martes, 5 de marzo de 2013

Basado en hechos reales


Sobre ¿Quién te creés que sos?, Ángela Urondo Raboy, Capital Intelectual, 2012, 280 páginas.


Ser o no ser es una de esas frases más trilladas del lenguaje común. Sin embargo, escrita por Ángela Urondo Raboy, leída en el marco de su biografía, recupera su carga de sentido, esa densidad borrada a fuerza de repeticiones y de usos distraídos. El eje de su libro es justamente la búsqueda por la cual pudo saber quién era, al reconstruir su propio pasado y el de su familia, y recuperar su identidad. Una historia que comenzó el 16 de julio de 1976, cuando un grupo de tareas de la dictadura asesinó a su padre, Francisco Urondo, e hizo desaparecer a su madre, Alicia Raboy, en Guaymallén, Mendoza, y que tuvo una fuerte reparación el 6 de octubre de 2011, la fecha en que ex militares y policías responsables de esos y otros crímenes de lesa humanidad fueron condenados por la justicia.

El libro reúne documentos policiales y judiciales, fotos, fragmentos de otros libros (la carta de Rodolfo Walsh que relató la primera versión no oficial sobre los hechos, un testimonio de Lili Masaferro, a propósito de la sanción que recibió Urondo de Montoneros por su relación con Raboy), cartas, crónicas personales, recuerdos, poemas, relatos de sueños. El orden no podía ser cronológico: “Mi sensación es que nací en ese momento abstracto en que las piezas dejaron de no-encajar, cuando pude empezar a reconectar lo que había sido disociado”, dice Ángela Urondo Raboy. El comienzo se sitúa entonces a los 20 años, la edad en que la historia de sus padres comenzó a salir a luz, después de haber sido ocultada por quienes la adoptaron.

Contar esa historia es armar un rompecabezas donde cada pieza, por minúscula que parezca, tiene algo para decir. En el centro se encuentra la figura de la madre, todavía poco conocida, a diferencia del padre, muy presente en la historia política y cultural de la Argentina. Esa es una de las preocupaciones en la reconstrucción que emprende la hija, desde el momento en que el destino final de Alicia Raboy todavía no ha sido determinado. Testimonios de familiares y ex compañeros de militancia, el fragmento de una nota publicada en el diario Noticias, donde trabajó y conoció a Urondo, apuntan en ese sentido a recuperar la parte menos visible de los acontecimientos. El otro señalamiento insistente del libro es el hecho de que las reflexiones y las narraciones del terrorismo de Estado soslayan la situación de los niños que fueron víctimas de la dictadura, como detenidos-desaparecidos, rehenes o testigos de los vejámenes sufridos por sus padres.

El relato tiene además el valor de corregir circunstancias que se daban por sentadas y que son erróneas. La justicia, así, estableció que la muerte de Urondo no fue por ingerir una pastilla de cianuro (una versión funcional a la imagen de los militantes políticos difundida por la dictadura) sino como efecto del culatazo que le propinó el policía Celustiano Lucero. Un rastreo de los códigos de justicia de Montoneros, además, permite inferir que la sanción que recibió el escritor y determinó su traslado a Mendoza fue mal aplicada, lo que agrega otro interrogante a un aspecto todavía pendiente de investigación, como la situación de Urondo ante los dirigentes de la organización armada, después de ser desplazado de la dirección del diario Noticias y de plantear públicamente, en su último texto publicado en vida, la desconfianza que provocaban los intelectuales críticos en ambientes de la militancia.

En estas palabras encarno mi recuperación y duelo por la enorme pérdida”, dice Ángela Urondo Raboy. No es una metáfora: la memoria evoca aquí al arte del tatuaje, un registro imborrable y luminoso que inscribe en el cuerpo el dolor y a la vez la celebración de ser.

En Ñ, 1º de marzo de 2013.

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