lunes, 30 de mayo de 2011

El testimonio de Urondo

Sobre La patria fusilada, de Francisco Urondo

El 24 de mayo de 1973, en la víspera de la liberación de los presos políticos por la amnistía de Héctor Cámpora, presidente electo, Francisco Urondo entrevistó en la cárcel de Villa Devoto a los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew. El testimonio de María Antonia Berger, Alberto Miguel Camps y Ricardo René Haidar se publicó con el título de La patria fusilada y agotó varias ediciones en un año. Desde entonces hasta el presente, la historia volvió a atravesar a los protagonistas con el signo de la tragedia y el alcance de aquella conversación se resignificó y quedó, en parte, cancelado. Pero el libro sigue siendo de actualidad, tanto por la revaloración en curso de la obra de Urondo como por los juicios que se llevan adelante en torno a los sucesos.

La reedición de La patria fusilada pone otra vez en circulación un documento susceptible de producir nuevas revelaciones. En esa perspectiva los editores agregan notas al texto, completan la nómina de caídos (los cuatro protagonistas del diálogo fueron víctimas de la última dictadura), aportan referencias sobre los juicios que se realizan a propósito de la masacre y de la muerte de Urondo y corrigen las numerosas erratas de la edición original.

Los hechos comenzaron el 15 de agosto de 1972, cuando un centenar de presos políticos copó la cárcel de Rawson. Era el primer paso de un intento de fuga masiva. Seis líderes de organizaciones armadas lograron abordar un avión y escapar a Chile; otros veintidós fueron recapturados en el aeropuerto de Trelew y llevados a la base naval Almirante Zar. En la madrugada del 22 de agosto, los marinos fusilaron a los prisioneros; diecinueve murieron y tres sobrevivieron a graves heridas.

Urondo reconstruye el relato de Trelew y lo inserta en una tradición. La patria fusilada remite a Operación Masacre, la denuncia de los crímenes de la Revolución Libertadora en los basurales de José León Suárez, en 1956: aquí también hay “fusilados que viven” y pueden contar la verdad oculta, como hizo Juan Carlos Livraga con Rodolfo Walsh. En la introducción, Urondo cuenta las circunstancias en que hizo el reportaje y dice que trató de intervenir lo menos posible, “como corresponde a todo entrevistador”. Sin embargo, cumple un rol activo en la constitución del relato. Había un interés político y al mismo tiempo periodístico por los hechos: era la primera vez que los sobrevivientes se reunían para elaborar en conjunto lo sucedido, y se trataba de que “el pueblo argentino sepa, realmente, cómo se está escribiendo su historia”.

Como buen cronista, Urondo se preocupa por mantener el orden de la narración, indagar los detalles de los sucesos y reintegrar los testimonios al cauce central del diálogo, cada vez que aparece una digresión. Y también propone las interpretaciones. Si los guerrilleros, como dice Rubén Bonet en la conferencia de prensa que dan antes de rendirse en el aeropuerto, son “hijos de las movilizaciones del 69”, Urondo pertenece a la generación del 50 y quizás por esa razón sitúa los acontecimientos en una secuencia más amplia. Saber en qué momento los militares pensaron en ejecutar la masacre es anecdótico, dice; el sentido profundo de los hechos es que encuadran “dentro de una política de exterminio concreto y de intimidación a través del asesinato” que remite a junio de 1955, cuando los aviones de la Marina bombardearon a la población civil en la Plaza de Mayo.

“Algunos comparan Trelew con Moncada. El Moncada nuestro”, dice Urondo, en alusión al frustrado asalto que, en 1953, inició la lucha que seis años después terminaría con la Revolución Cubana. Más allá de que la historia haya revertido la hipótesis, el señalamiento apunta a una cuestión central en la entrevista. Los sobrevivientes hacen una valoración contradictoria de la fuga: fue un triunfo, ya que los jefes guerrilleros consiguieron escapar y el gobierno de Lanusse sufrió un revés, y al mismo tiempo una grave derrota, porque el plan original contemplaba la evasión de 110 guerrilleros y hubo 19 muertos. Urondo resuelve esa ambivalencia con un nuevo compromiso político, ahora con la historia misma, que aparece como cierre del relato: “Si algo tenemos que hacer –dice Haidar-, si para algo sobrevivimos es para transmitir todo eso que los otros por haber muerto no pueden hacer”.

El testimonio vale por lo que dice y por lo que calla. En ningún momento se analizan las razones del fracaso de la fuga, una pieza que faltó en el rompecabezas hasta que Trelew (2004), el documental de Mariana Arruti permitió conocer el relato de Jorge Lewinger y las causas por las que los camiones que debían recoger a los guerrilleros no llegaron al penal. La reedición de La patria fusilada también podría servir para leer lo que todavía no se leyó: las salidas de tono de María Antonia Berger (“el sueño nuestro era irnos a la playa”), la súbita conciencia de Camps sobre la militancia y la cercanía de la muerte, aquello que disiente de los retratos convencionales de los años 70 y permite un acercamiento más concreto a la experiencia de los militantes de las organizaciones armadas.

En Ñ, Buenos Aires, 29 de mayo de 2011.

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