viernes, 14 de junio de 2013

Fuentes bien informadas


Las biografías de Roberto Arlt cuentan que una noche llamó por teléfono al escritor Córdoba Iturburu y le dijo. “Mirá, estoy aquí, en un café, con dos ladrones. Me están contando cosas, ¿no querés conocerlos?”. La anécdota no registra la respuesta de Córdoba Iturburu, pero ya no interesa demasiado. Lo significativo es la posición de Arlt, sus contactos y la disposición a escuchar. No importaba tanto quién estuviera enfrente, sino lo que pudiera decir; pero Arlt, a la vez, tampoco se sentaba a la mesa de cualquiera: había que tener una historia para confiar.

Si alguien tenía alguna duda, él se encargaba de aclarar el asunto con esas frases desfachatadas que todavía sorprenden y que conservan su capacidad de provocación: “socialmente me interesa más el trato de los canallas y los charlatanes que el de las personas decentes”. Por eso iba también a los cafés donde se reunían “algunos señores que trabajan de ladrones”, como apunta en una de sus crónicas, “para escuchar historias interesantes”. Porque Arlt no pensaba en términos de conveniencia o de formalidades sino como escritor y periodista que necesitaba, cada día, cuando llegaba a la redacción y el reloj marcaba la inminencia de la hora de cierre, un buen relato para sus lectores.

Las aguafuertes que publicó en el diario El Mundo contienen así, al pasar, observaciones y sugerencias que definen su método. Arlt construye su figura como la de un hombre que está en la calle, alerta a los hechos que se presentan, por más insignificantes que parezcan, y atento a lo que se dice y a la forma en que habla la gente, porque en el uso común del lenguaje se encuentran los recursos más potentes de la literatura. A veces no necesita más que una frase oída al pasar para poner en marcha su máquina de escribir. O el descubrimiento de una actitud o un gesto que no llamarían la atención de nadie. “Para vagar –dice- hay que estar por completo despojado de prejuicios y luego ser un poquitín escéptico”. Una fórmula que sigue rindiendo páginas magistrales.

Acción nº 1.123. Primera quincena de junio.

jueves, 6 de junio de 2013

Un juego de cajas chinas




Con novelas como Las viudas de los jueves (2005), Las grietas de Jara (2009) y Betibú (2011), Claudia Piñeiro se consagró como la escritora argentina de mayor éxito entre el público. Sin embargo, contra lo que sucede en el caso de los best sellers, sus libros no surgen de la repetición de fórmulas o del recurso a estereotipos de lectura fácil. Hay una dimensión de búsqueda y de prueba que persiste en cada caso y que sube la apuesta en Un comunista en calzoncillos.

El libro tiene dos partes y, como Rayuela, de Cortázar, se puede leer de dos maneras: en forma lineal o bien ir siguiendo la primera y abordar progresivamente la segunda a través de las referencias que se dan en el texto principal. El núcleo es "Mi padre y la bandera", un cruce de ficción y autobiografía que transcurre en Burzaco, durante el verano de 1976, en la época que va de los últimos días del gobierno de Isabel Perón a los primeros meses de la dictadura militar, y que puede asociarse a Elena sabe (2007), novela en que Piñeiro reelaboró otras circunstancias de su historia familiar, en particular relacionadas con su madre.

La narradora es aquí una niña en el tránsito de la infancia a la adolescencia. La figura del padre resulta central en su visión del mundo. Un padre que tuvo diversos trabajos, uno peor que el otro, como se dice, y que profesa el comunismo. Pero un comunismo de entrecasa, sin relación con ningún partido, sostenido en un par de ideas y principios algo difusos, que la hija intenta comprender y asumir, en medio de los requerimientos sociales: los reclamos de una comisión y las gestiones vecinales, en particular, para que se reconozca al monumento a la bandera de Burzaco como el primero en su tipo de la Argentina.

El padre aparece como una figura solitaria —"si él tenía verdaderos amigos yo no los conocía"— e incluso distanciada de su propia familia. La presencia de una tercera en discordia, una profesora de la escuela a que asiste la niña, desata una serie de sospechas y de sucesos de interpretación incierta. "El centro de mi mundo, aún, era mi padre, y ella ponía ese mundo en peligro", dice la narradora y como vemos las cosas a través de su mirada el sentido de sus observaciones está cargado de preguntas. El sexo y el amor son temas prohibidos en la casa, y así el gesto del padre de cambiar de canal cada vez que en la televisión hay alguna expresión de afectos encierra un pequeño misterio, un interrogante que se proyecta como una duda sobre la relación con la madre.

Lo familiar transcurre de esa manera en contradicción con el mundo exterior y las voces de apoyo a la dictadura. La niña no dice a qué se dedica su padre, ni qué piensa. Comunista es entonces una palabra que no se puede pronunciar. Pero el silencio es tanto un refugio como un peso que va haciéndose insoportable, en una tensión que se resuelve cuando la protagonista es elegida como abanderada para el desfile del 20 de junio. Un punto en que los dos mundos se enfrentan y cuya colisión ilumina una escena de aprendizaje, pequeña y conmovedora, en torno a los actos humanos.

Las referencias del relato llevan a los capítulos "Cajas chinas", la segunda parte: fotos familiares, recuerdos de los abuelos, otras historias asociadas con los padres, sueños, fragmentos de diarios y de otros libros. "La memoria es un juego de cajas chinas. Uno abre la primera y dentro esperan otras, casi hasta el infinito. Un hipervínculo que origina otra búsqueda en la necesidad de una certeza tal vez inalcanzable", dice Piñeiro en el epílogo.

Un comunista en calzoncillos recurre entonces a la historia personal, pero no es una autobiografía. En el final, por si alguien quiere sacarse las dudas, Piñeiro muestra algunas cartas y aporta datos para saber qué hay de memoria y qué hay de ficción en la novela. La diferencia, en última instancia, es difícil de percibir, desde que la memoria es relato y en tanto tal transforma los hechos en una versión personal e intransferible. Y la verdad es que no importa. "Los novelistas mentimos, pero la novela es lo más real que tenemos, no sé si para entender el mundo pero al menos para sentir que el mundo no nos engaña como quisiera", dice Piñeiro.

En Señales, 2 de junio de 2013.