lunes, 7 de enero de 2013

En el nombre de los ancestros







Entre los invitados del último Festival Internacional de Poesía de Rosario, Graciela Huinao hizo escuchar la voz y la historia de la Nación Mapuche. Desde 1987, cuando publicó su primer poema, y sobre todo desde 1994, cuando fue incluida en la antología ÜL: Four mapuche poets, en EEUU, esta escritora nacida en la provincia de Osorno ha adquirido una notable proyección en la poesía de América latina. Su obra retoma el legado cultural y política de los ancestros, su cosmovisión y sus reclamos ante la sociedad chilena.

-El fogón es un espacio central en la tradición mapuche. ¿Cuál fue tu experiencia al respecto?
-Antiguamente la gente mapuche no teníamos los medios que tenemos ahora. Hoy es otra forma de vida, no tan sacrificada. De todas maneras uno siempre añora el pasado, por ejemplo cuando estábamos en la casa de la abuela, a la orilla del fogón y ella hacía un fuego en el medio de la pieza, con unas piedras que lo circundaban, y teníamos sacos de papa, de trigo, de harina, todo alrededor, para que no se humedecieran. La abuela abría las cenizas, sacaba los panes y los limpiaba, los partía y les colocaba pedazos de queso. Ahí nos daba la comida, la taza de leche y nos contaba historias. Alguien dijo que cuando se apaguen los fogones se iban a apagar la historia y la cultura mapuche. Hace poco estuvieron a punto de perderse, pero también hubo que inventarse otro tipo de fogón para mantener viva la tradición.

-¿Cuáles serían esos otros fogones?
-Los talleres. Los que yo hago son orales. A mis alumnos les doy un poco de apuntes, pero yo hago que ellos se acuerden de la historia. “Ustedes tienen que acordarse no solo de las palabras sino de las expresiones de los rostros”, les digo. Yo veo las expresiones de mi abuela, yo puedo escribir cómo era su rostro al pasarme una tortilla o el vaho que salía de la misma tortilla cuando ella la abría. Uno debe tener la capacidad de escribir ese vaho, de llevarlo en palabras al texto y traspasarlo al lector. Ojalá que el lector pueda hasta oler la harina, oler la levadura, oler el perfume del queso al aplastarlo con el pan. Si puedo hacer eso, transmitírselo a las personas y que ellas también puedan sentirlo, me siento realizada.

-¿Cómo empezaste a escribir?
-Desde muy chica. Cuando yo tenía 11, 12 años, llegó una profesora de Castellano y dijo “hoy día van a escribir un cuento en su casa”. Yo me alegré tanto porque estaba en salsa, iba a escribir algo que por primera vez una persona iba a leer. Recuerdo que escribí sobre una gallina, no sé por qué. La gallina se preguntaba por qué tenía que tener pollos, por qué los gallos tenían tantas gallinas, cuestionaba con una mirada de niña. Llegó el día de entregar las notas. Empezó con los cuentos que habían sacado un siete, la nota más alta, y fue bajando. El mío no salía, y de repente escucho “Huinao, adelante”. Paso y la profesora me dice “¿quién te hizo tu cuento?”. Yo quedé sorprendida. “Señorita, lo hice yo”, contesté. “Eres una mentirosa, tú no pudiste hacer este cuento. Te voy a dar una oportunidad: si me dices la verdad te pongo una nota buena”, dijo. “Pero qué verdad quiere que le diga. esta es mi verdad, el cuento lo hice yo”. “Ve a sentarte, te voy a poner un 4”. Si a lo mejor hubiese sido un chileno más no me hubiera cuestionado, pero yo era mapuche. En Chile se tiene en mente que los mapuche somos un pueblo inferior y entonces no podemos, menos a esa edad, hacer cosas como construir un cuento.


-¿Cómo se produjo tu primera publicación?
-Yo estaba trabajando en una casa de barrio alto, en Santiago. Yo buscaba las casas para ir a trabajar y las seleccionaba por su biblioteca. Si una casa no tenía biblioteca por muy bueno que fuera el sueldo yo no aceptaba el trabajo. Cuando entraba leía toda la biblioteca y cuando no tenía nada que leer me iba. A la noche iba a buscar los libros y leía en mi cuarto como hasta las dos, las tres de la mañana. Un día estaba en la cocina escribiendo un poema que se llama “La loika” y que habla de un pájaro. La madre de la dueña de la casa me dice “Graciela, ¿qué escribe?”. Y yo le dije: “escribo lo que sea”. Ella leyó el poema y le corrieron las lágrimas. Era la primera persona educada que lo leía. Yo pensé “si a ella le provoco tanta emoción a lo mejor a otra persona también”. “Te digo una cosa chica, me dijo, tienes que publicarlo”. Y salió en un diario donde escribía la gente de bien. Fue en 1989. Como puse la dirección donde trabajaba, a lo mejor pensaron que yo era una persona rica. La misma señora me dijo “Graciela, tenés que buscar talleres de literatura, buscar donde se reúnen los escritores”. Así encontré varios grupos, y empecé a estar al tanto de lo que pasaba en la poesía.

-Las voces de tu padre y de tu abuelo están presentes en tu escritura. ¿Cómo surge ese diálogo?
-Ellos son mi misma voz. Es el pensamiento de mi padre, de mi abuelo  y de todos los abuelos hacia atrás, que no tuvieron la posibilidad de dar a conocer sus pensamientos. Yo no he inventado nada. Es lo que ellos escribieron en mi mente lo que dejo escapar.

-Es ese “lenguaje indómito” al que te referís en el poema “La voz de mi padre”.
-El pueblo chileno nos encasilló en una religión, en una lengua. Ellos quieren escuchar sólo lo que les gusta. Cuando un indígena empieza a salirse de esas normas empieza a ser mal mirado, como que se asustan y no quieren que aparezca este tipo de literatura. Yo lo noté incluso con “La loika”, porque el poema dice “canto por mi árbol, por mi tierra y por lo que fue mio ayer”. Una poeta, Virginia Vidal, me dijo “tú no le tengas miedo a las palabras, tú no tienes que medirte”. Y yo le dije “no tengo por qué medirme”. Durante muchos años nos han dicho cómo tenemos que hablar y cómo tenemos que escribir. Entonces el lenguaje tiene que ser indomable. No tiene por qué ser encasillada nuestra mente. Y no debemos tener miedo a decir que Chile y Argentina hicieron concomitancia para matar a mi pueblo, porque es una verdad. Uno no tiene que dejarse domar, y menos en la lengua. Si lo hiciera, dejaría de ser yo; entonces tengo que decirlo en cualquier parte.

En Señales, 6 de enero de 2013.

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