viernes, 18 de noviembre de 2011

Hechizo de tiempo

A las cinco, en la oscuridad, Aníbal Duarte comenzó a preparar el fuego para el asado. La comuna de Monigotes se preparaba para celebrar el 9 de julio con su primer encuentro de agrupaciones gauchas, un evento que congregaría a vecinos de otras localidades del norte de la provincia de Santa Fe. El festejo tenía un sentido especial para un pueblo que busca recuperar su historia y reconstruir su sentido de comunidad.

Monigotes está ubicado en el departamento San Cristóbal, sobre la ruta 34, unos 300 kilómetros al noroeste de Rosario. Según el censo de 2010 cuenta con 491 habitantes, 363 radicados en el pueblo y el resto en la zona rural. Fundado en 1890, fue el primer asiento de inmigrantes judíos en la Argentina. Los orígenes persisten a través de lugares como la sinagoga Tiferet Israel, edificio de dos plantas con ladrillos a la vista, y el Cementerio Judío, una necrópolis en medio del campo, a dos kilómetros del casco urbano. Todavía hay propiedades a nombre de la Jewish Colonization Association, la empresa que impulsó el desarrollo de la zona entre fines del siglo XIX y principios del XX. La Ievis, como le dicen, sigue siendo parte del presente, aunque ya no exista.



El pasado reciente está marcado por otros episodios. En 2008, la Guardia Rural detuvo al presidente comunal Mario Ricardo González, del Partido Justicialista, por robo de ganado. Fue la culminación de un prolongado deterioro institucional. Las elecciones del año siguiente consagraron el triunfo de Marcelo Gerosa, del Frente Progresista, por apenas diecinueve votos. La situación de Monigotes era difícil: enfrentaba reclamos judiciales, la provincia había suspendido la asistencia financiera y la comuna carecía de insumos básicos.

La historia de Monigotes remite a los inicios de la inmigración judía en Argentina. El 14 de agosto de 1889 el vapor Wesser llegó al puerto de Buenos Aires con el primer contingente de judíos rusos. Eran 136 familias, en total 824 personas que fueron enviadas al norte de Santa Fe. Si bien los judíos estuvieron presentes desde la época colonial y en 1862 se fundó la primera institución religiosa en Buenos Aires, la comunidad comenzó a constituirse como tal a partir de aquel desembarco.

Las familias que llegaron en el Wesser se asentaron entre las estaciones Palacios y Monigotes, en el camino del ferrocarril que se estaba construyendo hacia Tucumán. El grupo sentó las bases de la posterior colonización en Moisés Ville, dos años antes de que se organizara la Jewish Colonization Association, la empresa del barón Mauricio Hirsch.

La tradición oral adjudica a los trabajadores del ferrocarril el nombre de Monigotes. El pueblo reconoce su origen en una posta establecida para la provisión de carbón y agua para los trenes; aún se conserva el tanque de agua original. “Se dice que en esta zona había indígenas que tenían una forma exagerada de pintarse y llamaban la atención por sus bailes. La gente del ferrocarril empezó a hablar entonces del pueblo de los monigotes”, cuenta Marcelo Gerosa, mientras se toma un respiro en las tareas de organización de la fiesta del 9 de julio.




“Estos campos eran todos del barón Hirsch”, interviene Laureano Montagna, y su mirada parece buscar un punto más allá del horizonte. Las primeras agrupaciones gauchas comienzan a llegar al predio donde se hará el desfile y la exhibición de destrezas criollas. Vienen de Eusebia, de Sunchales, de Brinkman, de Ataliva, de Curupaytí, de San Guillermo. “Esperamos doscientos personas”, dice Aníbal Duarte, que hace de anfitrión como integrante de Apadrinando, la agrupación local, y como responsable del asado con cuero que homenajeará a los visitantes.

A los 76 años, hijo de inmigrantes italianos, Montagna es un testigo de la época en que los agricultores araban con caballos y trillaban con la máquina a vapor. “La Jewish hacía lotes de 75, 150 hectáreas, y daba muchas facilidades para pagar. Los colonos judíos hacían cuatro casas en cada rincón del campo; el italiano hacía la casa en el medio, para estar más cómodo”, recuerda.

Entre 1973 y 1975 una serie de inundaciones paralizó la actividad rural. Fue un golpe muy duro para el pueblo, del que todavía está reponiéndose. La historia local coincide en este punto con la de tantas comunidades rurales de la Argentina, que perdieron gran parte de su población en la segunda mitad del siglo XX a consecuencia de las transformaciones económicas y la mecanización del trabajo agrícola.

Pero en Monigotes la crisis tuvo características propias. “La colectividad judía se deshizo. Todos emigraron. Incluso muchos dejaron los campos medio abandonados”, dice Herminio Panigutti, que pasó sus 73 años en el pueblo, salvo cuando estudió en Rafaela y el período del servicio militar, que hizo en Buenos Aires.

Los vecinos recuerdan el caso de una familia, de apellido Kohon, que dejó su casa cerrada, con muebles, ropa y electrodomésticos, y nunca regresó. Lugares tradicionales de encuentro como el hotel del pueblo y el almacén de ramos generales Fideleff cerraron sus puertas. Algunas casas se desplomaron por la simple acumulación del tiempo y el olvido. La calle que corre frente a las vías del ferrocarril quedó casi desierta.


El último

Isaac Wolochin tiene 70 años. Nació en Tostado, pero vive desde muy chico en Monigotes. Descendiente de los primeros inmigrantes judíos que llegaron a la región, a fines del siglo XIX, es el solitario portavoz de una memoria. “Soy el último paisano que queda en el pueblo”, dice, en la puerta de su casa, donde se sienta a ver cómo transcurren el día y los recuerdos.




“Había 120 familias paisanas en Monigotes. Se fueron yendo, un poco a Buenos Aires, otro poco a Rosario. Teníamos cuatro sinagogas, la del pueblo y tres en el campo; tantos paisanos había”, agrega Wolochin. En el comedor de su casa atesora el legado familiar: un samovar, candelabros que trajeron los abuelos, fotografías, un yunque para romper nueces. “Los recuerdos de Europa”, dice.

En la memoria de Wolochin subsisten los antiguos modos del trabajo en el campo; las cremerías “y los muchísimos tambos” que se levantaron en la zona; los rabinos Jinich y Husman, que oficiaron en la sinagoga Tiferes Israel; las fiestas de la colectividad; las cinco carnicerías, las panaderías, el gran negocio de Nito Aragundo, “que era carnicero y comisario, y enseñaba a trabajar a la gente”; el recuerdo de un pueblo que a principios de 1950 llegó a tener 2 mil habitantes.




Un cartel identifica al Cementerio Judío de Monigotes como sitio histórico. Allí descansan personalidades de la colonia como Bernardo Fideleff y Adolfo Husman y se conserva una carroza fúnebre original. Las tumbas se ubican al final de un amplio descampado.
El cementerio data de 1932; tiene pocos visitantes, pero está bien cuidado. La sinagoga Tiferes Israel fue fundada el 13 de abril del mismo año, y su construcción finalizó en 1933. Dejó de funcionar a mediados de los años 70, cuando los colonos judíos se fueron de Monigotes.

En el interior, con el mobiliario original, pueden encontrarse libros de actas, recibos de la sociedad, registros de colectas, nóminas de escolares. Documentos que hablan de la vida de una comunidad. En la fachada del edificio se destacan Las tablas de la ley y tres Estrellas de David. Una leyenda en hebreo explica que esa es la Casa de Dios y más abajo especifica el nombre Tiferet Israel, belleza de Israel.

Actualmente está en marcha la restauración del edificio, a cargo del gobierno de la provincia y la Universidad Nacional del Litoral. El pueblo tiene muchas expectativas al respecto, no sólo por su valor cultural sino como fuente de trabajo. “Tenemos cierta desocupación, que venimos manejando. La agricultura no demanda mano de obra. Esperamos que se concreten además la construcción de unas viviendas, que también están previstos, y del Centro de Asistencia Primaria de la Salud”, dice Marcelo Gerosa.

Del campo al pueblo
Herminio Panigutti quería quedarse en Buenos Aires. Jugaba bien al fútbol y se fue a probar a Chacarita y a Vélez. “No salió como yo quise. Tuve la mala suerte de que se me rompió la rodilla. Entonces me trajo de nuevo la querencia. Me dediqué al campo y después al comercio. Aquí agricultura se hace muy poco, lo principal es la ganadería”, cuenta.

Panigutti dejó el campo con las inundaciones de los años 70. “Me cansé. Empecé a trabajar como encargado de la cooperativa La Mutua Agrícola, donde estuve hasta que se fundió”, dice. El colapso de la sociedad fue, sin embargo, un nuevo punto de partida porque los bienes de la cooperativa fueron a remate judicial y pudo comprarlos. “Sigo con el comercio como era la cooperativa antes, con ramos generales: tenemos tienda, almacén, ferretería y combustible”, dice, mientras atiende el buffet de los festejos por el 9 de julio.

La fiesta se hace a beneficio de la escuela primaria de Monigotes. Las agrupaciones forman en hilera y recorren el pueblo, precedidos por el móvil del destacamento policial. Enseguida reaparecen por la calle principal y se ordenan en un semicírculo, para la parte formal de la ceremonia.

“Con las inundaciones se vino abajo la colonia –recapitula Panigutti-. Pero dentro de todo, estamos sobreviviendo”.

El presidente que vino de la ruta
Marcelo Gerosa nunca se imaginó que llegaría a ser presidente comunal. Nacido en 1973 en Las Palmeras, a 16 kilómetros de Monigotes, comenzó a trabajar desde joven como chofer de camiones. “Estuve en Córdoba, Catamarca, La Rioja. Tuve la suerte de conocer muchos lugares, desde La Quiaca hasta Trelew”, cuenta.

Pero en 1997 volvió a la zona. “Trabajaba en la repavimentación de la ruta 34 y paraba en el pueblo. Me puse de novio en Monigotes, después me casé y tuve un hijo”, dice. En 2009 un grupo de vecinos le propuso que se preparara como candidato a las elecciones de la comuna. “Yo tenía tres camiones en la ruta. Lo pensé con la familia, decidí quedarme con un camión menos y lo encaramos. Ganamos, pero al principio estaba todo trabado en Santa Fe, había rendiciones atrasadas, plata que le reclamaban a la comuna, cédulas judiciales”.

La comuna no tenía ni siquiera herramientas. “Había unos tractores y una máquina Caterpiller en condiciones, que nos ayuda a mantener los caminos rurales en buen estado. Pero en herramientas menores, para el trabajo diario, no había nada: no había machetes, llaves de mano, amoladoras, taladros, nada. Empezamos de a poco y hoy tenemos un parque que está funcionando, con una camioneta Kangoo nueva. La comuna nunca había tenido un vehículo cero kilómetro”.

En septiembre de 2010 Monigotes celebró sus 120 años de existencia. “El pueblo se movió muchísimo –apunta Gerosa-. Conseguimos unos animales donados y se hicieron eventos para recaudar fondos. Hubo una muy linda fiesta. Vino gente que nunca había vuelto al pueblo en muchos años”.

Fue también un reencuentro del pueblo con su historia, y con su sentido de comunidad. “Lo que me gusta de Monigotes es que acá no hay discriminación. En otros lugares se habla a veces del negro, o del judío, hay cierto racismo. Este es un pueblo donde eso no se ve”, dice Gerosa. Un espíritu que proviene de las raíces del pueblo y se reafirma en el presente.

La fiesta criolla actualiza la historia: el pueblo como un lugar de encuentro. Ahora la formación de los gauchos se deshace; los jinetes desensillan y se arman las mesas. Hay una pausa hasta la tarde, cuando comiencen los juegos y exhibiciones. El asado de Aníbal Duarte está a punto.



2 comentarios:

  1. que increible, que de toda una Comunidad judia, con 120 familias y 4 sinagogas, solo halla quedado una sola persona?!?!?

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  2. La falta de salida laboral mas las inundaciones hicieron mella en los habitantes y fuimos buscando otros horizontes...

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