viernes, 28 de octubre de 2011

No me hagas acordar

De Si llueve porque llueve y si no llueve porque no llueve.



Habíamos esperado
tanto, el campo
arado de grietas
y pasto como piedra
para dejar sin dientes
a la Estrella, daban
ganas de llorar.
Prendíamos velas
a Dios y a los santos,
y a la nona, en el paso
de la cocina a las piezas.
Pero no había caso.

Los perros, afligidos,
eran piel y hueso:
no me hagas acordar.

Y en el pueblo
los que sabían todo,
ah, las lengua largas
y los mandados hacer
leían en la bosta,
las nubes o el fuego
donde ponían la marca,
bah, total,
no les iban a cobrar:
algo nunca visto,
bolaceaban,
las pruebas atómicas,
el cometa, Nostradamus
y otra gente que trae yeta.

Con la amargura
yo no llevaba
el menor apunte,
hacía la parte de pavo,
iba dormido. Y cuando vi
que viento norte,
la tierra en la ropa
puesta a secar,
el remolino de tierra
y hojas en el corredor,
el cielo que se venía
abajo y era de tierra,
salí a recibir
para que la visita,
bienvenida,
supiera cuánto, cuánto
habíamos discutido
y peleado con la radio
-“para hoy se espera,
mañana sin falta”,
puras macanas-
y no se fuera,
como las otras,
después de renegar
con amagues y vueltas,
nerviosa como gato
en la limpieza,
a la misma mierda.

jueves, 20 de octubre de 2011

De Aldo Oliva a Fernando Toloza



Aldo con Juan José Saer ante la tumba de Baudelaire.



La primera vez que vi a Aldo Oliva fue en el Aula 3 de la Escuela de Letras. No sé si sigue llamando así, era el aula que estaba a la izquierda cuando uno subía a la planta alta de la escuela. Ese día dio una clase sobre "Recogimiento", el poema de Baudelaire. Donne-moi la main ma douleur, leyó, y los ojos se le llenaron de lágrimas. Levantaba la vista y parecía traspasar el techo cuando decía "Reclamabas la noche; ya desciende, hela aquí". "Recogimiento" era uno de los poemas sobre los que volvía cada tanto, siempre con la emoción intacta. Aldo nos hacía consciente del peso y del significado de las palabras, nos demostraba que no daba lo mismo una palabra que otra.

Era el año 1985. Aldo, me parece, ya estaba como titular en Literatura Europea II. Yo cursaba en el año común y entonces iba de oyente y en esas clases me encontré con Fernando Toloza, que también padecía el año común. Así nos hicimos amigos con Fernando, que por entonces trabajaba en el bar de un hotel, en Alberdi. También íbamos a escuchar las clases que daba Juan Ritvo en Teoría de lectura, y no entendíamos nada, y hacíamos un grupo de estudio con Alberto Giordano. Poco después, con Fernando y con Carlos Basualdo, que también cayó de oyente a las clases de Aldo, armamos un grupo de lectura siguiendo lo que nos marcaba Aldo, imperativamente: el Dolce Stil Novo (Cavalcanti antes que Dante), los provenzales, Villon.

Después, con Fernando, nos convertimos en ayudantes ad honorem de Literatura Europea. Yo di unas clases sobre Villon y sobre Büchner, otra marcación imperativa de Aldo. Entonces Fernando dejó el bar y comenzó a trabajar por la mañana en la librería Trilce; y ahí fui a trabajar para cubrir el turno de la tarde, cuando quedó vacante. Fernando hizo entonces sus armas como librero, lo que después volcaría en El hijo pródigo, la librería que tuvo abajo del bar San Telmo.

Después de clase íbamos al bar que estaba en San Lorenzo y Entre Ríos, cuyo nombre no recuerdo. Pero sí recuerdo que estuve con Aldo aquella famosa vez (bueno, famosa en Letras, y en una época de Letras) en que preguntó a los alumnos si habían leído lo que había que leer y ante el silencio generalizado levantó la clase. Era una buena época, fue entonces cuando Aldo publicó su primer libro, César en Dyrrachium, y le hicieron una entrevista en Diario de Poesía, otro lugar, aparte, donde nos encontraríamos con Fernando.

En un momento se le ocurrió presentarse a las elecciones para el cargo de director de Letras. Con unos amigos le hicimos la campaña electoral. Fue divertido, pasábamos por los cursos y hablábamos en favor de Aldo. Un poco como hacíamos en la época de la militancia contra el examen de ingreso. Los estudiantes lo votaban casi por unanimidad. Y ganó por mayoría aplastante, pero su gestión, creo, no fue buena. Aldo no era el más indicado para el puesto.

En 1993, cuando entré a trabajar en el diario La Capital, Aldo mostró cierto disgusto. Pero no había muchas perspectivas en la cátedra, y a fines de año me fui. Desde entonces, cada vez que nos veíamos, no dejó de recordarme el triste papel que había jugado el diario cuando la desaparición de Joaquín Penina, en 1930, algo que él había investigado para El fusilamiento de Penina, el libro que le publicó la Vigil y permaneció a su vez desaparecido durante muchos años.

Preparaba sus clases con textos manuscritos que redactaba en hojas sueltas, hojas de borrador. Se me ocurre que boletas electorales, pero me parece que no eran boletas electorales. Algo que remitía a su escena inaugural como escritor, aquello de que una vez transcribió unos poemas de Rubén Darío en unos papeles resplandecientes y al concluir dijo "los escribí yo".

También en 1993, Fernando entró al diario. Primero como corrector y después pasó a espectáculos. Al principio no nos hablábamos, porque habíamos quedado algo distanciados no sé por qué, quizá por su participación en el origen de la editorial Bajo la luna, pero enseguida retomamos la amistad y trabajamos juntos para rehacer el calamitoso suplemento cultural que tenía el diario y luego en el suplemento Señales.

En 2005, cuando murió en un accidente de tránsito, me tocó escribir su necrológica. Nunca había sentido que las palabras podían ser inútiles. Lo único que se podía decir era que no había ningún consuelo, ninguna reparación.

Un secreto

Un poema de Si llueve porque llueve y si no llueve porque no llueve (inédito)





El invierno pasado
fue el más seco, decías,
el de pasto quemado
por continuas heladas
y en el campo magro
doce vacas reventaron
como escuerzos,
animales a los que viste
nacer y distinguías
a la distancia,
por una mancha,
la forma de andar,
algo que ningún otro
podía adivinar.

La voz de una mujer
anunció la salida
del colectivo y te seguí
con las instrucciones
del hospital a pacientes
y familiares, las radiografías,
los exámenes de sangre
y orina y los resultados
que no entendías.

El gran alivio
de que la visita
al médico fuera
escupida de músico,
el peso de encima
que te sacaba
con decir que no veía
nada –menos mal,
menos mal, decías-,
el ventanal que elegimos
en el bar, con café
y una conversación
distendida, los recuerdos
que surgieron al pasar
frente al colegio marista
-los curas hijos de puta
y las amarguras de pupilo-,
hicieron que contaras
como algo natural
lo que había sido
un profundo secreto.

lunes, 10 de octubre de 2011