viernes, 25 de mayo de 2012

Visión del paraíso



 

Aquí te vi, en la tierra pura,
en la tierra desnuda.
Juan L. Ortiz


El viento, la piedra,
el agua, se juntaron
para desgracia:
vean al paraíso,
ahí,
acostado.

Sacaron las raíces,
pálidos tentáculos:
raíces, no flores.

Entre que los hombres
buscaron las sogas,
en el lío de monturas,
bolsas y herramientas,
y las trenzaron, fuerte,
entre que probaron,
al pedo, con el rastrojero
y los chicos, a un grito,
vinieron de la cocina,
uno a pasitos rápidos
y cortos –pesaba
la garrafa-,
el otro como tiro,
con pava, yerba y calabaza,
entre que tomaron
unos mates, de parados,
y sacaron del galpón
al massey, entre que tronó
y tronó, sellando el suelo
con el gastado dibujo
de los neumáticos,
y salieron las raíces,
los pálidos tentáculos,
cayó la tarde:
como avergonzada,
de luto, todavía,
las nubes lejanas.

Sobre el pasto, tupido
y pesado, y las ortigas
que, de no esquivar,
pican peor que espinas,
el hongo descubre,
perlado por alguna mota
de barro, su luminoso
sombrero, haciendo pie
en la bosta que lo abona.

Relumbran en el matorral
abigarrado, de perfecta
acústica para el canto
de escuerzos y sapos,
el hongo y la flor,
lila, del cardo largo,
largo, flaaaco.

Al paraíso, bah,
la lluvia le resbala.
Quedó partido,
apartado del camino.

Los perros, toreando
como locos, algo
maliciaron: el Cuál,
el Timbre, el Leal
y el Quédice.



Las casuarinas anidan
seguras en la tierra:
afirman sus raíces acá
y allá. Así la torcaza
bate sus plumas contra
la paja que la acoraza.

Se ofrecen compañía,
todas, en una danza
sosa de hojas, se dan
charla, en un susurro
de hojas en danza.

No hay viento que tumbe
esa charla, ni tormenta
que perturbe esa charla.
El carpintero, que sabe,
hace allí su agujero.

En una margen y otra
de la huella se plantan,
en hilera. Cada una vela
por la otra, expira
el aire que otra espera,
mirá, mirá...

...ahí,
acostado.
Los perros, toreando
como locos, algo
maliciaron:

raíces, no flores.



Zumban como moscas,
quitando hojas, gajos
y ramas, rotando
en torno al tronco
sacudido por espasmos:
como moscas, trozando
con filo ensañado
esa carroña
arrancada de cuajo.

Migra, enloquecida,
una colonia de hormigas.
Zumban, en el aire
descompuesto,
no por la vaca que bostea
y bostea, empastada
quizás, o brucelosa,
no por la osamenta
que blanquea, pelada
y lustrosa; zumban
al impulso de manos
curtidas, empuñando
el basto mango,
en torno al tronco
sacudido por espasmos,
envuelto en un turbio
sudario de hojas,
gajos y ramas.



Esa llovizna
en que se desgrana
la corteza
acortina el paso
enloquecido
de las viajeras.

Es de un rojo claro
el líquido que cae
de la botella inclinada.

Emparvaron las hojas,
el cajón del canario
muerto, unas botas.
La cubierta del Forá,
una bata, el mantel
apolillado, chala.
Latas, una dentadura
postiza, alpargatas
mojadas. Emparvaron
los gajos, las ramas
del paraíso despenado.

Contra el áspero borde
de la cajita
que la contenía,
un dedo en la cabeza
y otro en la varilla
de cartón, se parte
en dos la cerilla.

De una botella de litro
cae un líquido,
no vino, y colorea
de rojo las botas,
el cajón, las hojas.

El neumático en llamas
despide tal baranda
que hace falta taparse
la nariz y la boca
con el pañuelo o las manos:
baranda de pozo ciego,
de resumidero, de muerto
expuesto al fuego.

En comba, la mano
resguarda la súbita,
minúscula llama
de la cerilla, tercera
o cuarta.

Leña de paraíso:
mejor fuego prende
que chala o tala
verde.

Junto a la fogata,
que crece sin cesar,
es un infierno:
no se puede estar.


Un sapo, salido
de la zanja, detiene,
no bien siente
el calor, su marcha.

Es un infierno
que crece: mejor fuego
prende que chala
o tala verde.

No se puede,
uno, dos saltos
y el sapo está,
fresco, en su charco.


El viento, desmintiendo
al pronóstico, que impuso
silencio, al ser anunciado,
de un modo lento y enfático,
por la radio, ha vuelto.

Una pedrea de punzantes
astillas, un repentino
tronar de chispas,
despedidas por la rama
que retuerce, parte
y absorbe la llama,
hacen que el sapo,
asustado, se quede
quietito bajo la pala.

El pronóstico del tiempo,
anunciado de un modo
enfático y pausado,
al cierre del noticiero
para mayor suspenso,
levantó una polvareda
de burlones, descreídos
comentarios: volviendo,
los confirma el viento.


La brasa, que el viento
aleja del fuego y regresa.
pierde, en esa idivuelta,
color y cuero.

No se mueve,
así la iguana
se da por muerta,
panza arriba, tiesa.

En la parra el viento
roba una brizna de paja
al nido del palillero,
a ras del suelo barre
y deshace las brasas.

Aún descubierto, acaso
queriendo despistar,
el sapo se queda quieto
y en fin, paf, liga
un escobazo.
Bueno: uno, dos saltos
y está, tranquilo,
en su charco,

Guarecido de la tormenta
del fuego bajo la hoja
de hierro, el sapo,
como si nada,
cierra sus ojazos.

Por encima de la parva
titila una lumbre
de luciérnagas rojizas.
Al ser retirada,
de la pared de su descanso,
para buscar, acaso,
alguna brasa que el viento
hace rodar y aleja,
la pala descubre,
contra el fondo del camino,
donde quedó el paraíso,
en un aparte, el verde
lomo del sapo: ni se mueve.



El paraíso quedó
partido y acostado
ahí, en un desvío
del camino. Sacaron
las raíces y las hojas
y los gajos y las ramas;
trozaron el tronco
arrancado de cuajo.
En una parva de trastos
y basuras le dieron
fuego al despenado
por el viento que,
contra lo anunciado,
ha vuelto, o por el rayo,
tras apuntar el refusilo,
o por el diluvio, fugaz,
de granizo.

Tierra y ceniza hicieron
una masa grisácea
y tibia, mortaja,
o materia nutricia
de una fuerza, por ahora,
escondida.

(de Las vueltas del camino, Libros de Tierra Firme, 1992)

Las vueltas del camino

En 1992, hace veinte años, publiqué Las vueltas del camino, mi primer libro de poemas. La edición surgió de un concurso que convocó la librería Liber Arte. Mi agradecimiento a los jurados que premiaron el libro: Diana Bellessi, José Luis Mangieri y Daniel Samoilovich. Y a Mangieri, además, por impulsar la publicación,en Libros de Tierra Firme.

jueves, 3 de mayo de 2012

Borges, editor de policiales

En el prólogo a la antología Diez cuentos policiales (1953), Rodolfo Walsh resumió la situación en que se encontraba por entonces la literatura policial en la Argentina. Era una época inaugural, la crítica registraba "el comienzo de una producción que ha ido creciendo en cantidad y que quiere estar al nivel de la excelente calidad técnica de los iniciadores". Además había un cambio en la actitud del público, que admitia la posibilidad de que Buenos Aires (o cualquier lugar de la Argentina) "sea el escenario de una aventura policial". Y el actor principal de ese proceso era Jorge Luis Borges.

Walsh puntualizó dos aportes de Borges, de los cuales se cumplen setenta años: la publicación de "La muerte y la brújula" en la revista Sur (Nº 92, mayo de 1942), un cuento "que constituye el ideal del género: un problema puramente geométrico, con una concesión a la falibilidad humana: el detective es la víctima minuciosamente prevista"; y la primera edición de Seis problemas para don Isidro Parodi, que Borges escribió con Adolfo Bioy Casares bajo el seudónimo H. Bustos Domecq.

Seis problemas..., a juicio de Walsh, "tenía el doble mérito de reunir una serie de plausibles argumentos y de incorporar al vasto repertorio del género un personaje singular: un detective preso"; Isidro Parodi, encarcelado en la Penitenciaría Nacional, desde donde resuelve sus casos, representaba "el triunfo de la pura inteligencia".

Con el tiempo quedaría en claro que se trataba de una variante específica y no del género; que el policial admitía otras posibilidades narrativas y de visión del mundo; que "La muerte y la brújula" respondía al modelo anglosajón, centrado en la resolución de un enigma y abstraído de la contextualización social de la novela negra y que el propio Borges proclamaba el carácter artificioso de esas construcciones: las ficciones policiales, decía, "quieren resolver racionalmente problemas insolubles".

Pero esas objeciones no afectan al rol que tuvo Borges en la difusión del género. También quedaría en claro, con el tiempo, que el problema no eran tanto las fórmulas y las convenciones de cierta forma de narrar sino lo que un escritor hacía con ellas: así, Walsh pudo escribir Operación Masacre, su investigación de los fusilamientos de José León Suárez (1957), con recursos del policial clásico.

El interés de Borges por el policial se remontaba a sus primeras lecturas, a algunos de sus primeros relatos ("El acercamiento a Almotasim", de 1936) y a su trabajo en periodismo cultural, como redactor de la sección Libros y autores extranjeros, en la revista El Hogar (1936-1939), y como reseñista en Sur. En 1945, con Bioy Casares, comenzó a editar la colección El Séptimo Círculo, para la que eligió los primeros ciento veinte títulos; La bestia debe morir, de Nicholas Blake, traducción de Juan R. Wilcock, fue el primer libro de una serie que hacía guiños al lector culto desde su título (el lugar del Infierno que aloja a los violentos, en La Divina Comedia, de Dante Alighieri).

La novela de Blake había sido una de las reseñadas por Borges en El Hogar; y muchos de los autores que entonces comentó pasaron luego a la colección, como Michael Innes, Milward Kennedy, Eden Phillpotts, John Dickson Carr y Anthony Berkeley, en un catálogo cuyas fuentes eran el Times Literary Supplement y las librerías de viejo.

Más allá de los argumentos y las valoraciones puntuales, en sus notas bibliográficas Borges vuelve una y otra vez sobre las cuestiones que considera básicas en el género, y formula y reformula sus posiciones al respecto: así, afirma la preeminencia del detective razonador, según el modelo de Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, la convicción de que la forma más ajustada para la ficción policial es el cuento, en vez de la novela, y la visualización de la novela psicológica como posibilidad de renovación para el género.

Mientras valoraba a los autores de la novela de enigma -en su mayoría, hoy olvidados- y se mostraba tolerante con sus errores y sus chapucerías, Borges cuestionaba a grandes autores de la literatura, como James Joyce, Mallarmé y Ezra Pound, todos por cometer "una de las coqueterías literarias de nuestro tiempo", a saber "la metódica y ansiosa elaboración de obras de apariencia caótica", en suma "simular el desorden, construir difícilmente un caos".

Ese tipo de observaciones suelen ser atribuidas a arbitrariedades y caprichos, pero responden al modo de entender la literatura de Borges y explican la atención que le dedicó al género policial y sus estrategias de lectura y difusión.

En "¿Qué es el género policial?", un texto que firmó con Bioy Casares, planteó que el problema de las ficciones policiales era ante todo un problema de la forma, y en consecuencia concernía al trabajo mismo del escritor. "Todo, en ellas, debe profetizar el desenlace; pero esas múltiples y continuas profecías tienen que ser, como las de los antiguos oráculos, secretas; sólo deben comprenderse a la luz de la revelación final", decían los editores de El Séptimo Círculo. "Frente a una literatura caótica, la novela policial me atraía porque era un modo de defender el orden", recordó Borges años más tarde, en una entrevista incluida en el libro Asesinos de papel, de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera.

Alguna de sus reflexiones hoy suena irrisoria. "Hasta la muerte es púdica en los relatos policiales", pensaba, pasando por alto, con toda intención, a la novela negra. Pero esas afirmaciones polémicas definieron su contribución al género, y también su límite de lectura.

(en Señales, La Capital, 15 de abril de 2012)