jueves, 3 de mayo de 2012

Borges, editor de policiales

En el prólogo a la antología Diez cuentos policiales (1953), Rodolfo Walsh resumió la situación en que se encontraba por entonces la literatura policial en la Argentina. Era una época inaugural, la crítica registraba "el comienzo de una producción que ha ido creciendo en cantidad y que quiere estar al nivel de la excelente calidad técnica de los iniciadores". Además había un cambio en la actitud del público, que admitia la posibilidad de que Buenos Aires (o cualquier lugar de la Argentina) "sea el escenario de una aventura policial". Y el actor principal de ese proceso era Jorge Luis Borges.

Walsh puntualizó dos aportes de Borges, de los cuales se cumplen setenta años: la publicación de "La muerte y la brújula" en la revista Sur (Nº 92, mayo de 1942), un cuento "que constituye el ideal del género: un problema puramente geométrico, con una concesión a la falibilidad humana: el detective es la víctima minuciosamente prevista"; y la primera edición de Seis problemas para don Isidro Parodi, que Borges escribió con Adolfo Bioy Casares bajo el seudónimo H. Bustos Domecq.

Seis problemas..., a juicio de Walsh, "tenía el doble mérito de reunir una serie de plausibles argumentos y de incorporar al vasto repertorio del género un personaje singular: un detective preso"; Isidro Parodi, encarcelado en la Penitenciaría Nacional, desde donde resuelve sus casos, representaba "el triunfo de la pura inteligencia".

Con el tiempo quedaría en claro que se trataba de una variante específica y no del género; que el policial admitía otras posibilidades narrativas y de visión del mundo; que "La muerte y la brújula" respondía al modelo anglosajón, centrado en la resolución de un enigma y abstraído de la contextualización social de la novela negra y que el propio Borges proclamaba el carácter artificioso de esas construcciones: las ficciones policiales, decía, "quieren resolver racionalmente problemas insolubles".

Pero esas objeciones no afectan al rol que tuvo Borges en la difusión del género. También quedaría en claro, con el tiempo, que el problema no eran tanto las fórmulas y las convenciones de cierta forma de narrar sino lo que un escritor hacía con ellas: así, Walsh pudo escribir Operación Masacre, su investigación de los fusilamientos de José León Suárez (1957), con recursos del policial clásico.

El interés de Borges por el policial se remontaba a sus primeras lecturas, a algunos de sus primeros relatos ("El acercamiento a Almotasim", de 1936) y a su trabajo en periodismo cultural, como redactor de la sección Libros y autores extranjeros, en la revista El Hogar (1936-1939), y como reseñista en Sur. En 1945, con Bioy Casares, comenzó a editar la colección El Séptimo Círculo, para la que eligió los primeros ciento veinte títulos; La bestia debe morir, de Nicholas Blake, traducción de Juan R. Wilcock, fue el primer libro de una serie que hacía guiños al lector culto desde su título (el lugar del Infierno que aloja a los violentos, en La Divina Comedia, de Dante Alighieri).

La novela de Blake había sido una de las reseñadas por Borges en El Hogar; y muchos de los autores que entonces comentó pasaron luego a la colección, como Michael Innes, Milward Kennedy, Eden Phillpotts, John Dickson Carr y Anthony Berkeley, en un catálogo cuyas fuentes eran el Times Literary Supplement y las librerías de viejo.

Más allá de los argumentos y las valoraciones puntuales, en sus notas bibliográficas Borges vuelve una y otra vez sobre las cuestiones que considera básicas en el género, y formula y reformula sus posiciones al respecto: así, afirma la preeminencia del detective razonador, según el modelo de Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, la convicción de que la forma más ajustada para la ficción policial es el cuento, en vez de la novela, y la visualización de la novela psicológica como posibilidad de renovación para el género.

Mientras valoraba a los autores de la novela de enigma -en su mayoría, hoy olvidados- y se mostraba tolerante con sus errores y sus chapucerías, Borges cuestionaba a grandes autores de la literatura, como James Joyce, Mallarmé y Ezra Pound, todos por cometer "una de las coqueterías literarias de nuestro tiempo", a saber "la metódica y ansiosa elaboración de obras de apariencia caótica", en suma "simular el desorden, construir difícilmente un caos".

Ese tipo de observaciones suelen ser atribuidas a arbitrariedades y caprichos, pero responden al modo de entender la literatura de Borges y explican la atención que le dedicó al género policial y sus estrategias de lectura y difusión.

En "¿Qué es el género policial?", un texto que firmó con Bioy Casares, planteó que el problema de las ficciones policiales era ante todo un problema de la forma, y en consecuencia concernía al trabajo mismo del escritor. "Todo, en ellas, debe profetizar el desenlace; pero esas múltiples y continuas profecías tienen que ser, como las de los antiguos oráculos, secretas; sólo deben comprenderse a la luz de la revelación final", decían los editores de El Séptimo Círculo. "Frente a una literatura caótica, la novela policial me atraía porque era un modo de defender el orden", recordó Borges años más tarde, en una entrevista incluida en el libro Asesinos de papel, de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera.

Alguna de sus reflexiones hoy suena irrisoria. "Hasta la muerte es púdica en los relatos policiales", pensaba, pasando por alto, con toda intención, a la novela negra. Pero esas afirmaciones polémicas definieron su contribución al género, y también su límite de lectura.

(en Señales, La Capital, 15 de abril de 2012)

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