas de naranja y mandarina fueron las que más duraron, las que pudieron resistir el progresivo abandono que sufrió la casa; las de ciruela y durazno no sobrevivieron, pero recuerdo las ciruelas amarillas, recuerdo cómo pesaba la canasta que traíamos con mi abuela Rosa, apurados, antes de sentarnos a la mesa para el almuerzo.

Los perros comenzaban a ladrar cuando todavía estábamos por el camino. Si llegábamos de noche, andaban sueltos, y nos daba miedo, a mi hermana, Rosita, y a mí. No queríamos bajar de la camioneta. Sobre todo le teníamos miedo al Kiper, un perro que sólo reconocía la autoridad de mi abuelo y que una vez, incluso, mordió a mi padre. La figura opuesta del Kiper era el Leal, un ovejero alemán muy dócil a nuestras caricias.

Aparecía entonces mi abuelo. Flaco, alto, un poco despeinado, con anteojos gruesos y aspecto distraído, de estar un poco ausente, ese aspecto que hemos heredado los varones de la familia.

-Pero si no hace nada –decía, y sujetaba al Kiper, que quería mordernos.

-No seas loco –protestaba mi abuela.

La casa tenía inscripto en el frente el nombre y el año de construcción: Villa San Martín, 1927. Un poco más allá estaba lo que se llamaba la casa vieja. En realidad no había una casa sino el espacio que había ocupado, vacío, cercado con alambre y cuatro paraísos. Era el signo de una ausencia, pero no diría un fantasma, porque un fantasma connota algo inquietante y la casa vieja no tenía ese significado, no había añoranza alguna por ella, se había convertido en un punto de referencia en el campo y de ese modo subsistía. No quedó ninguna historia con la casa vieja, salvo el dato difuso de que fue la primera construcción que hizo levantar mi bisabuelo.

Quizás porque le dio su nombre a la casa, mi bisabuelo bautizó a su hijo Osvaldo, de acuerdo a lo que prescribía el santoral para el día de su nacimiento, 5 de agosto. A su turno, mi abuelo le dio su nombre a mi padre y mi padre me lo transmitió, o me lo impuso. Tenemos algo en común, con el nombre, y es lo que ahora interrogo en papeles y objetos que he salvado del olvido y la destrucción, al precio de convertirlos precisamente en testimonios del olvido y la destrucción.

La casa daba hacia el oeste. Al atardecer uno no sabía si admirar la puesta del sol, que caía en un horizonte despejado, o quedarse adentro, en el living, donde la luz refractaba en vitrales de color rojo y verde. Rodeada por un tejido de alambre, la casa tenía un jardín, un patio grande con paraísos y otro al que conocíamos como patio chico, entre la cocina y uno de los dormitorios, provisto de reja y con piso de baldosas. En las noches de verano, después de cenar, nos sentábamos en el patio chico y mi padre contaba recuerdos de su infancia, de cómo les ponían cigarrillos en la boca a los sapos que andaban entre las macetas o que visitaban la casa con la lluvia, o con el calor, a la búsqueda de un lugar fresco, y cómo los hacían fumar hasta que reventaban.

La foto más antigua que tengo fue tomada en ese patio; estoy con un short y el torso desnudo, no debo tener más de dos años. No he identificado al fotógrafo, pero seguramente fue alguien de mi familia; tal vez mi tío, que nos divertía con trucos de magia. A mis espaldas se ve parte de la reja y un árbol que ha desaparecido, que no es el limonero que actualmente se encuentra aproximadamente en ese lugar.

La casa tenía cuatro dormitorios, dos baños, living, comedor, cocina comedor, despensa y un corredor de baldosas rojas donde a veces hacían nido las tacuaritas y donde años más tarde, por encima de la banderola del baño, paró una familia de búhos. El corredor se ensanchaba en el patio grande con un espacio protegido por una parra, de la que recuerdo muy poco, porque fue levantada aún antes de que la casa quedara desocupada. Un poco más allá estaban el lavadero, la marlera –un cuarto donde mis abuelos guardaban marlos y leña para el fuego del invierno o de los asados y donde nos encantaba tirarnos, con Rosita- y habitaciones para trastos.

Cuando íbamos al campo mi abuela nos esperaba con la crema, postre que en el mundo exterior, descubrí más tarde, se conocía con el nombre de natilla. Pese a que dejó la receta, nadie pudo prepararla como ella. Ahora, cada vez que voy a un restaurante, si figura en la carta, pido natilla. Pero es inútil, no puedo recuperar aquel sabor. Mi abuela le ponía una pizca de cáscara de limón molida. Tal vez ese era el secreto. O los huevos de campo. Y no la cubría con azúcar quemada ni le agregaba ningún ornamento inútil.

Había pollos, gansos, patos y pavos y cada grupo de aves tenía su corral. Qué enojados pasaban los gansos, con el cuello estirado y el pico color naranja profiriendo vaya a saber qué amenazas. Ahora queda un gallinero vacío. En Navidad, cuando llegábamos para quedarnos unos días, aquello era un mundo. Un cañaveral alto y cerrado, el mejor lugar para esconderse, marcaba el límite antes del alambrado que separaba el área de la casa del campo propiamente dicho, donde mi abuelo sembraba maíz y trigo y donde no hay más que soja, desde hace ya muchos años.

Mis padres y mis abuelos llamaban casa a la casa del campo. Ir al campo era ir a casa. Yo también le doy ese nombre. No importa que esté deshabitada.

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