martes, 9 de octubre de 2012

Barlett, zona rural








1
La tormenta fue y vino el santo día.

Al fin se larga con todo el chaparrón. Te agarra en la entrada, volviendo de la casa vieja, donde seguías el camino de las gallinas. No importa, el aroma de la tierra mojada te refresca, lo esperabas.
El viento barre el techo de casa. La perra hace guardia bajo la planta de pomelos, sorprendida.
La cortina de agua borra el campo. Quedó ropa colgada, pero no salgas.

Después del mate, desde el corral, se anuncian los primeros sapos.

2
Una noche serena.

En el corredor, la langosta explora un terreno que desconoce. Da un salto y se detiene. Su antena apenas vibra. Algo propone a las luciérnagas, porque la siguen hacia la quinta.

No podemos contar tantas estrellas en el cielo.

-Está bien porque hay algo de viento –decís-. La joda es cuando no hay viento.

3
La calandria baja al patio chico desde su nido en la enredadera. Avanza con saltos cortos, atenta al menor ruido. Se para en el borde del comedero y picotea migas, restos de comida que han dejado los perros.

De pronto, las gallinas: están poniendo.

Nadie en la casa de las avispas; estarán con los duraznos, en la quinta. La perra, contenta, quiere jugar, salta y llena de barro mis vaqueros. ¡Qué problema!

Tiene calor: se acuesta, bien estirada, en el bebedero de las gallinas.

4
Enlazamos a la yegua y la tumbamos para ponerle una inyección. Hace fuerza para no caer y hace fuerza para no levantarse, después.

Los perros no se llevan bien con la yegua. No se sabe quién empezó primero: si la yegua, porque busca morderlos, o los perros, porque ladran y se ponen furiosos cuando se acerca al alambrado.

Hubo un día en que se quiso ir. Se soltó de la estaca que la tenía, fue hasta lo del vecino, cruzó el campo y salió al camino del Consejo Agrario, una calle ancha y cuidada. Quién sabe dónde iba aquella vez. Antes se había escapado, pero siempre volvía, porque aquí se crió. Pero entonces salió disparando cuando me vio, y la tuve que atar al auto. Suerte que no vio otro caballo.

5
Carlos vive en el pasado, en el suyo y en el de la panadería, que ahora atiende una mujer, “esta señora”, dice, cuando me la presenta.
En sus tiempos era el mejor bailarín de tango; el más guapo, dicen, en la Sociedad Italiana, y también el más fanfarrón. Entonces fabricaba galletitas y las vendía por la zona. Llegaba hasta Rosario con el reparto. Pero iba por un lado y volvía por otro, por precaución. Esos caminos, de noche, eran la Manchuria.
-Como decía tu abuelo –dice- cuando le preguntaban por qué andaba con cuchillo en el sulky: “¿Y si salen del maíz? ¡Me roban, y no sé si no me rompen el culo!”
Algunos vecinos dicen que habla pavadas, que ofende, sin darse cuenta, que hace el ridículo, cuando se pone un viejo traje azul y sale a caminar por el pueblo. Y que lleva una lista de los que dejaron de comprarle el pan.

6
Si lo dejan, podría ir de un campo a otro con los ojos cerrados. El camino es la palma de su mano. No figura en otro mapa que la conversación de sus vecinos. Ahora, cuando lo sigue, se abre paso en su memoria. La noche de carnaval en que volvieron con Orfilio entre los relámpagos que dejaban ciego y los truenos bárbaros. En la casa, todos dormían, pero alguien había dejado en el horno de la cocina una fuente con chorizos, morcillas, asado, tortilla. Se sentaron, uno de cada lado, y comieron hasta cansarse.

7
Telarañas, en la casa, no; afuera no le importa, pero en la casa no puede ser, no, qué esperanza. Cada mañana levanta, borra, destruye la tela que la araña construye en torno a la llave de gas, en un rincón de la cocina. Debe ser la misma araña, piensa, porque la tela reaparece, cada mañana, en el mismo lugar. La descubre porque la luz del sol.

8
Hace unos días cayó un poco de piedra, pero no hizo daño. En el medidor conté catorce milímetros, justo lo que hacía falta para sembrar. El campo está bien.
Vieras como escarcha el agua de la canilla. Hace tanto frío que ya no hay ropa que ponerse.

9
¿Cómo puede ser que los jóvenes ignoren quién fue San Martín?, pregunta el viejo Hansen, asombrado. Afirma la pala en el cantero, descansa apoyando el pie en la hoja. ¿Y que no sepan el día en que se declaró la independencia? Él no fue a la escuela, pero sabe esas cosas, y muchas otras. Estudió los astros con libros que se hizo traer de Rosario. Y desde hace años lleva un registro de lluvias, piedras y tornados.
Desde el camino no se ve su rancho. Sale poco, para las compras, a visitar a una hermana que prefirió quedarse en Barlett y para ver al muchacho que le alquila el cuadrado en que siembra, tiene quinta y andan los gansos, patos y gallinas de su cría.

10
El bobo mezcló leña seca y húmeda.

En la fiesta de la Sociedad Italiana le hacen ronda, le dicen que baila muy bien.