viernes, 14 de diciembre de 2012

Una disputa en torno a la nación



El proceso de formación de la Nación y los conflictos en torno a la construcción de la autoridad política son los ejes de Historia de la Argentina 1852-1890, libro donde Hilda Sabato aborda y propone un relato de síntesis sobre un período decisivo en la historia nacional. Con una edición que trasciende el marco académico para dirigirse también al lector común, la obra "intenta dar una nueva perspectiva" sobre los años que corren desde la sanción de la Constitución hasta la presidencia de Miguel Juárez Celman.

—En el libro afirma que, contra lo que suele creerse, la historia de de 1852 a 1890 no fue lineal sino sinuosa y conflictiva. ¿Cuáles fueron los problemas centrales?
—Una visión que ha atravesado el campo, incluso desde distintas perspectivas ideológicas, es la de que éste es un período en que hay un avance incontenible hacia un estado centralizado, a la par de la construcción de una sociedad capitalista y de la modernización económica. Todas esas cosas aparecen como inevitables, donde además todos los partícipes están en la misma bolsa, la oligarquía extranjerizante para los que ven el proceso como negativo, o los próceres de la organización nacional para quienes lo consideran positivo. Son visiones que suponen que el Estado tenía que ser como fue. A mí me gustaba desarmar esa idea y mostrar que lo que vemos al final del período es el resultado de distintas visiones y proyectos que estaban en conflicto y el resultado de pugnas, negociaciones, presiones que llevan a un desenlace que no estaba escrito de antemano. Quería recuperar cierto grado de incertidumbre en las acciones de los hombres.

—¿En qué hecho podrían apreciarse esos conflictos?
—Un ejemplo es el tema de qué tipo de Estado se buscaba, en el sentido de cuánto poder iba a concentrar en relación con los estados provinciales. En 1853, el dictado de la Constitución imprimió un giro decisivo a la forma institucional de organización de la Argentina, creó la República Argentina en su formato representativo federal. Se pasó de una asociación de provincias, donde una de ellas, Buenos Aires, ejercía la hegemonía de hecho pero no de derecho, a un modelo completamente distinto, porque implicó que las provincias debían ceder un poco de su soberanía a una instancia central que era inexistente. Urquiza juega todo a esa solución y consigue un consenso bastante amplio, salvo el de la provincia de Buenos Aires. Luego que Buenos Aires se incorpora con una modificación de la Constitución comienza un proceso muy largo de disputa sobre con cuánto poder se van a quedar las provincias y cuánto poder va a tener el Estado central. Urquiza sufrió este problema y paradójicamente a Mitre, que había surgido de Buenos Aires, le pasó lo mismo. Buenos Aires se negaba a disolver su guardia nacional y a ceder territorio para la capital, algo que recién ocurre en 1880, con Roca.

—¿Qué sentido tiene la consigna de orden que promueve Roca?
—Palabras como orden, violencia, progreso van cambiando su significado con el tiempo. En el caso de Roca, a partir de la década del 70, se empieza a imponer una noción de orden que tiene que ver con el disciplinamiento de la vida politica, que había sido bastante agitada. Las elecciones eran episodios muy competitivos donde se armaban maquinarias para conseguir votos y donde se generaban espacios con cierto grado de violencia. Las revoluciones fueron una constante; no eran anomalías del sistema sino que estaban inscriptas en una noción de la política. Una de las guías de acción política era recurrir a las armas, desde el Chacho Peñaloza hasta Mitre, y lo hacían en nombre del pueblo, la Constitución y de resistir al despotismo. Esa manera de pensar la política fue perdiendo vigor en la medida en que surgieron grupos que empezaron a preocuparse por la incertidumbre que provocaba. Los ideales políticos van cambiando pero también aparece en el horizonte una idea muy fuerte de progreso económico que requería orden. Y el orden era disciplinar a estos grupos políticos que se enfrentaban entre sí. Roca lo convierte en un programa: disciplinar no sólo a las bases sino sobre todo a las dirigencias, que movilizaban a las bases.

—¿Cómo se llega del orden de Roca en 1880 a la crisis de 1890?
—En el 90 hay un quiebre economico, político, moral, cultural. Es una crisis con múltiples causas y donde lo que aparece puesto en cuestión es la visión de orden y de progreso que tenían las elites del 80. La crisis desmiente esa idea de progreso indefinido que venía garantizado por el orden de Roca, el orden de haber disciplinado a las elites, de tener un partido hegemónico, coronado por la ocupación de territorios en manos de sociedades indígenas en el Chaco y la Patagonia, que terminó de cuajar la idea de orden que es anular cualquier diferencia. En el 90 los actores mismos no saben qué va a pasar, es un momento de abismo. Lo que vino después fue una nueva forma de crecimiento, un Estado más centralizado y un capitalismo más exitoso desde el punto de vista de la acumulación de capital que el anterior, una sociedad más polarizada y al mismo tiempo vigorosa por una inmigración creciente. Eso no lo sabían en el 90; fue el resultado de cómo se procesó la crisis. La crisis fue muy grave, en un momento muchos de sus actores creyeron que la Argentina ya no tenía chances, tal como pasó en 2001, pero los actores reaccionan, tanto las elites como los trabajadores actúan en función de lo que pasó y recomponen relaciones de poder y relaciones sociales que no son las mismas.

—Roca es hoy una figura cuestionada. ¿Cómo lo aborda en el libro?
—Debido al poder que había logrado, Roca tuvo una influencia muy grande y además estuvo mucho tiempo en el poder. La campaña contra las sociedades indígenas le dio prestigio para ser presidente. Roca impone una manera de "resolver" el problema que no era la misma que tenía el ministro anterior, que era Alsina. Para las dirigencias del Estado argentino las sociedades indígenas eran un problema y las soluciones que proponían eran distintas. La solución de Roca fue dramática y brutal. Pero no era sólo él sino una corriente que pensaba que había que hacer eso. Al mismo tiempo, si uno lo tiene que sacar de las estatuas, ¿qué hace cuando se acuerda de que fue el artífice de la ley de educación común que reivindicamos todo el tiempo? ¿Nos quedamos con el Roca destructor de las sociedades indígenas o con el que fomentó la ley 1420? Como historiadora, me interesa tratar de entender cómo funcionó el proceso, sin que eso me inhiba de hacer un juicio sobre las acciones de los hombres. Tratar de explicarlo en su contexto, antes que condenarlo.

En Señales, 9 de diciembre de 2012.

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