domingo, 27 de enero de 2013

Ingeniería de la narración


Más que con las palabras expresamente dichas, la literatura trabaja con las sugerencias, los sobreentendidos, incluso los equívocos. El placer de la lectura consiste básicamente en esa indagación, cuando el lector encuentra en el texto una inspiración, un impulso para su propia imaginación, para dar curso y elaborar la reflexión, los interrogantes o las emociones que el texto moviliza o rescata de las profundidades del olvido.

Trabajar con lo no dicho aporta también un recurso para escribir. El suspenso de un buen relato policial, por ejemplo, necesita que algo, un suceso, una relación entre los personajes, se sustraiga al plano de la expresión, que permanezca oculto hasta el final de la historia. No tiene que ser necesariamente importante en términos del argumento: como el Macguffin de las películas de Alfred Hitchcock, su sentido consiste en hacer avanzar la narración y cargarla de intriga en función de provocar el interés del lector o del espectador. Y también es una forma de representar lo que difícilmente puede ser formulado por el lenguaje, o lo que perdería su valor, su belleza o su eficacia en caso de ser reducido a unas cuantas palabras.

El relato de terror clásico descansa en ese mecanismo, como se puede ver en la obra de H. P. Lovecraft. En “El color que cayó del cielo”, uno de sus textos más conocidos, la revelación sobre la extraña criatura que recorre la región de Arkham se posterga hasta el final, y cuando acontece la única persona que alcanza a divisarla enloquece ante el horror de la visión. Su testimonio es entonces fragmentario e incoherente, pero esos balbuceos resultan mucho más significativas que cualquier explicación: una descripción común de lo monstruoso anularía el efecto que provoca y quedaría desfasada respecto de la enorme expectativa creada previamente; al mismo tiempo no hay otra forma de comunicar eso espantoso de que habla el relato, un ser monstruoso que no es radicalmente ajeno a nosotros -lo que nos tranquilizaría- sino que conserva algo de lo humano, y eso es lo espeluznante que perdura intacto, casi cien años después, en Lovecraft.

En Acción nro. 1114, segunda quincena de enero de 2013.

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