lunes, 23 de septiembre de 2013

El cuerpo del delito


Nieta de inmigrantes polacos y empleada durante treinta años en el archivo de la Sociedad Israelita de Paraná, hasta que se volvió molesta por su interés en los prostíbulos judíos, Ruth Epelbaum vive en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires, y trabaja como detective. Las mujeres no solo son escasas en el oficio, sino que cuando aparecen en las intrigas policiales suelen estar del otro lado, el de los delincuentes. En la novela negra, "son la condición del crimen cuando no las criminales propiamente dichas: en todas las historias de Raymond Chandler las mujeres son las asesinas", dijo María Inés Krimer en una entrevista a propósito de su personaje, quizá el primero del policial construido a partir de una cuestión de género.
Pero Ruth Epelbaum tampoco está del lado de la ley. Es independiente de la policía y de la justicia. Tiene un amante, Hugo, con un pasado oscuro en la policía y precisamente esa situación la mantiene distante: "No me importa que sea un asesino —dice—. Lo que no soporto es que sea cana". Su ámbito de pertenencia es el grupo informal que integran otras mujeres: Gladys, su empleada y confidente; Lea, su prima, compañera de peluquería, y Lola, una amiga travesti.
En Siliconas express, segunda entrega de la saga después de Sangre kosher (2010), Ruth Epelbaum recibe la misión de encontrar a un tal Silveyra, un hombre con prontuario por contrabando de drogas en la Triple Frontera y trata de blancas en Santa Cruz. Lo extraño del caso es, en principio, que dos personas distintas le piden lo mismo: su amante, que trabaja como custodio en la clínica de un cirujano plástico, y un anestesista que cayó en desgracia después de la muerte de una paciente.
Vidal, el cirujano plástico, "el escultor de las estrellas", tiene una clínica especializada en implantes y operaciones estéticas. Su ícono es Marcia Tesoro, actriz de televisión que no es tan cabeza hueca como parece. De hecho, estará en el centro de las relaciones que Epelbaum comenzará a descubrir entre el traficante de drogas y el cirujano.
La búsqueda de un detective conduce por definición a la revelación de un mundo. En este caso se trata del mundo de la cirugía plástica: las operaciones de mamas, las liposucciones y los liftings. El oscuro revés de los modelos de belleza que impone la sociedad y que aquí se traduce en cadáveres. Una ficción sostenida en los espejismos de la revista Caras y las minuciosas notas explicativas de Cosmopolitan y que puede ser desbaratada con un golpe de sentido común, como el que aporta Gladys, la empleada de Ruth: "Todo el mundo tiene algo que ocultar, uno no atraviesa el mundo de los negocios sin ensuciarse". Y lo que se oculta está dentro de los cuerpos que pasan por las manos del prestigioso cirujano.
Al margen de la historia, Siliconas express presenta un complejo mundo de personajes, con guiños múltiples al lector del género. Vidal, fanático de las novelas policiales en general y de Ross McDonald en particular, tiene una buena biblioteca y es capaz de tomar una larga cita de Borges sin aclarar de dónde viene; Norita, una "mosquita muerta", se ofrece como ayudante de Epelbaum, aunque solo piensa en sí misma; Katz, el sombrío anestesista, es lector de Spinoza y piensa en escribir sobre la relación del filósofo con la Cábala.
Epelbaum pone todo entre preguntas, incluso su propia condición. "Acá los detectives tienen mala prensa —dice—. O son servicios o son canas. Para nosotros son tan raros Marlowe como Hércules Poirot y Miss Marple". No se siente cómoda con la tarea de ser una fisgona o de ponerse a buscar a alguien. Parte de la historia consiste, precisamente, en el modo en que logra inventarse como investigadora y convencer a un lector tan desconfiado como el argentino.
El origen judío del personaje es otro elemento importante en su definición. Narradora de su propia historia, Epelbaum habla una lengua con muchas palabras y expresiones provenientes del ídish. Los refranes de la bobe, además, están muy presentes. El rico tiene su inteligencia en la billetera, lo que es demasiado es insalubre, a cada respuesta se le debe encontrar una pregunta: pequeñas fórmulas de sabiduría anónima que la guían en momentos de confusión y redondean pasajes de gran escritura.
La construcción de la protagonista es todavía más intensa en sus puntos débiles: la atracción y el rechazo que le provoca Hugo, los diálogos con Gladys, su alter ego, no solo un auxiliar que aporta datos sino alguien capaz, como se dice, de batir la justa antes de que las cosas pasen. A Ruth le toca conectar los elementos de la trama que se van dando en forma dispersa hasta el inesperado final, cuando termina en una camilla rumbo al quirófano. Pero entonces intervendrá otra mujer.
"Mi religión es la lectura. Mi Dios, Tolstoi. También me gusta conocer la vida de héroes, como la de Mordejai Anilevich, el héroe del ghetto de Varsovia", dice Epelbaum. En sus deducciones como investigadora la literatura tiene una parte importante, desde un cuento de Scott Fitzgerald hasta otro de Patricia Higsmith, donde unos caracoles se comen a un hombre. Son compañías entre las que está a gusto, y donde puede situarse con pleno derecho, como el gran personaje que resulta ser.

En Señales, 22 de septiembre de 2013.

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