sábado, 9 de marzo de 2013

Valiant IV


El último auto que tuvo mi abuelo fue un Valiant. No recuerdo el modelo pero ahora miro la página cocheargentino.com.ar y me parece que era un Valiant IV. Sí me acuerdo que era de color gris. Un color gris suave. Y que, a veces, cuando iba a visitarlo al campo donde vía, salíamos a dar una vuelta, con mi abuela.

En esa época mi abuelo ya estaba un poco perdido y no veía bien. Quizá el antes y el después fue en la primavera de 1973, cuando la juventud agraria de Cañada Rica le dio una placa, una hermosa placa dorada, en la que lo reconocía como el agricultor más antiguo. Fue como si le dieran la jubilación. Me acuerdo de que usaba unos lentes con un marco enorme y que sus ojos parecían muy chiquitos, aunque brillaban, inquietos. La abuela le decía que se fijara bien por dónde iba, cuando salíamos del campo por el camino que llevaba a Cañada Rica, y él chistaba, levantaba los hombros, como si dijera “por favor” o “dejáme de joder”. Pero aferraba el volante como un náufrago se agarra de un pedazo de madera, iba como colgado, un poco inclinado hacia delante, y posaba su vista en las vacas, las quince o veinte vacas reunidas campo adentro a la sombra del único monte.

Si había algo que no tenía que ver con mi abuelo era la ciudad. Había pasado toda su vida en el campo. Para él, el campo había sido no sólo el lugar donde criarse, donde aprender las cosas elementales, donde empezar a mirar el mundo, sino también el lugar donde enamorase, donde trabajar, donde pensar su futuro. La ciudad, para mi abuelo, remitía a sucesos extraordinarios (fuera de la vida cotidiana, quiero decir), y a transmisiones filiales. Cuando acompañó a su padre, hasta Rosario, para buscar el Ford A que habían comprado, uno de los primeros autos que recorrieron esa zona de la provincia de Santa Fe, por ejemplo; o cuando llevó a su hijo, también a Rosario, para que lo operaran de apendicitis, y tuvieron que salir de urgencia en una noche de tormenta.

El primer Ford inauguró una devoción por esa manera que se transmitió a través de las generaciones en mi familia. A mi abuelo le gustaban más las carreras de autos que el fútbol. Había que elegir entre Ford y Chevrolet, no se podía estar al margen. Los pilotos muertos eran mártires, estaban presentes, sus fotos en diarios viejos circulaban por la casa como estampitas religiosas. Domingo Bucci, por ejemplo. El Ford era un auto para todos los días, para ir al pueblo, para recorrer el campo; los fines de semana, en el tiempo del ocio, esa norma se relativizaba, y mi abuelo se permitió comprar otras marcas, por ejemplo Valiant. Me acuerdo de su andar vacilante, lento, demorado por los pozos y las cortadas en el camino de tierra, ese estilo de manejo que tenía mi abuelo en sus últimos tiempos.

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