lunes, 18 de febrero de 2013

Escrito con letra de hormiga

Sobre El collar de arena, de Beatriz Vallejos, Editorial Municipal de Rosario / Ediciones UNL, Rosario / Santa Fe, 2012.

En diversas ocasiones Beatriz Vallejos aclaró que sus diferentes libros y plaquetas conformaban un solo libro, El collar de arena. El título condensaba ideas y circunstancias significativas en su reflexión y en su vida: la poesía entendida en sentido artesanal, por un lado, y a la vez como conocimiento de lo infinito; el recuerdo de los orígenes ("el pueblo donde nací tiene las calles de arena") y la persecución de lo inasible como objeto de escritura. La obra reunida que publican la Editorial Municipal de Rosario y Ediciones UNL retoma esa concepción y permite apreciar, por primera vez, el conjunto de una obra que hasta hace muy poco circulaba de manera dispersa y restringida.

Con edición de Daniel García Helder (apenas se lee su nombre en los créditos), el tomo de la EMR y la UNL continúa entonces la primera edición de El collar de arena (1980), donde Vallejos dejó de lado sus dos primeros títulos, Alborada del canto (1945) y Cerca pasa el río (1952) e incluyó La rama del seibo (1963), Otros poemas (escrito en 1969), el libro de título homónimo y La poesía es una llama perenne. Ahora se agregan los libros de poesía posteriores a esa fecha, una serie de textos en prosa —en parte inéditos— que "dan cuenta de la sostenida reflexión de Beatriz Vallejos sobre el sentido de la experiencia humana y de la creación artística", una cronología y un dossier de imágenes, la mayoría desconocidas.

Al mismo tiempo la edición propone una nueva diagramación de los poemas, que "implica un ensayo de interpretación de las tendencias generales de la poética de Beatriz Vallejos, en la que el espacio en blanco que rodea a la letra impresa es de suma importancia". En ese marco "el criterio no fue homogeneizar todos los niveles sino reconocer las singularidades y variantes de una poesía que se resiste a la aplicación de una normativa demasiado rigurosa".

A la luz crepuscular
La incorporación de las prosas, bajo el título "Transparencia y misterio", es uno de los aciertos de la edición, ya que permite apreciar un conjunto diverso de textos que Vallejos escribió a lo largo de su vida y en los que expone su visión de la poesía, el paisaje, la propia formación y la relación con la pintura. También sitúa episodios centrales en su constitución como escritora, con lo que el libro renueva las posibilidades de lectura de la obra: las experiencias de infancia con el río; la revelación inducida por una pintura de Supisiche, a los 16 años; la amistad con Felipe Aldana, a quien conoció en 1943, cuando se radicó en Rosario; las enseñanzas del imaginero chileno Carlos Valdés Mujica, quien le transmitió el oficio de la pintura en laca; el contacto con pintores y poetas afines.

La inocencia y la humildad son valores fundantes en la percepción del mundo que anima esta poesía. Vallejos atiende no sólo a lo pequeño y aparentemente insignificante sino también —en una perspectiva que la hermana con Juan L. Ortiz— a lo que no se hace visible ni tiene voz, pero forma parte del entorno. En comunión con las cosas minúsculas, escribe con "letra de hormiga" y descifra los signos microscópicos del universo: "Pequeño es mi paso a la luz crepuscular/ Anónimo en el día que invade", escribe en "De lejos voy, viniendo", un poema de La rama del seibo.

Contemplar, en esta perspectiva, no es ubicarse como un espectador sino implicarse íntimamente con aquello que aparece ante la mirada. La percepción poética supone un acto de profunda comprensión del otro, que se concreta en un ser con el otro, ser el otro, y así "hablar con otros es andar el mar". Las cosas del paisaje no significan tampoco en términos pintorescos o exóticos sino en tanto revelan circunstancias decisivas de la propia existencia: "Los patos silvestres/ surcan un aire antiguo.// También mis pensamientos/ se van. La lejanía/ no me abandona// La lejanía queda en mí", escribe Vallejos en un poema de Horario corrido (1983).

La creación y la destrucción se asocian en el río, vector del paisaje que reconoce como propio. Su primera referencia son las historias de inundaciones devastadoras, que le transmitieron los padres. Pero al mismo tiempo, dice, "el Gran Padre Río lleva nuestra explicación, nuestro sentido de la existencia".

El poema "Pequeñas azucenas en el patio de marzo" (1985) ofrece otra clave: "no es tinta/ ni papel/ ni significado// una palabra me sostiene/ en medio de mí". No porque se trate de tal o cual palabra, sino porque esa palabra permanece replegada sobre sí misma, contenida en el silencio. Escribir, dice en varios de sus textos en prosa, supone extremar el cuidado de las palabras, para que no se desvanezcan en frases retóricas y produzcan el hecho poético, es decir, un objeto construido con palabras que se sustrae al paso del tiempo.

A la vez en el horizonte de esta obra se sitúan emociones y cosas que son inaccesibles al lenguaje, o que sólo pueden formularse de manera defectuosa en palabras. "Estoy llorando —dijo Vallejos en una entrevista de Enrique Butti—. Y eso, ¿cómo se escribe"? Esa misma pregunta es la que orienta una búsqueda en la que las palabras parecen insuficientes: "nombrar el viento en su color más vivo, sorprender el reflejo del sol que me parecía acordeonista del río", como pretende, ponen en cuestión los recursos convencionales del escritor y explican, en su caso, el interés por la pintura en laca.

En el prólogo del libro, Celia Fontán subraya el significado que tuvo Vallejos para poetas de otras generaciones: "El acercamiento a sus poemas —recuerda— iba dejando en muchos de nosotros una forma diferente de concebir el hecho poético". Esos vínculos pueden seguirse en los textos, donde se asocian tanto los más jóvenes (en las dedicatorias, en las citas, en los diálogos tramados a partir de determinados versos o libros) como aquellos que permitieron abrir un camino propio (en la memoria, en los reconocimientos).

Beatriz Vallejos hizo de su obra y de su vida un poderoso centro de relaciones. Descubrió lo universal sin alejarse de su casa. "Y quiero para mí esta conclusión —dijo—: era tan de aquí que parecía de otra parte".

En Señales, 17 de febrero de 2013.

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