miércoles, 19 de diciembre de 2012

El lenguaje de la represión


Disposición final, el término con el que se daba de baja en el ejército a los “efectos finales irrecuperables”, fue también la palabra con que los militares aludieron a los crímenes cometidos entre 1976 y 1983. Tal vez sea esa la contribución más importante de las últimas declaraciones que hizo el ex dictador Jorge Videla en distintas entrevistas periodísticas, aunque en un sentido seguramente no querido: el de poner en evidencia el modo en que el lenguaje fue otro engranaje en la máquina de burocratización y naturalización de la muerte que creó la última dictadura, y también un instrumento para negar la propia responsabilidad.

En su libro Poder y desaparición, un análisis del funcionamiento de los centros clandestinos, Pilar Calveiro señaló que el uso de esa jerga apuntaba tanto a la deshumanización de las víctimas –para proceder con mayor eficacia a su secuestro y desaparición- como a tranquilizar a los represores respecto de lo que hacían. En el mismo sentido pueden analizarse las declaraciones de Videla, o las de otros acusados por crímenes de lesa humanidad: sus palabras no significaron ningún reconocimiento de culpabilidad sino otro intento de justificar las torturas y los asesinatos y de cerrar el pasado sin más preguntas y, sobre todo, sin acusaciones.

Las palabras “fueron forzadas a decir lo que ninguna boca humana habría debido decir nunca y con la que ningún papel fabricado por el hombre debería haberse manchado jamás”. La reflexión que George Steiner hizo a propósito de la lengua alemana bajo el nazismo puede extenderse a lo que ocurrió en la Argentina. Un aspecto de la dictadura todavía insuficientemente investigado, aunque algunos libros de edición reciente aportan reflexiones y datos para su análisis.

Íntimo y cotidiano
En las salas de tortura y en los centros clandestinos de detención, los represores crearon una jerga con eufemismos y expresiones figuradas, para lo cual resignificaron palabras y fórmulas de uso cotidiano. Pozo designaba el centro clandestino, el lugar de ejecución, la fosa común; chupar, el secuestro y por extensión chupadero aludía al centro clandestino; el tubo era la celda; tabique, la venda o capucha que se ponía al detenido; el traslado, la muerte; el quirófano, la sala de tortura.

En muchos casos –dice el ensayista Miguel Dalmaroni (La Plata, 1958)-, el uso de esas mismas palabras perdió su efecto eufemístico y se cargó, en cambio, con todo el peso de la horrorosa verdad. Ahora sabemos cuánto decimos cada vez que decimos «lo chuparon en el 77». Decimos ex profeso que tal genocida «revistaba en tal chupadero o en el Pozo tal o cual», porque ahora no es eufemismo sino acusación o testificación, según quién hable”.

Los “procesos de reorganización” de las palabras tuvieron sus presiones y resistencias, agrega Dalmaroni, investigador del Conicet y profesor de literatura argentina en la Universidad Nacional de La Plata: “Hasta hace algunos años, todos los que necesitábamos usar la palabra proceso enfrentábamos el problema de su uso auto-bautismal por la dictadura. Teníamos la idea de que nos había sido arrebatada como fue robado todo lo que fuese de los desaparecidos, desde los bebés hasta los objetos personales. Hace años, me parece, eso retrocede: es la dictadura y ya. De hecho, cuando actualmente, voces como la del diario La Nación hablan del proceso y no de la dictadura, se trata de una provocación. Es la voz del energúmeno que nos desafía con su impunidad para reivindicarse aun hoy como el colaboracionista del genocidio que supo ser”.

No obstante, las marcas de la represión todavía pasan inadvertidas en el habla corriente, dice la psicoanalista Perla Sneh (Buenos Aires, 1952): hay un “lenguaje del terror, el que éste impuso, pero también el que se nos quedó en la boca, el que creemos rechazar pero repetimos sin saber qué decimos” y entonces “es cosa de todos y cada uno volver sobre los ecos de ese hablar invasivo, al que se quiso otorgar la fuerza simbólica del proverbio –con aquello de los argentinos somos derechos y humanos-, que habilitó una práctica asesina naturalizándola en términos de algo habrá hecho”. Un lenguaje “tramado con lo más íntimo y cotidiano de nuestra lengua: rara vez pasa un día sin que hablemos de un asado o una parrilla, o pidamos perejil en una verdulería, abramos un candado o hagamos un paquete”.

Intoxicaciones
En LTI La lengua del Tercer Reich el filólogo Victor Klemperer explicó que el nazismo acudía a palabras y frases aisladas que imponía a fuerza de repetición, de modo de que el lenguaje se convertía imperceptiblemente en su medio de propaganda. “Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico –ejemplificó-: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”.

El lenguaje fue también una preocupación para los militares argentinos. El general Ramón Camps exhortó a “reflexionar acerca de las palabras fundamentales de nuestro tiempo”; el almirante Eduardo Massera, al ser distinguido por la Universidad del Salvador, dijo antes del golpe de 1976 que “las palabras, infieles a sus significados, perturbaron el raciocinio” de los argentinos.

Pero si los militares dieron entonces sentidos múltiples a la palabra subversivo no fue por afán de precisión ni por algún equívoco semántico. Subversivo fue una categoría deliberadamente incierta, que primero refirió a los miembros de las organizaciones armadas, después a militantes políticos y sindicales y finalmente se extendió a cualquier grupo que no apoyara a la dictadura, a los organismos de derechos humanos, a los familiares, los amigos y los vecinos de las víctimas. La palabra, con su significado delirante, definió el plan del genocidio, como lo manifestó una conocida frase del general Ibérico Saint Jean, interventor en la provincia de Buenos Aires: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”.

Esos usos de las palabras no fueron necesariamente impuestos por los militares, advierte Perla Sneh. “Es preciso entenderlos como una propuesta de militancia, una propuesta no sólo aceptada sino afirmada por muchos; en esto el rol jugado por la prensa, de ciertos intelectuales, de la así llamada sociedad civil, es insoslayable -dice-. Porque en la oscura trama de esos años de convivencia con lo siniestro, el en algo andarían no puede considerarse desligado del deme dos ni el por algo será desligado de el silencio es salud o el no dispare de las campañas de ordenamiento vial”.

Así, “cuando el asesinato de una familia –incluyendo tres niños- es relatado como «fueron abatidos cinco subversivos» no hablamos de supuesto estilos narrativos, sino de tomas de posición. Por eso, no se trata meramente de listar enunciados, sino de dilucidar posiciones enunciativas; desde dónde se habla. Cuando un dirigente de la Sociedad Rural declara públicamente, como parte de un fuerte enfrentamiento ideológico-político, que «algún día deberán desaparecer los traidores a la patria», no es posible desentenderse de lo que está en juego”.

Los efectos de la represión en el lenguaje son parte de sus usos actuales. “Podemos tomar una expresión, surgida en los años 90 entre los adolescentes de entonces, es decir entre los nacidos en los años del terror, que resulta particularmente sugerente: no tener historia -agrega Sneh, quien se desempeña como investigadora del Centro de Estudios de Genocidio-. No tengo historia quiere decir que todo está bien, que no hay encono, resentimiento ni malestar. ¿Qué supone un bienestar entendido como ausencia de marcas históricas como legado de un régimen que buscó activamente borrar la historia?”. La pregunta también vale para los adultos: “no tener historia puede elevarse hoy a la dignidad de explícito proyecto político, como lo ha hecho más de un candidato en las últimas elecciones, vanagloriándose incluso de carecer de toda historia política, a la que propone sustituir por una pretendida eficacia gestionaría supuestamente al abrigo de toda dimensión política”.

Dalmaroni señala que “mucho de la discursividad dictatorial” subsiste. “El por algo habrá sido -puntualiza-, el ¿en qué estaba?, el zurdo o subversivo, que permanecieron en la lengua de millones hasta fines de los 90, parecen reemplazados ahora por setentista, montonero o en algunos casos, lisa y llanamente por kirchnerista o del gobierno”. Una observación que podría asociarse con la reflexión de Sneh: “no se trata de determinados enunciados, no hace falta caer en una vigilancia del habla, sino de estar advertidos de lo que llamaría momento de fuerza de una violencia lingüística que todavía busca operar aun si ya no dispone de los medios para imponer su arrasadora literalidad”.

En Acción nº 1.111, primera quincena de diciembre de 2012.

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