lunes, 4 de marzo de 2013

Holmberg, el observador fiel


Sobre Viaje a Misiones, de Eduardo L. Holmberg (Universidad Nacional del Litoral – Universidad Nacional de Entre Ríos, 2012)

La literatura del siglo XIX asoció la figura del científico con la del aventurero. En la confluencia del saber y de la ficción, surgió el viajero que se exponía en una región poco conocida, deshabitada, con la misión de producir un saber cuyo valor estaba dado por su utilidad en términos prácticos, pero que también se internaba en los dominios de la imaginación. Eduardo Ladislao Holmberg (Buenos Aires, 1852-1937) aparece como un ejemplo de ese personaje, y su Viaje de Misiones, reeditado después de más de un siglo, constituye al respecto un registro extraordinario.

En 1875 el gobierno nacional proyectó por ley la exploración científica de los territorios nacionales, para relevar las tierras despojadas a los pueblos originarios y las zonas todavía desconocidas del país. Con ese auspicio Holmberg recorrió Chaco, Corrientes y Misiones en 1886 y publicó el libro, un texto rigurosamente inclasificable que atraviesa la crónica, el relato costumbrista y el informe especializado, probablemente en 1889. La Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos lo reeditaron como parte de la colección El país del sauce, en una edición que cuenta con introducción, cronología, bibliografía y un sabroso apéndice de notas, todo a cargo de Sandra Gasparini.

Holmberg inicia su libro con una nota dirigida a la Academia Nacional de Ciencias, la institución que lo sostuvo en la empresa y de la que participó desde sus orígenes. Pero el interlocutor que más le interesa es otro: se trata de un lector “amable”, “discreto”, “curioso”, con quien comparte, más que el saber, la inquietud. A través de reiteradas apelaciones, construye la hipótesis de un lector cómplice, un otro a su imagen y semejanza, que lo acompaña no sólo en el viaje sino que lo habilita a desviarse del discurso científico convencional. Esta figura aparece con nitidez en un pasaje singular, una especie de rapto delirante en que Holmberg dialoga consigo mismo y en ese desdoblamiento intuye la cercanía de “otros mundos ignorados de los que apenas puedo entrever los vestigios esparcidos y las bellezas casi veladas”.

En la nota a la Academia, aclara que no ha mentido “una sola vez”, pero a la vez advierte que tampoco escribe un informe aséptico. Por el contrario, pone en juego conscientemente su subjetividad, y cada vez que puede, en el relato del viaje, justifica su procedimiento. El problema que más le preocupa es la escritura, el estilo entendido como cortesía con el lector; sus modelos no son precisamente los eruditos de las disciplinas sino los grandes autores de la literatura clásica y de la literatura europea. Las anécdotas, las “pinceladas”, son una exigencia para aventar el “fantasma pedagógico”. Con argumentos que prefiguran discusiones actuales en la crónica, sostiene que “la característica del viajero se impone en la investigación” y moldea su percepción y sus narraciones. No son las únicas proyecciones de este libro, ya que contiene, como indica Sandra Gasparini, matrices productivas de la literatura posterior, desde Horacio Quiroga a Rodolfo Walsh; y además remite al carácter de Holmberg como iniciador del relato fantástico y policial en la Argentina. Las notas de la editora, por otra parte, revelan que la pretensión de verdad no se cumple, ya que Holmberg niega ser masón, contra la abrumadora documentación que prueba lo contrario.

En el primer capítulo, antes de partir, Holmberg explicita un recorrido que va a contramano de los criollos deslumbrados por Europa; en lugar de París, como sus contemporáneos, prefiere viajar a Misiones, “esa tierra misteriosa” que siente más propia. A la vez, su narración del paisaje está sostenida en la experiencia, en lo que conoce y observa en las etapas de su exploración, y en la lectura de los viajeros que lo precedieron, un corpus de textos presente en la narración. Estos viajeros son, en su mayoría, extranjeros, y prácticamente no están traducidos al castellano; pero sus voces, en el relato de Holmberg, no definen lugares de autoridad sino otros interlocutores cuyas impresiones y testimonios están a prueba, que son confirmados o desmentidos de acuerdo a la propia experiencia, en igual sentido que los discursos cristalizados sobre los lugares y fenómenos más diversos del territorio, como el Salto de Apipé, “sobre el que tanto se ha hablado”, o la existencia del salmón argentino. Holmberg traduce esos informes para su “amable lector”, y el movimiento, la primera apropiación de aquellos discursos extranjeros, su nacionalización, está conectado con la desconfianza que le inspiran, en general, los relatos científicos, que encuentra pomposos, desprovistos de humor y, en definitiva, inverosímiles. Se aprende más en los viajes, dice, que a través de las enciclopedias, porque estos textos están escritos por autores que ni siquiera conocen las regiones de las que hablan.

Pero al mismo tiempo, con sus excentricidades, es un hombre de su época y comparte la visión del mundo de la generación del 80. La adscripción de Holmberg queda clara cuando relata su visita al ingenio de Rudecindo Roca, hermano de Julio A. Roca y gobernador del Territorio de Misiones, que tenía como mano de obra esclava a más de un centenar de indígenas pampas y araucanos traídos desde la isla Martín García y que fue acusado por la masacre de un grupo que intentó escapar del cautiverio. Holmberg condena al crimen en abstracto, pero justifica la matanza concreta y sobre todo desvincula a Rudecindo Roca de la responsabilidad de las muertes.

El relato científico tradicional aspira a apropiarse del espacio que recorre y pretende descubrir. En lejana sintonía, Holmberg anticipa un futuro en que las potencialidades de la región podrán concretarse, en caso de mediar una instancia política. Pero las observaciones que más le interesan lo distraen de tales especulaciones. Es “el maravilloso mundo de lo infinitamente pequeño” lo que lo fascina: las abejas –a las que clasifica en un minucioso cuadro sinóptico-, el isondú o gusano de luz, icono de ese universo, los arácnidos, el mosquito negro, “los preciosos escarabajos carniceros”. Un conjunto al que dedica deliciosos pasajes de su obra. Como el absurdo no lo preocupa, recomienda sombreros japoneses para prevenirse del sol. Expone el miedo que sintió al perderse en el bosque misionero, porque no rehúsa la confesión y cree que las emociones deben ser expresadas “porque ellas forman también escuela” y contienen enseñanzas de igual valor que las del razonamiento y la observación. La ciencia, dice, debe ponerse al servicio de la poesía.

La reedición de Viaje a Misiones no supone una curiosidad arqueológica sino la recuperación de un texto que resulta actual. El escritor pionero se impuso al científico, y esa preeminencia mantiene vigente al relato de Holmberg, con una gracia pocas veces alcanzada en la literatura argentina.

En Ñ, 1º de marzo de 2013.

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