viernes, 31 de mayo de 2013

Un hombre invisible





Hace 50 años, en junio de 1963, apareció en Buenos Aires la primera edición de Rayuela, de Julio Cortázar. La novela, o “contranovela”, como la llamó el autor en alusión a sus propósitos de ruptura con la forma tradicional del género, tuvo una recepción despareja por parte de la crítica. Algunos medios le dedicaron elogios, en comentarios superficiales, pero el suplemento literario de La Nación, el más prestigioso del momento, la denostó e incluso revistas que convocaban a las nuevas generaciones, como El escarabajo de oro, criticaron el libro y lo juzgaron inferior a la producción de Cortázar como cuentista. Sin embargo, de un modo hasta inesperado por el propio escritor, Rayuela sintonizó con preocupaciones y búsquedas de la época y se convirtió en uno de los grandes sucesos de la industria editorial.

En ese proceso hubo actores más visibles que otros. La pregunta por Rayuela fue desde entonces obligada en los reportajes a Cortázar, y los lectores pudieron enterarse de sus ideas a propósito del orden salteado de lectura que propuso en el libro, la apelación al público joven y otras cuestiones. Mucho más desapercibido pasó el rol que tuvo Francisco Porrúa, el editor que presentó el manuscrito de Cortázar en Editorial Sudamericana, donde se publicó, y que supervisó cada paso de la edición. Porrúa resolvió detalles que parecen menores, pero resultaron fundamentales para la repercusión de Rayuela, como la concepción de la portada, el texto de contratapa que situaba la novedad del libro y el criterio de “dar aire” al libro separando los capítulos en página aparte. Además, bloqueó el intento de Sudamericana de colgarle una nota explicativa al libro –“una nota profiláctica”, se burlaba Cortázar- y, como si fuera el autor, se encargó de seguir las sucesivas correcciones de las pruebas, algo que Cortázar no podía hacer por estar en París. El éxito de Rayuela no hubiera sido completo sin Porrúa. Su figura evoca hoy la de los grandes editores argentinos, los que están atentos a la calidad de la obra por encima de las evaluaciones comerciales, convencidos de que no hay negocio perdurable sin nobleza de los productos. Una línea en la que se encuentran nombres como los de Boris Spivacow, Rubén Naranjo o Jorge Lafforgue, entre otros, e incontables libros de buena literatura.

En Acción, segunda quincena de mayo de 2013.

jueves, 30 de mayo de 2013

Pichincha, vergüenza y orgullo

En 1979, Roger Pla (Rosario, 1912-1982) le entregó a Syria Poletti una novela corta que llevaba como título El paisano Díaz. Por primera vez en su obra, la acción transcurría en su ciudad natal, en la década de 1920, en torno a un personaje mítico del barrio de Pichincha, Venancio Pascual Salinas (San Nicolás, 1888 - Rosario, 1963). El libro se publicó en forma póstuma, en 1985, y con otro título, Los atributos; nunca fue reeditado, pero perdura desde entonces como uno de los grandes textos de la literatura de Rosario.

La edición de Los atributos tuvo el carácter de un homenaje. Syria Poletti, Marco Denevi y Osvaldo Svanascini escribieron prólogos y testimonios y Orfilia Polemann un extenso estudio de la obra. La tapa fue compuesta por Rubén Naranjo, a quien Pla había tratado en la editorial de la Biblioteca Constancio C. Vigil, donde publicó otro de sus libros, Proposiciones (1969).

El personaje y su medio

El paisano Díaz —como llamaban a Salinas en los tugurios de Pichincha— inauguró su prontuario el 27 de septiembre de 1909 por causar heridas a un hombre, en Villa Constitución. Luego acumuló entradas por lesiones, atentado a la autoridad, desacato y dos homicidios, uno en zona rural del departamento Constitución y otro en Pérez. Tuvo tres condenas de prisión, fue rufián y matón a sueldo del radicalismo antipersonalista.

En 1929, cuando Ignacio Corsini visitó Rosario, el Paisano Díaz se prestó a hacerle una especie de visita guiada por Pichincha. Su nombre aparecía de vez en cuando en los diarios, por ejemplo en abril de 1925, cuando festejaba su cumpleaños y un chofer, Felipe Bach, intentó asesinarlo a balazos, o en septiembre de 1931, cuando el mayor Carlos Ricchieri, que pretendía imponer orden en el barrio, lo hizo llevar preso por portación de armas.

Pla recrea la vida del personaje desde la ficción. Los atributos comienza cuando el narrador se entera a través de un primo, médico del Hospital Centenario, de la muerte del Paisano Díaz, y alcanza a contemplar su cadáver, "tirado de cualquier manera sobre la mesa de mármol". A partir de ese hecho, se desatan los recuerdos de juventud, cuando el narrador tenía 18 años, y su propio conocimiento de la historia y del lugar donde transcurrió.

Con el supuesto envión de la memoria, el narrador introduce la leyenda a partir del testimonio de un amigo, Tono, quien lo llevaba por la zona roja de entonces. Los sábados por la noche, dice, los tranvías pasaban repletos por el "barrio increíble, mezcla curiosa, para los rosarinos, de vergüenza y orgullo", y quedaban vacíos en la esquina de Salta y Pichincha.

Pla cita El camino de Buenos Aires (1927), de Albert Londres, una investigación sobre la trata de blancas que incluyó un capítulo sobre Rosario, y aunque no lo menciona pudo haber tomado información de Prostitución y rufianismo (1974), de Héctor N. Zinni y Rafael Ielpi. Lo cierto es que su reconstrucción del barrio es notablemente precisa en cuanto a las localizaciones (los boliches El Infierno Rojo, el Gianduia o La Carmelita y La Alameda, los prostíbulos Mina de Oro, Petit Trianon y Madame Safo, entre otros lugares) y a los pormenores del ambiente, como el sistema de las chapas, para cobrar los servicios de las mujeres, o las diferentes categorías de los prostíbulos.

La experiencia del autor también pudo inspirar la evocación del pasado de Rosario. Pla tenía poco más de 20 años cuando se abolió el sistema de la prostitución reglamentada (en 1933), y por otra parte, si no hay elementos autobiográficos, el narrador de Los atributos es un alter ego de la juventud, cuyos sentidos comienzan a desarrollarse con el descubrimiento de la literatura, "el hecho de haber empezado a escribir con toda la fiebre de esa edad, la misma con que me pasaba el tiempo devorando libro tras libro".

El mito aparece como proyecto de escritura —"magnífico argumento para una película que más tarde pensé alguna vez en escribir", dice el narrador, de la historia del Paisano— pero no para continuarlo, sino para producir un desplazamiento, una vuelta de tuerca que desarticula el estereotipo, lo rebaja y permite observar mejor al personaje que lo encarna y a su ambiente.

El relato recupera entonces la figura de Díaz, tal como puede seguirse en las versiones periodísticas: "Tiene gran ascendiente entre los tenebrosos (rufianes, en el lenguaje de la época), especialmente tratándose de polacos o argentinos. En cualquier asunto que se producía entre elementos del hampa era Díaz el encargado de arreglarlo", dice La Capital en una crónica publicada en 1925. Pla comienza por agregar detalles inaccesibles, por ejemplo un retrato físico del personaje: "un sujeto alto —imagina—, de hombros cargados, cara carnosa, corpulento pero de cintura estrecha, de pañuelo blanco al cuello, saco cruzado negro, entallado, pantalón de fantasía, sombrero sión, tipo Mitre, de ala quebrada sobre los ojos". Otros personajes de la leyenda son reanimados en el texto, por ejemplo Madame Safo, "como una marquesa, enarbolando su larga boquilla de espuma y virolas de oro", expresándose "en un español sin erres y con acentos mal colocados".

Recursos de la imaginación

A la vez, el Paisano de Los atributos parece compuesto según un modelo afín al del orillero de Borges y del cuento "Hombre de la esquina rosada". Díaz es la autoridad en un mundo donde la ley tiene una relativa incidencia; es un personaje temido, pero a la vez odiado, y debe mantener su lugar como lo ganó, "a punta de cuchillo", en duelo con otros compadritos.

El narrador adapta así libremente la pelea del Paisano con Felipe Bach y reelabora su historia a partir de los requerimientos de la ficción. Humillado ante la madama de un lupanar, Bach vuelve a hacerse presente para atacar a traición cuando Díaz toma una ginebra en un almacén sin molestar a nadie. Resulta además que el Paisano está casado y es absolutamente fiel —lo que parece una especie de absurdo, donde se ofrecen tantas mujeres— y para mayor misterio nadie conoce a su esposa, Iris.

En la mitología griega Iris es una mensajera y aquí se encuentra enigmáticamente relacionada con un pliegue de la historia que permanece velado. No es lo que ella dice lo que cuenta, sino su silencio, su extraña desaparición luego del fin del Paisano, como si hubiera algo oculto en su muerte y el chofer hubiera sido el ejecutor de una decisión que lo trascendía.

El personaje de la mujer es funcional para la resolución del relato, ya que se supone que el Paisano secuestró a Iris después de un sangriento duelo, en Villa Constitución, y la venganza está pendiente. Y sobre todo importa para los propósitos de Pla de destronar el mito, sugerido en el título del relato. Hay un secreto revelado por la muerte, y es que Díaz ha sufrido en carne propia esa otra ley que él mismo representaba, y que para el caso castiga a los violadores con la castración. Es lo que descubre al narrador al contemplar del cadáver y lo que agrega una vuelta todavía más ominosa en aquella historia extraída de los rincones más oscuros del pasado y de la memoria.

En Señales, 19 de mayo de 2013.