jueves, 7 de abril de 2011

Iluminaciones de un hombre sombrío

Sobre Sexto de J. R. Wilcock.



En una semblanza biográfica escrita a propósito de una antología, Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919 – Roma, 1978) anotó: “Tengo la certeza de que la poesía mala no me gusta; pero no podría definir fácilmente los elementos que constituyen la gran poesía; quizá sean la concisión, la elegancia, la riqueza y flexibilidad idiomática, la penetración, la erudición; en fin, la buena educación unida al genio. Y quedan por definir todos estos conceptos”. Los lugares de esa investigación no fueron textos teóricos, sino poéticos, como los que conforman Sexto.

La vida y la obra de Wilcock reconocen un corte drástico a fines de los años 50, cuando se radica, o aísla, en Europa y cambia de lengua. “Me voy a Italia -le anunció entonces a su amigo Antonio Requeni- a escribir en italiano; el castellano ya no da para más”. La primera edición de Sexto apareció en 1953, con lo que forma parte del grupo de obras de las que intentó desentenderse: se dice que, antes de viajar, recorrió las librerías porteñas en busca de ejemplares de sus libros para retirarlos de circulación y entregarlos al olvido. Sin embargo, la escritura, y la devoción de algunos lecores, burlaron los designios del autor y lo descubren desde hace un tiempo como una referencia clave en la literatura nacional.

Sexto se configura en torno a dos núcleos, atravesados por una común preocupación por el problema del tiempo y el conflicto amoroso. El primero, “Once sonetos”, reúne una serie de diálogos con la amante ausente; en soledad, el personaje que habla en los poemas recuerda o recorre los lugares compartidos y que ahora parecen estaciones de un desierto, como si la desaparición de la mujer amada abriera un gujero que absorbe todas las energías a su alcance. El desenlace del último texto irrumpe como una aparente salida de tema: “todo se lleva el tiempo en su victoria;/ y el pensamiento, como la materia,/ se dispersa en el viento de la historia”. Pero así se abre paso a “El triunfo del tiempo”, poema que funciona como eje del libro.

El tema, de nuevo, es el alejamiento de la mujer. Se trata del momento en que se abandona el lugar de los encuentros, un sitio retirado de cualquier espacio público, que sin embargo se abre como un laberinto y comienza a volverse ajeno. Lo que se pierde, con la amada, es un objeto de adoración. Pese a alguna mención aislada a ciertos “eróticos procesos”, lo sexual está postergado o desviado por la admiración distante de la belleza de la mujer -“tu rostro semejante a la armonía”-, en una perspectiva que recuerda al protagonista de La muerte en Venecia, de Thomas Mann: en última instancia se sufren las penas de un amor intelectual, de los fantasmas del arte en la fugaz realidad. “En la orilla” replantea de un modo notable el mismo tópico. Allí, uno y otro se contraponen como luz y oscuridad: la mujer deslumbra, mientras que el que la observa se declara un “hombre sombrío”, absorbido por la contemplación y sin posibilidad de actuar, como si lo anulara un hechizo o como si lo que ama fuera similar a una imagen en el agua, capaz de disolverse al menor contacto.

La proporción extraña en esa belleza es el tiempo. El yo oscila entre la negación -”persistirás en tu esplendor presente-, el lamento -”nadie sabrá que te amé y que me amaste”- y el reconocimiento de que los amantes se separan como desconocidos, sin dejar huellas. El desencanto se vuelve sobre la misma escritura. “Nunca un poema inscribirá el relato de nuestra unión de amor”, se queja el amante. Pese esa imposibilidad es la fuerza que sostiene su voz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario