jueves, 31 de enero de 2013

Las partes del todo

La historia de la literatura argentina podría contarse a través de sus antologías. De Exposición de la actual poesía argentina (1927) a 200 años de poesía argentina (2010), de Cuentistas argentinos de hoy (1929) a Una terraza propia (2006), entre muchas otras recopilaciones, las antologías aportaron visiones de conjunto, registraron nuevas tendencias y géneros, funcionaron como formas de reconocimiento de escritores y produjeron recortes significativos tanto por sus elecciones como por sus rechazos.

Sin embargo, a la antología se le podría extender lo que dijo Eduardo Grüner del ensayo: es un género culpable. El antólogo está obligado a explicitar sus criterios, porque sabe que hace algo arbitrario y por definición incompleto; las notas preliminares incluyen inevitablemente disculpas, aclaraciones y la advertencia de que el libro propone un recorrido entre otros posibles. Una retórica inútil, porque el valor básico de la antología es representar un conjunto a través de una selección de sus elementos más destacados, y los lectores no estarán tan atentos a los autores elegidos como a los que han sido olvidados.

En Los mejores cuentos argentinos (1999), Sergio Olguín organizó una votación entre escritores y críticos y luego eligió los textos en base a los resultados de la encuesta. Pero el gesto democrático no le ahorró las polémicas. El tiempo, a veces, aporta el editing final. Maximiliano Tomas hizo una convocatoria nacional para periodistas menores de 40 años y con cinco de experiencia en medios gráficos para editar La Argentina crónica (2007). El libro trataba de mostrar un panorama objetivo de un género que, paradójicamente, reivindica la subjetividad; su desactualización aportó un inesperado testimonio sobre el desarrollo del campo que pretendió abarcar. Diez años antes, Héctor Libertella reunió en 11 relatos argentinos del siglo XX a César Aira, Copi, Luis Gusmán, Osvaldo Lamborghini, María Moreno y Néstor Sánchez, entre otros autores de una “antología alternativa” que hoy puede leerse como una prefiguración del canon vigente.

En el origen y en el porvenir

En el principio de la literatura argentina hubo no una sino dos antologías. En 1822 un decreto del gobernador Martín Rodríguez ordenó que se hiciera una colección de las poesías publicadas desde 1810 para “elevar el espíritu público” y “hacer constar el grado de buen gusto en literatura a que este país ha llegado en época tan temprana”. Así surgieron la Colección de Poesías Patrióticas y La lira argentina, volumen preparado por Ramón Díaz del que se imprimieron dos mil ejemplares en París y que mostró, con los poemas de Bartolomé Hidalgo, “la base de sustentación de las primeras enunciaciones de una literatura nacional”, según dice Martín Prieto en Breve historia de la literatura argentina (2006).

Las antologías también persiguen fines pedagógicos. Según  Adolfo Bioy Casares, la intención de la Antología de literatura fantástica (1940) que preparó con Borges y Silvina Ocampo fue revalorar la forma del cuento ante el avance de la novela psicológica. La preocupación por la coyuntura le jugó una mala pasada a los mismas antólogos en su selección siguiente, Antología de poesía argentina (1941); en este caso, la embestida contra el martinfierrismo y la vanguardia les llevó a decir que Ezequiel Martínez Estrada era “nuestro mejor poeta contemporáneo”.

En Diez cuentos policiales (1953), Rodolfo Walsh registró el primer desarrollo del género en la Argentina, y una novedad: el público admitía la posibilidad de que la ficción transcurriera no ya en Londres o en París sino en Buenos Aires. La antología inauguró una serie que podría cerrarse con Cuentos policiales argentinos (1997), donde Jorge Lafforgue reordenó el canon y propuso, a la vez, nuevos interrogantes para ponerlo en cuestión: la pregunta por los límites del género y en particular por las formas del policial en relatos no policiales (Las fieras, editada por Ricardo Piglia en 1999, avanzó en esta dirección) y el reconocimiento de los textos por venir. “En estos últimos años se han publicado varias novelas policiales que, a mi entender, están configurando un período distinto, nuevo, pero sobre el cual no tengo suficientes elementos”, dijo Lafforgue, y en esa frase prenunció una antología que todavía no se hizo.

De colección

La antología fue la forma básica de las diversas bibliotecas que el Centro Editor de América Latina puso en el mercado. Un precursor ignorado de estas políticas editoriales fue, entre fines de los años 50 y mediados de los 60, Ediciones Culturales Argentinas, con su colección Antologías. Un título extraordinario de esa serie fue La traducción literaria. Antología del poema traducido (1965), obra en tres volúmenes preparada por Lysandro Z. D. Galtier. El primer tomo incluyó un ensayo del antólogo y una compilación de textos sobre la traducción que incluyó los estatutos de la Federación Internacional de Traductores (1956) y un discurso donde el papa Pío XII se pronunciaba contra la traducción literal; el segundo, 586 poemas de autores latinos, griegos, persas, hindúes, hebreos, franceses, etc., traducidos al español por 213 escritores argentinos; el tercero, el más asombroso, reunió a 78 autores nacionales traducidos a otros idiomas, desde Estanislao del Campo hasta Alejandra Pizarnik. “Là! Je commence à chanter/ aux accents de la guitare./ Car l’homme qui perd le Somme/ d’une peine extraordinaire,/ comme l’oiseau solitaire/ se console à sa chanson”, traducía entonces Marcel Carayon el comienzo del canto de Martín Fierro. En la misma colección apareció Humorismo argentino (1961), de Luis Alberto Murray, primera antología de autores que “de un modo u otro tienen que ver con el humorismo”. La selección iba desde Juan Cruz Varela, redescubierto como primer humorista de la literatura nacional, hasta los escritores de Tía Vicenta e incluía, entre otros, a Ernesto Sabato; el escritor apesadumbrado era leído como humorístico en Uno y el universo.

El deporte y sobre todo el fútbol, el erotismo, la ciencia ficción (a partir de La ciencia ficción en la Argentina, de Marcial Souto, 1985) han tenido sus recopilaciones. Las antologías también permitieron visualizar géneros ocultos, como El terror argentino, donde Elvio E. Gandolfo y Eduardo Hojman anotaron que “la elección del terror como zona central de una obra nunca echó raíces en la literatura argentina central”, o reconfigurar un corpus, como hizo Florencia Abbate en Una terraza propia, antología de jóvenes escritoras que partía de criticar los lugares comunes sobre feminismo y juventud. En los últimos años las antologías son menos genéricas que temáticas: historias de boxeo, de trenes, de Perón, de tango, de cuentos brevísimos, de viajes, de amor, sobre el tabaco, de antiguas crónicas policiales, sobre los barrios de Buenos Aires, son algunos de los tópicos invocados para reunir a autores heterogéneos en un libro.

Las omisiones no son errores sino elecciones constitutivas. Ninguna selección sería posible sin el más amplio olvido de textos y autores. “Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad”, anotó Jorge Monteleone en 200 años de poesía argentina. Un problema que la antología por venir aumentará con nuevas exclusiones.

En Ñ, 26 de enero de 2012.

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