viernes, 28 de octubre de 2011

No me hagas acordar

De Si llueve porque llueve y si no llueve porque no llueve.



Habíamos esperado
tanto, el campo
arado de grietas
y pasto como piedra
para dejar sin dientes
a la Estrella, daban
ganas de llorar.
Prendíamos velas
a Dios y a los santos,
y a la nona, en el paso
de la cocina a las piezas.
Pero no había caso.

Los perros, afligidos,
eran piel y hueso:
no me hagas acordar.

Y en el pueblo
los que sabían todo,
ah, las lengua largas
y los mandados hacer
leían en la bosta,
las nubes o el fuego
donde ponían la marca,
bah, total,
no les iban a cobrar:
algo nunca visto,
bolaceaban,
las pruebas atómicas,
el cometa, Nostradamus
y otra gente que trae yeta.

Con la amargura
yo no llevaba
el menor apunte,
hacía la parte de pavo,
iba dormido. Y cuando vi
que viento norte,
la tierra en la ropa
puesta a secar,
el remolino de tierra
y hojas en el corredor,
el cielo que se venía
abajo y era de tierra,
salí a recibir
para que la visita,
bienvenida,
supiera cuánto, cuánto
habíamos discutido
y peleado con la radio
-“para hoy se espera,
mañana sin falta”,
puras macanas-
y no se fuera,
como las otras,
después de renegar
con amagues y vueltas,
nerviosa como gato
en la limpieza,
a la misma mierda.

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