martes, 26 de marzo de 2013

Una recompensa de sentido




En la provincia de Santa Fe hubo una poeta que se llamó Beatriz Vallejos. Nació en 1922, en la capital de la provincia, y murió en 2007, en Rosario. A partir de la década de 1940, publicó libros y plaquetas de poesía que circularon de manera restringida, entre sus allegados y un pequeño círculo de lectores. En 2001 apareció una antología de su obra en Buenos Aires, El cántaro. Pero ni aun así alcanzó la difusión que merecía. A fines de 2012, la Editorial Municipal de Rosario y la editorial de la Universidad Nacional del Litoral publicaron su obra reunida, El collar de arena, que permite apreciar por primera vez el conjunto de su escritura, una de las más importantes en la poesía argentina contemporánea.

Pero Beatriz Vallejos nunca se preocupó por la escasa repercusión de su obra. No se quejó tampoco por no haber recibido ningún premio importante, ni pidió que se ocuparan de ella como hacen los autores ávidos de publicidad y seguramente el desconocimiento que todavía le dedican las grandes revistas y suplementos culturales le hubiera merecido poco más que una sonrisa irónica. “Lo más humilde es seguir –dijo en la última entrevista que concedió-. No la moda, no la estridencia, sino una decantación, como la gotita de agua, ahí viene lo cristalino… Y lo otro, lo otro no vale pena recogerlo”. Su situación no fue excepcional ni se explica por algún designio extraño: fue la misma suerte que corrieron a su turno Juan L. Ortiz –“el poeta que ignoraron”, como tituló Francisco Urondo la entrevista que le hizo para el diario La Opinión-, Jorge Leónidas Escudero, Juan Carlos Bustriazo Ortiz, Juan Manuel Inchauspe y otros escritores que trabajaron sus obras con un compromiso y un rigor que terminaron por volverlos incómodos. Esas obras exigen del lector un tiempo y una dedicación que no hacen falta para leer otros libros; pero a cambio ofrecen una recompensa de sentido y emoción únicas, inolvidables.

En Acción nº 1.118, segunda quincena de marzo.

lunes, 18 de marzo de 2013

El escritor oculto


Un escritor logra ubicarse entre los finalistas de un concurso literario con su primera novela. Es el premio más codiciado del país, el que significa, además de una buena cantidad de plata, la consagración. Entonces se presenta a una beca que le permitirá publicar la obra en una editorial importante. Sin llegar a enterarse de que la ganó, se suicida arrojándose desde el balcón de su departamento. Más de diez años después, el vacío que se abre entre aquellos reconocimientos y el trágico final persiste como uno de los enigmas que rodea la figura de Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952-1996).

La reedición de El traductor, el libro con el que estuvo a punto de ganar el premio Planeta en 1995, fue preparada desde su aparición por el progresivo descubrimiento del autor y de una obra considerada entre las mejores novelas de la literatura argentina. La apuesta más arriesgada de Eterna Cadencia, el sello editor, fue publicar al mismo tiempo El camino total, “técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio” según el retumbante subtítulo, que Benesdra dejó inédito. Decisión notable en un ámbito como el editorial, donde el riesgo suele importar mucho menos que la búsqueda de ganancias; y además acertada, porque ambos textos fueron escritos en la misma época y los puntos de conexión entre ambos, que ahora se pueden apreciar, permiten comprender mejor el alucinante universo del autor.

Ricardo Zevi, ex militante trotskista empleado en una editorial que cultiva un perfil progresista, es el protagonista y narrador de El traductor. La acción transcurre entre fines de los 80 y principios de los 90; la época de la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y el comienzo de la globalización. Zevi ha recibido un encargo extraño para la línea de la editorial, la traducción de un texto del ensayista Brockner, “una especie de neonazi repugnante, pero inconcebiblemente lúcido”. Pero la empresa comienza a introducir cambios en su política laboral, una “reestructuración” que no es más un subterfugio para reducir la planta, anular derechos de los trabajadores y, en última instancia, producir un vaciamiento. Al mismo tiempo, Zevi conoce a Romina, una adventista salteña con la que mantiene una relación con eje en el sexo, o más bien en los problemas de frigidez de la chica, que literalmente enloquecen al protagonista.

La crítica ácida a las poses progresistas, las disquisiciones sobre la izquierda marxista y en particular la focalización sobre el doble discurso de la editorial, que pretende auspiciar “una nueva izquierda en los tiempos del poscomunismo” mientras aplica políticas neoliberales con sus empleados, representan algunos de los pasajes brillantes de El traductor. Zevi proviene de la militancia autoproclamada de vanguardia, que se propone concientizar a los demás y se queda solo e incomprendido en sus posiciones. El punto de inflexión de la novela es el momento en que viaja en taxi y se entera por la radio de la caída de Mijail Gorbachov: es el fin de un mundo, de su mundo, y lo que queda es “un gigantesco agujero”.

Zevi recurría a fantasías, y su pensamiento derivaba ocasionalmente en el delirio, pero entonces sufre un brote: su personalidad se desdobla, es hablado intermitentemente por otra voz, se identifica con un falso mesías y obliga a Romina a prostituirse como un medio para vencer la frigidez, pero también para dar rienda suelta a su voyeurismo. La ciudad de Buenos Aires se convierte en un laberinto donde el personaje se pierde al punto de llegar al Hospital Borda. Pero puede escapar, revisar su experiencia y encontrar la verdadera salida, cuando renuncia a la editorial, negocia una indemnización y se convierte en taxista: es el escape de un mundo en ruinas, que está desplomándose y que amenaza con sepultarlo bajo sus escombros.

El recorrido del personaje puede ser contado también con los términos que Benesdra apunta en El camino total: Zevi va del plano de las fantasías al de la acción, al punto en que puede “enfrentar de manera directa la realidad”. Las referencias a Oriente y en particular a Japón que aparecen en la novela se amplifican en el libro de autoayuda, donde las lecturas de budismo zen se asocian con textos de neurología y biología y también con referencias literarias y artísticas para producir un libro inclasificable.

El camino total puede ser considerado un texto de autoayuda del mismo modo que El traductor es una novela: Benesdra socava las convenciones de cada género para dar forma a textos desmesurados. Su lectura es ideológica, porque desmonta la retórica de la autoayuda y procede contra los trucos habituales que buscan inflar la autoestima y vender filosofías de bolsillo. Pero al mismo tiempo hay unas pretensiones que parecen desmedidas y acaso puedan explicarse como recursos, ciertamente ingenuos, para colocar el libro en el mercado, desde el título hasta la pretensión de que el camino total -un método que Benesdra da por supuesto antes que explicar sistemáticamente- es una superación del zen. El suicidio se filtra constantemente en sus reflexiones, como imagen de lo opuesto a la experiencia que se propone; y a la vez es imposible dejar de referirlo en el doble sentido de expresiones reiteradas como “la búsqueda del vacío”. Benesdra pone a prueba los límites de la literatura.

En Acción nº 1.118, segunda quincena de marzo de 2013.

Drogas: la prohibición que fracasó

En 2011 Pablo Ascolani se licenció en kinesiología y fisiatría, en la Universidad Nacional de San Martín, con una tesis sobre el uso de cannabinoides para tratar síntomas comunes a enfermedades neurológicas. El estudio se vincula con su trabajo como secretario de la Asociación Rosarina de Estudios Culturales (Arec), entidad que "aboga por la militancia y la lucha para la implementación de un nuevo paradigma en políticas de drogas, basado en un discurso científico actualizado y veraz que respete los derechos humanos y las garantías constitucionales de los ciudadanos".

Arec fue invitada a participar en los debates de la nueva ley de drogas que se dieron en el Congreso nacional. Además asesora a la Junta Nacional de Drogas, en Uruguay, donde se proyecta la legalización de la marihuana. Como extensión a la comunidad, recibe consultas sobre el uso terapéutico y el cultivo de cannabis.

La desinformación, los mitos y los prejuicios rodean a las drogas ilegales. Por eso, Arec realiza actividades de divulgación científica, para "devolver proporcionalidad a la visión del uso de sustancias psicoactivas en nuestra sociedad, algo que está largamente confundido", dice Ascolani. Así, "tenemos una droga como el alcohol que es extremadamente tóxica y genera mucho daño social. La marihuana no tiene nada de eso y sin embargo se ve como algo más perjudicial. Un tratamiento o una ley de drogas proporcional tendría que impedir la publicidad de alcohol y de psicofármacos. Como en Australia, no tendría que haber marcas de cigarrillos sino venderse el tabaco en paquetes con información sobre los riesgos, y todas las otras sustancias ilegales deberían estar reguladas. Desde Arec afirmamos que la prohibición de las drogas fracasó. Con esto no decimos que las drogas ilegales sean buenas o de consumir; no, son tóxicas, pero la toxicidad genera muchos más problemas sociales que si estuvieran reguladas y esto es lo que proponemos como solución al conflicto de las drogas".

—¿Cómo ven la distinción que se hace entre las drogas legales como el tabaco y el alcohol y las ilegales como la marihuana?
—No hay diferencia farmacológica entre drogas legales e ilegales. La diferencia es puramente política, pero se ha generado un imaginario muy arraigado, porque la desinformación se arrastra desde hace muchos años. Está clarísimo que el alcohol genera alteraciones cognitivas, disminución en el coeficiente intelectual, problemas de salud graves, conductas de riesgo. Si bien, como toda sustancia, un pharmakon puede ser una medicina o un veneno de acuerdo a cómo se lo utilice, nos encontramos con una sustancia como el cannabis que es mucho menos tóxica que otras. Por otra parte, no vamos a ayudar a alguien que es adicto al paco, por ejemplo, si lo procesamos y lo metemos preso. No se puede considerar como criminal a alguien que tiene un padecimiento. La actual ley de drogas, entonces, no solo vulnera los derechos humanos de los usuarios de drogas sino que también vulnera el derecho a la salud de las personas que tienen un problema con esas sustancias. El cambio de la ley no tiene tanto que ver con la mucha o poca toxicidad de las drogas sino con la ineficacia en lograr sus objetivos. Las drogas más tóxicas generan más daño cuando están prohibidas. La actual ley de drogas generó además una profunda corrupción en las instituciones. Es tan serio que generó un terrorismo de Estado porque las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de estupefacientes se recuestan en estructuras del Estado, tanto en la policía como en el poder judicial. La manera de revertir este problema es que el Estado blanquee esa relación y que todos como ciudadanos podamos beneficiarnos de este mercado, tan boyante por lo ilegal.

—La prohibición del consumo de drogas le conviene, en primer lugar, al narcotráfico.
—Puntualmente. Los que están decididamente en contra de la legalización son por un lado el narcotráfico y por otro lado algunos sectores ultraconservadores, que previamente se han opuesto al voto universal, al voto femenino, al divorcio, al matrimonio igualitario, y que ahora se oponen al aborto y a la despenalización de las drogas, cuando es la única salida racional a este problema.

—¿No hay un cambio social en relación a la marihuana? Ahora hay una cultura cannábica más visible y menos estigmatizada.
—Sí, ha habido un cambio notable en Argentina y también a nivel mundial. El padre del prohibicionismo, EEUU, hoy tiene diecisiete estados donde el cannabis es accesible bajo usos terapéuticos —en realidad, el 80 por ciento de las personas que concurren a los dispensarios no son pacientes— y tiene dos estados donde se ha legalizado el uso recreativo. En America latina hay hasta gobiernos de la derecha, como el de Guatemala, que ven que no hay posibilidad fuera de la legalización para mantener el orden interno.

—¿Qué usos terapéuticos tiene la marihuana?
—Los usos aprobados, de acuerdo a lo que la ciencia considera una comprobación de la eficacia del producto, son sobre el síndrome de pérdida de peso y emaciación muscular que se dan en el VIH y en el cáncer avanzado; la prevención de náuseas y vómitos asociados a quimioterapia por cáncer y síntomas de esclerosis múltiple como dolor neuropático y la espasticidad. Otros países lo hacen extensivo a enfermedad más comunes, como los accidentes cerebrovasculares o los lesionados medulares. Hay muchos estudios —correctamente realizados pero que no reúnen el número suficiente de pacientes para que pase a ser una indicación en el prospecto— que la hacen potencialmente efectiva en otras enfermedades, muchas autoinmunes, muchas neurodegenerativas, porque se ve que principalmente la actividad de los cannabinoides pasa por una actividad antiinflamatoria, inmunomoduladora —no inmunosupresiva—, neuroprotectiva, analgésica. Los usos potencialmente son muchos, pero se está avanzando más que nada en la investigación de cannabinoides sintéticos y no tanto en relación al uso del cannabis en sí o a los cannabinoides botánicos. Si bien hay una formulación que se llama Sativex, que se basa en el cannabis y ha avanzado sobre el dolor por cáncer. En el uso como neuroprotector no tenemos sustancias que sean útiles, y entonces el cannabis podría prevenir el Alzheimer, el Parkinson, mejorar ese tipo de enfermedades que cursan con neurodegeneración u otras enfermedades autoinmunes como artritis reumatoria, esclerosis lateral amiotrófica, asma y enfermedades gastrointestinales autoinmunes.

—¿Qué opinan sobre los proyectos para cambiar la ley de drogas?
—El mejor realizado es el que presentó Aníbal Fernández y que realizó un grupo de expertos. El proyecto deroga y rehace la ley actual de drogas. Hay otro, consensuado entre Victoria Donda, Diana Conti y Ricardo Gil Lavedra, que mejora el de Fernández en el tema del autocultivo y del consumo personal, porque quedaba a criterio del juez si las plantas que tenía una persona eran o no para consumo personal. La mayor parte del arco político acuerda con la despenalización de la tenencia para el consumo.

En Señales, 10 de marzo de 2013.

sábado, 9 de marzo de 2013

Valiant IV


El último auto que tuvo mi abuelo fue un Valiant. No recuerdo el modelo pero ahora miro la página cocheargentino.com.ar y me parece que era un Valiant IV. Sí me acuerdo que era de color gris. Un color gris suave. Y que, a veces, cuando iba a visitarlo al campo donde vía, salíamos a dar una vuelta, con mi abuela.

En esa época mi abuelo ya estaba un poco perdido y no veía bien. Quizá el antes y el después fue en la primavera de 1973, cuando la juventud agraria de Cañada Rica le dio una placa, una hermosa placa dorada, en la que lo reconocía como el agricultor más antiguo. Fue como si le dieran la jubilación. Me acuerdo de que usaba unos lentes con un marco enorme y que sus ojos parecían muy chiquitos, aunque brillaban, inquietos. La abuela le decía que se fijara bien por dónde iba, cuando salíamos del campo por el camino que llevaba a Cañada Rica, y él chistaba, levantaba los hombros, como si dijera “por favor” o “dejáme de joder”. Pero aferraba el volante como un náufrago se agarra de un pedazo de madera, iba como colgado, un poco inclinado hacia delante, y posaba su vista en las vacas, las quince o veinte vacas reunidas campo adentro a la sombra del único monte.

Si había algo que no tenía que ver con mi abuelo era la ciudad. Había pasado toda su vida en el campo. Para él, el campo había sido no sólo el lugar donde criarse, donde aprender las cosas elementales, donde empezar a mirar el mundo, sino también el lugar donde enamorase, donde trabajar, donde pensar su futuro. La ciudad, para mi abuelo, remitía a sucesos extraordinarios (fuera de la vida cotidiana, quiero decir), y a transmisiones filiales. Cuando acompañó a su padre, hasta Rosario, para buscar el Ford A que habían comprado, uno de los primeros autos que recorrieron esa zona de la provincia de Santa Fe, por ejemplo; o cuando llevó a su hijo, también a Rosario, para que lo operaran de apendicitis, y tuvieron que salir de urgencia en una noche de tormenta.

El primer Ford inauguró una devoción por esa manera que se transmitió a través de las generaciones en mi familia. A mi abuelo le gustaban más las carreras de autos que el fútbol. Había que elegir entre Ford y Chevrolet, no se podía estar al margen. Los pilotos muertos eran mártires, estaban presentes, sus fotos en diarios viejos circulaban por la casa como estampitas religiosas. Domingo Bucci, por ejemplo. El Ford era un auto para todos los días, para ir al pueblo, para recorrer el campo; los fines de semana, en el tiempo del ocio, esa norma se relativizaba, y mi abuelo se permitió comprar otras marcas, por ejemplo Valiant. Me acuerdo de su andar vacilante, lento, demorado por los pozos y las cortadas en el camino de tierra, ese estilo de manejo que tenía mi abuelo en sus últimos tiempos.

jueves, 7 de marzo de 2013

Un libro que rompió los moldes

La primera alusión se encuentra en una carta a Jean Barnabé, fechada el 17 de diciembre de 1958: "Terminé una larga novela que se llama Los premios, y que espero leerán ustedes un día. Quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos". Ese libro futuro, en el que comenzaba a pensar Julio Cortázar, no era sino Rayuela, la novela o antinovela que terminaría por publicar en 1963, y que se convirtió en un texto central del boom de la literatura latinoamericana en la década del 60.

Desde entonces hasta ahora la valoración de la obra y la figura de Cortázar ha tenido diversas formulaciones en las historias de la literatura y en las opiniones de los escritores. "El mejor Cortázar es un mal Borges", dijo César Aira, quien además lo redujo a representar "el escritor de la iniciación, el de los adolescentes que se inician en la literatura y encuentran en él —y yo también lo encontré en su momento— el placer de la invención". Fabián Casas le contestó en un ensayo: "Cortázar tiene razón. Quiero que vuelva. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones"; y su voto fue por Rayuela cuando la revista Letras Libres le preguntó por el título de una obra maestra que no hubiera leído, pero sí tal vez mencionado en alguna entrevista.

La escritura de Rayuela puede seguirse en la correspondencia de Cortázar. En otra carta a Barnabé, del 27 de junio de 1959, pasó en limpio sus ideas iniciales: "Cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género". Y el 30 de mayo de 1960, también al francés: "No es una novela, pero sí un relato muy largo que en definitiva terminará siendo la crónica de una locura. Lo he empezado por varias partes a la vez, y soy a la vez lector y autor de lo que va saliendo... La cosa es terriblemente complicada, porque me ocurre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes diferentes, o los mismos pero cambiados... Me propongo empezar por el final y mandar al lector a que busque en diferentes partes del libro, como en la guía del teléfono".

El 19 de agosto de 1960 le habló por primera vez de Rayuela a Francisco Porrúa, el editor que la publicó en Sudamericana: "Un día le pediré que lea lo que estoy haciendo ahora, y que es imposible de explicar por carta. Ignoro cómo y cuándo lo terminaré; hay cerca de cuatrocientas páginas, que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero que quizá desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra".

Terminó de escribirla en mayo de 1962. Las dudas del principio y la desconfianza hacia los editores ("No me imagino a Sudamericana publicando eso", le escribió a Porrúa en agosto de 1961) habían dejado lugar al entusiasmo: "será una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana", le advirtió al poeta y traductor Paul Blackburn.

Aurora Bernárdez, esposa y luego albacea de Cortázar, fue la primera lectora del libro. A Francisco Porrúa se le ocurrió que la ilustración de tapa debía ser el dibujo de una rayuela. El resto lo hicieron y lo siguen haciendo los lectores.

En Señales, 3 de marzo de 2013.

miércoles, 6 de marzo de 2013

El partido de la transparencia

Una vuelta a los orígenes. Así podría considerarse la edición de Diálogos azules, un libro de Orlando Calgaro (1937-1986) publicado en La Paz, Entre Ríos, su ciudad natal, que vuelve a poner en circulación la obra del poeta, abogado y editor del sello rosarino La Ventana.

La edición —una selección de poemas publicados por Calgaro en El país de los arroyos— tuvo lugar en el marco de un homenaje realizado en la Biblioteca Provincial de Entre Ríos. Dos actividades que tuvieron como impulsor a Marcelo Faure, director de la Biblioteca y coordinador de la Editorial de la Cooperativa Cultural Cabayú Cuatiá, que publicó Diálogos azules.

Calgaro nació en La Paz, pero se radicó desde joven en Rosario. Se recibió de abogado en la entonces Universidad Nacional del Litoral. Entre 1962 y 1968 dirigió la revista La Ventana, y a partir de ese año una editorial con el mismo nombre. Publicó los libros de poesía Punto de partida (1968), Los métodos (1970), Además el río (1972), La vida en general (1974) y El país de los arroyos (1979) y los ensayos La Constitución Nacional de 1949 (1975) y Forja: cuarenta años después (1976).

El título Diálogo azules proviene del poema "El jardín de Don Tomás". Marcelo Faure cuenta cómo se gestó el libro y el sentido que los editores le asignan.

—¿Cómo surgió la idea de publicar un libro de Orlando Calgaro?
—Me parece importante reeditar a Calgaro porque su trabajo no es conocido en su ciudad natal y tampoco se encuentran sus libros en las bibliotecas escolares u hogareñas. También es una forma de documentar cierta voz que desentona con las voces más fuertes de La Paz, que son menos luminosas aunque más difundidas. La idea de hacer el libro surgió cuando en la Cooperativa Cultural Cabayú Cuatiá decidimos publicar una colección de Poesía del Litoral denominada "Paraná Medio". Primero editamos a dos escritores jóvenes contemporáneos: C. Monti (Un jardín rodeado de animales muertos) y Lucía Blanc (Sábados Circulares). Siguió Orlando Calgaro (Diálogos Azules) y luego Erwin Galliussi (Persía).

—¿Qué poemas integran el libro?
Diálogos Azules es una selección de poemas de El País de los Arroyos: "Arroyo del minuto", "El Jardín de Don Tomás", "El País de los arroyos", "Arroyo de las alas", "La patria del sauce", "La carpa hacia el este", "El Palmar", "Los mates de papá", "El pago de los cardenales" y "El dolor de las plantas". Además hay un completo epílogo de Guillermo Ibáñez. El criterio de selección fue puramente intuitivo. Agradezco la colaboración de Laureano Asoli.

—¿Qué recuerdos hay de Calgaro en La Paz?
—Luego de hurgar en las memorias, descubrimos que en La Paz se recuerda nítidamente "El bar de Calgaro", la despensa y despacho de bebidas que tenía su padre en el barrio puerto —entre el río Paraná y el arroyo Cabayú Cuatiá. Un lugar cordial y de encuentro. Queda un puñadito de parientes y conocidos. Nos costó bastante encontrar una foto original suya.

—¿Qué cosas te parecen especialmente significativas en la poesía y en la vida de Calgaro?
—Entiendo que la belleza de su palabra ligada a la Naturaleza y a lo Simple es un trampolín al descubrimiento de nuevos sentidos más superadores. Encuentro un entorno lleno de vitalidad que moldea y penetra las acciones humanas; es así que lo humano no puede transcurrir solo racionalmente, sin tener conciencia de que hay otras cosas buenas casi mágicas que motivan más que el cálculo y la medición. "Calgaro toma partido por la transparencia", afirma Leónidas Lamborghini en la contratapa de Punto de partida. Otra cosa que me llamó la atención es su salida por la tangente del abogado y del juez, sus profesiones; quizás haciendo caso a lo dicho por Raúl Gustavo Aguirre en El joven poeta: "El que sabe que la vida es filosa y tiene que cortar". Estos dos versos existenciales que dedica a Juanele me gustan mucho: "Dijo no preocuparle el lugar/ donde lo sorprendiera la muerte".

Textos de y sobre Orlando Calgaro en el sitio web de la Biblioteca Provincial de Entre Ríos: http://www.entrerios.gov.ar/biper/Calgaro.html Colección Paraná Medio: http://poesiaentrerriana.blogspot.com.ar

En Señales, 3 de marzo de 2013.

martes, 5 de marzo de 2013

Basado en hechos reales


Sobre ¿Quién te creés que sos?, Ángela Urondo Raboy, Capital Intelectual, 2012, 280 páginas.


Ser o no ser es una de esas frases más trilladas del lenguaje común. Sin embargo, escrita por Ángela Urondo Raboy, leída en el marco de su biografía, recupera su carga de sentido, esa densidad borrada a fuerza de repeticiones y de usos distraídos. El eje de su libro es justamente la búsqueda por la cual pudo saber quién era, al reconstruir su propio pasado y el de su familia, y recuperar su identidad. Una historia que comenzó el 16 de julio de 1976, cuando un grupo de tareas de la dictadura asesinó a su padre, Francisco Urondo, e hizo desaparecer a su madre, Alicia Raboy, en Guaymallén, Mendoza, y que tuvo una fuerte reparación el 6 de octubre de 2011, la fecha en que ex militares y policías responsables de esos y otros crímenes de lesa humanidad fueron condenados por la justicia.

El libro reúne documentos policiales y judiciales, fotos, fragmentos de otros libros (la carta de Rodolfo Walsh que relató la primera versión no oficial sobre los hechos, un testimonio de Lili Masaferro, a propósito de la sanción que recibió Urondo de Montoneros por su relación con Raboy), cartas, crónicas personales, recuerdos, poemas, relatos de sueños. El orden no podía ser cronológico: “Mi sensación es que nací en ese momento abstracto en que las piezas dejaron de no-encajar, cuando pude empezar a reconectar lo que había sido disociado”, dice Ángela Urondo Raboy. El comienzo se sitúa entonces a los 20 años, la edad en que la historia de sus padres comenzó a salir a luz, después de haber sido ocultada por quienes la adoptaron.

Contar esa historia es armar un rompecabezas donde cada pieza, por minúscula que parezca, tiene algo para decir. En el centro se encuentra la figura de la madre, todavía poco conocida, a diferencia del padre, muy presente en la historia política y cultural de la Argentina. Esa es una de las preocupaciones en la reconstrucción que emprende la hija, desde el momento en que el destino final de Alicia Raboy todavía no ha sido determinado. Testimonios de familiares y ex compañeros de militancia, el fragmento de una nota publicada en el diario Noticias, donde trabajó y conoció a Urondo, apuntan en ese sentido a recuperar la parte menos visible de los acontecimientos. El otro señalamiento insistente del libro es el hecho de que las reflexiones y las narraciones del terrorismo de Estado soslayan la situación de los niños que fueron víctimas de la dictadura, como detenidos-desaparecidos, rehenes o testigos de los vejámenes sufridos por sus padres.

El relato tiene además el valor de corregir circunstancias que se daban por sentadas y que son erróneas. La justicia, así, estableció que la muerte de Urondo no fue por ingerir una pastilla de cianuro (una versión funcional a la imagen de los militantes políticos difundida por la dictadura) sino como efecto del culatazo que le propinó el policía Celustiano Lucero. Un rastreo de los códigos de justicia de Montoneros, además, permite inferir que la sanción que recibió el escritor y determinó su traslado a Mendoza fue mal aplicada, lo que agrega otro interrogante a un aspecto todavía pendiente de investigación, como la situación de Urondo ante los dirigentes de la organización armada, después de ser desplazado de la dirección del diario Noticias y de plantear públicamente, en su último texto publicado en vida, la desconfianza que provocaban los intelectuales críticos en ambientes de la militancia.

En estas palabras encarno mi recuperación y duelo por la enorme pérdida”, dice Ángela Urondo Raboy. No es una metáfora: la memoria evoca aquí al arte del tatuaje, un registro imborrable y luminoso que inscribe en el cuerpo el dolor y a la vez la celebración de ser.

En Ñ, 1º de marzo de 2013.

lunes, 4 de marzo de 2013

Holmberg, el observador fiel


Sobre Viaje a Misiones, de Eduardo L. Holmberg (Universidad Nacional del Litoral – Universidad Nacional de Entre Ríos, 2012)

La literatura del siglo XIX asoció la figura del científico con la del aventurero. En la confluencia del saber y de la ficción, surgió el viajero que se exponía en una región poco conocida, deshabitada, con la misión de producir un saber cuyo valor estaba dado por su utilidad en términos prácticos, pero que también se internaba en los dominios de la imaginación. Eduardo Ladislao Holmberg (Buenos Aires, 1852-1937) aparece como un ejemplo de ese personaje, y su Viaje de Misiones, reeditado después de más de un siglo, constituye al respecto un registro extraordinario.

En 1875 el gobierno nacional proyectó por ley la exploración científica de los territorios nacionales, para relevar las tierras despojadas a los pueblos originarios y las zonas todavía desconocidas del país. Con ese auspicio Holmberg recorrió Chaco, Corrientes y Misiones en 1886 y publicó el libro, un texto rigurosamente inclasificable que atraviesa la crónica, el relato costumbrista y el informe especializado, probablemente en 1889. La Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos lo reeditaron como parte de la colección El país del sauce, en una edición que cuenta con introducción, cronología, bibliografía y un sabroso apéndice de notas, todo a cargo de Sandra Gasparini.

Holmberg inicia su libro con una nota dirigida a la Academia Nacional de Ciencias, la institución que lo sostuvo en la empresa y de la que participó desde sus orígenes. Pero el interlocutor que más le interesa es otro: se trata de un lector “amable”, “discreto”, “curioso”, con quien comparte, más que el saber, la inquietud. A través de reiteradas apelaciones, construye la hipótesis de un lector cómplice, un otro a su imagen y semejanza, que lo acompaña no sólo en el viaje sino que lo habilita a desviarse del discurso científico convencional. Esta figura aparece con nitidez en un pasaje singular, una especie de rapto delirante en que Holmberg dialoga consigo mismo y en ese desdoblamiento intuye la cercanía de “otros mundos ignorados de los que apenas puedo entrever los vestigios esparcidos y las bellezas casi veladas”.

En la nota a la Academia, aclara que no ha mentido “una sola vez”, pero a la vez advierte que tampoco escribe un informe aséptico. Por el contrario, pone en juego conscientemente su subjetividad, y cada vez que puede, en el relato del viaje, justifica su procedimiento. El problema que más le preocupa es la escritura, el estilo entendido como cortesía con el lector; sus modelos no son precisamente los eruditos de las disciplinas sino los grandes autores de la literatura clásica y de la literatura europea. Las anécdotas, las “pinceladas”, son una exigencia para aventar el “fantasma pedagógico”. Con argumentos que prefiguran discusiones actuales en la crónica, sostiene que “la característica del viajero se impone en la investigación” y moldea su percepción y sus narraciones. No son las únicas proyecciones de este libro, ya que contiene, como indica Sandra Gasparini, matrices productivas de la literatura posterior, desde Horacio Quiroga a Rodolfo Walsh; y además remite al carácter de Holmberg como iniciador del relato fantástico y policial en la Argentina. Las notas de la editora, por otra parte, revelan que la pretensión de verdad no se cumple, ya que Holmberg niega ser masón, contra la abrumadora documentación que prueba lo contrario.

En el primer capítulo, antes de partir, Holmberg explicita un recorrido que va a contramano de los criollos deslumbrados por Europa; en lugar de París, como sus contemporáneos, prefiere viajar a Misiones, “esa tierra misteriosa” que siente más propia. A la vez, su narración del paisaje está sostenida en la experiencia, en lo que conoce y observa en las etapas de su exploración, y en la lectura de los viajeros que lo precedieron, un corpus de textos presente en la narración. Estos viajeros son, en su mayoría, extranjeros, y prácticamente no están traducidos al castellano; pero sus voces, en el relato de Holmberg, no definen lugares de autoridad sino otros interlocutores cuyas impresiones y testimonios están a prueba, que son confirmados o desmentidos de acuerdo a la propia experiencia, en igual sentido que los discursos cristalizados sobre los lugares y fenómenos más diversos del territorio, como el Salto de Apipé, “sobre el que tanto se ha hablado”, o la existencia del salmón argentino. Holmberg traduce esos informes para su “amable lector”, y el movimiento, la primera apropiación de aquellos discursos extranjeros, su nacionalización, está conectado con la desconfianza que le inspiran, en general, los relatos científicos, que encuentra pomposos, desprovistos de humor y, en definitiva, inverosímiles. Se aprende más en los viajes, dice, que a través de las enciclopedias, porque estos textos están escritos por autores que ni siquiera conocen las regiones de las que hablan.

Pero al mismo tiempo, con sus excentricidades, es un hombre de su época y comparte la visión del mundo de la generación del 80. La adscripción de Holmberg queda clara cuando relata su visita al ingenio de Rudecindo Roca, hermano de Julio A. Roca y gobernador del Territorio de Misiones, que tenía como mano de obra esclava a más de un centenar de indígenas pampas y araucanos traídos desde la isla Martín García y que fue acusado por la masacre de un grupo que intentó escapar del cautiverio. Holmberg condena al crimen en abstracto, pero justifica la matanza concreta y sobre todo desvincula a Rudecindo Roca de la responsabilidad de las muertes.

El relato científico tradicional aspira a apropiarse del espacio que recorre y pretende descubrir. En lejana sintonía, Holmberg anticipa un futuro en que las potencialidades de la región podrán concretarse, en caso de mediar una instancia política. Pero las observaciones que más le interesan lo distraen de tales especulaciones. Es “el maravilloso mundo de lo infinitamente pequeño” lo que lo fascina: las abejas –a las que clasifica en un minucioso cuadro sinóptico-, el isondú o gusano de luz, icono de ese universo, los arácnidos, el mosquito negro, “los preciosos escarabajos carniceros”. Un conjunto al que dedica deliciosos pasajes de su obra. Como el absurdo no lo preocupa, recomienda sombreros japoneses para prevenirse del sol. Expone el miedo que sintió al perderse en el bosque misionero, porque no rehúsa la confesión y cree que las emociones deben ser expresadas “porque ellas forman también escuela” y contienen enseñanzas de igual valor que las del razonamiento y la observación. La ciencia, dice, debe ponerse al servicio de la poesía.

La reedición de Viaje a Misiones no supone una curiosidad arqueológica sino la recuperación de un texto que resulta actual. El escritor pionero se impuso al científico, y esa preeminencia mantiene vigente al relato de Holmberg, con una gracia pocas veces alcanzada en la literatura argentina.

En Ñ, 1º de marzo de 2013.