martes, 15 de octubre de 2013

"Mi poesía tiene que ver con querer estar en el mundo"






Publicado en Señales, Diario La Capital, el 20 de enero de 2013. Foto de Héctor Rio.

Dragon naturallyspeaking. Así se llama el programa de reconocimiento de voz con el que escribe Fabricio Simeoni. Sentado frente a su notebook, en su casa de barrio Fisherton, hace una demostración de su funcionamiento: “A trabajar -dice, y su tono de voz se hace apenas un poco más firme-. Dividir pantalla. Uno, ocho, tres. Mouse click. Nueva línea”. Hace una pausa y agrega, mientras en la página en blanco se compone el texto que dicta: “Muy buenas tardes. Estamos aquí con Osvaldo y Héctor realizando una entrevista para el diario La Capital”.

Simeoni nació en Rosario en marzo de 1974. Al año y medio se le detectó una atrofia espinal progresiva. Desde muy chico comenzó a escribir textos literarios. A partir de 1997, cuando participó por primera vez en una lectura pública de poemas, se convirtió en un activo protagonista de la cultura de Rosario, a través de su producción propia, de la organización de ciclos y espectáculos artísticos y de la participación en talleres y múltiples emprendimientos. Fue declarado artista distinguido de Rosario y de la provincia.

La obra de Simeoni comenzó con Cronos (artículos, 2000) e incluye, entre otros títulos de poesía, Agua virgen (2003), Sub (2004), Cavidades del recreo (con Fernando Marquínez, 2007, premio Felipe Aldana). El próximo 8 de febrero presentará en Plataforma Lavardén Circotimia, un espectáculo que asocia dos ciclos culturales de Rosario, Ciclotimia y Almacendefolk. Su producción se optimizó a partir de 2004, cuando empezó a utilizar el programa de reconocimiento de voz. “Me lo trajo un amigo de Estados Unidos _cuenta_. Mientras más lo uso, mejor funciona”.

-¿Antes cómo escribías?
-Había varias formas. Yo no puedo concebir ninguna forma escrituraria sin la lectura, entonces yo escribo leyendo. Tenía un atril y me ponían el libro. Mi casa siempre está llena de gente, es como un pueblo chiquito, están mis hermanos, los amigos de mis hermanos, mis primos, mis otros parientes, mi vieja y mi viejo, los vecinos. Siempre hay gente entrando y saliendo, y cada vez que alguien pasaba yo le pedía que me doblara la hoja. Y a veces le decía “agarrá ese papelito y tirá una línea”, les dictaba algo. Pero esta característica minimal, como uno tiene o dicen que uno tiene, porque todo el mundo dice que mis orígenes son minimalistas, tiene que ver con una especie de supervivencia del más apto. Claro, yo no podía escribir extenso, podía elaborar una frase o un párrafo de 50 líneas, pero si yo la dictaba la otra persona no podía recordar tal cual la idea. Entonces yo hacía todo un proceso mental de reducir al máximo: si eran 50 líneas, que quedaran en 10 y entonces esas diez sí las recordaba. Eso lo hacía de noche, cuando me acostaba. Y me había comprado un grabador de periodista. Entonces me encerraba en la habitación, ponía rec y play y dictaba durante 45 minutos. Después el proceso era más arduo porque necesitaba que una persona manejara el grabador y escribiera lo que yo le dictaba. Pero hasta los 17 años pude escribir solo, y que se me entienda. Uno de los motivos por los que dejé Ciencias Económicas, en cuarto año, fue que ya no me entendían la letra, y costaba mucho que las materias fueran orales

-¿Por qué estudiaste Ciencias Económicas? No tiene mucho que ver con la literatura.
-No sabés lo confundido que estuve. Mucha gente no me veía en esos ámbitos. Yo era primerizo, nunca me orientaron en una educación demasiado informal y algunos psicólogos que eran amigos no asesoraron demasiado bien a mis viejos, incluso les dijeron que no me mandaran a la Escuela Integral de Fisherton, porque era muy lúdica, para artistas, que yo necesitaba otra cosa. Entonces me mandaron a la escuela de curas, a la Stella Maris. Yo era bastante olfa, siempre salía abanderado. Hice un bachillerato con orientación matemática y contable y cuando terminé, con los mejores promedios, todo el mundo me decía que era el futuro ministro de economía. A los 17 años yo no había salido de la cáscara, mis viejos me apoyaban en todo y me dijeron “dale, te ayudamos”. Fui a Ciencias Económicas, con un esfuerzo enorme, porque el ascensor no funcionaba, nunca había clases, no podía cursarla.Siempre digo que a los 21 años yo tenía menos viajes que Kant, no conocía Funes, por ejemplo, que está a escasos metros de mi casa. El año pasado conocí el mar, estuve en Villa Gesell, y también la montaña.

-¿Cuándo empezaste a escribir?
-A los 13, 14 años. Pero en realidad empecé a escribir desde el momento en que empecé a leer. Cuando mi vieja me anota en jardín de infantes, el cura, con una mentalidad un tanto retrógrada, le dice “mire, yo le guardo un lugar en primer grado, pero cómo va a exponer a este chico a algo que sea todo el tiempo juego cuando el chabón no se mueve”. Mi mamá le hace caso, con tal de no perder el lugar. Me quedé en casa y mi tía Nora, que es maestra, ahora es directora de una escuela rural de Gualeguaychú, venía y me enseñaba a leer, a escribir, con cierta rigurosidad. Cuando yo tenía 5 años ya leía cuentos, y en primer grado ya había leído fragmentos de El Principito. Escribía pequeñas redacciones y tenía un diario íntimo, que me encantaba y que después, en la secundaria, escondía y hacía en mi casa, cuando estaba solo. Mucho me dio el hecho de buscar cosas a través de la música. Era una especie de bálsamo, de motor inmóvil. En mi casa estaba todo el tiempo escuchando música, cambiaba de género, un día heavy metal, otro día rocanrol. Que un disco que te parte la cabeza se llame Artaud hace que te preguntes quién fue Artaud. Así buscaba cosas en la época de la adolescencia.

-¿Cómo entendés la poesía minimalista, el género con el que definís tu escritura?
-La palabra y la identificación provienen más de definiciones que tienden a funcionar en términos sociologicos o politicos, no tanto artísticos. En mi caso yo lo tomo como una especie de modelo de reducir todas las figuras y las retóricas que puedan existir en un texto, al margen de que todo el tiempo uno esté buscando belleza, en términos que puedan ser más bien cotidianistas, habituales, intimistas. Lo entiendo como despojamiento. Una de las mejores películas que vi, Amores perros, termina con un epígrafe que pasa hasta desapercibido y dice: “porque también somos lo que hemos perdido”. Amores perros es pérdida todo el tiempo, desde que comienza. Yo creo que el minimalismo se relaciona con eso también. Mi poesía tiene que ver con esa adaptación que decía antes, con querer estar en el mundo, querer prevalecer, de alguna manera. No de imponerme al resto, aunque la voluntad de poder siempre hace un aporte. Simplemente para que se me faciliten las cosas, y el minimalismo me ha facilitado mucho.

-¿Cómo publicaste tu primer libro?
-Fue Cronos. Y puedo decir que estoy totalmente arrepentido de haberlo publicado. Es un libro lleno de lugares comunes. Yo estaba muy resentido con el periodismo, porque no había laburo, porque todo lo que hacía era ad honorem. Además no me llevaba bien con el lenguaje, me parecía que yo estaba en otro lado. Y había etapas de claustro en mí, a partir de búsquedas que tenían que ver con preguntas existenciales que prefería hacérselas a la literatura y no a un lenguaje meramente expresivo, que también me alejaban del periodismo. Podía leer a Galeano, pero cuando me sentía frustrado prefería leer a Bukowski. Podía leer a Umberto Eco, pero prefería a Sartre, toda la vida, y abstraerme un poco más. Las cosas no eran demasiado fáciles, para insertarme, y entonces vi el lenguaje literario como una opción más digna para salir.

-¿Cómo apareció esa salida?
-Abelardo Nuñez me propuso leer en bares. Entonces me empiezo a juntar con alguna gente. Mi primera lectura fue en La compuerta, el bar que estaba en la calle Entre Ríos y Santa Fe. Leí con Nahuel Marquet y con Marcos Ramos. Estaba la revista Los lanzallamas y Abelardo, que la dirigía, me vio tan triste y tan resentido que me dijo “me gustaría que le aportes algo a la revista desde lo periodístico, reseñas, críticas”. Después quedé como codirector. Estuvo buenísimo, me incentivó mucho. Fue mi primer acercamiento a la literatura. Cronos, entonces, fue una recopilación que hizo Abelardo Nuñez de cayetano de artículos periodísticos que hice para la revista de Cablehogar, la revista Papeles del Sindicato de Prensa, Cilsa, la revista Creciendo, de la Juventud Radical, donde Mónica Peralta siempre me publicaba cosas. Yo tenía 19 años, pero me daba vergüenza mostrar esos textos. Sin embargo, Abelardo Nuñez, con un grupo de alumnos que yo tenía en un taller que coordinaba con María Paula Alzugaray, juntó 800 dólares. Salieron 500 libros y se llenó la sala Lavardén y el libro se agotó ese día. Pero después nadie me quiso publicar el libro siguiente, Rey Piojo. Entonces vendí una silla de ruedas y lo publiqué. Si querés te cuento brevemente esa historia.

-Dale.
-Una mujer que era empleada doméstica de la familia Ardanaz, muy amigos míos, que me quería mucho, fue a trabajar a una empresa donde cada año le cumplían el sueño a uno de sus empleados. Esta mujer presentó el sueño de que yo tuviera una silla de ruedas a motor. Un día me viene a buscar y me dice “vamos al centro, hay unas promotoras que te quieren conocer por el libro Cronos”. Voy a un lugar, abren una puerta y me encuentro con un salón con 900 personas aplaudiendo y la silla de ruedas. Yo no sabía dónde meterme. Estaba feliz, pero claro, la señora no se dio cuenta que yo no muevo las manos. Apenas movía el pulgar. Pasó un año y yo veía la silla sin usar y decidí venderla. Se la vendí al cura del barrio, el mismo que no me dejó entrar en jardín. Primero la vino a buscar con (el represor Juan Daniel) Amelong, y cuando lo vi dije “no, ese señor no va a entrar en mi casa”. Le habíamos hecho un escrache a Amelong la semana anterior. Después el cura volvió solo, con un camioncito. Con la plata me compré la silla que uso ahora y una rampa para subir a camionetas, y edité el libro Rey Piojo, 250 ejemplares que se vendieron enseguida.

-¿Cómo es tu rutina de escritura?
-Hubo una serie de acontecimientos que determinaron que me afiance mucho en el oficio. Yo me iba a dormir muy mal si un día no le dedicaba al menos una hora. Pero hubo un momento en que me quedaba todo el día en casa, y en promedio le dedicaba diez horas. Hoy le dedico menos tiempo, pero con el programa que uso le meto correcciones, prólogos, hago más cosas. Ahora es muy desordenada mi vida literaria, porque mis trabajos son muy itinerantes. Estoy en el Irar, en la cárcel de mayores, en la de mujeres, en un centro de salud mental. Y en la muni y en la provincia, donde he sido tan respetado que todos los trabajos que me dan tienen que ver con lo literario: dar seminarios, charlas, o ir a leer. Aparte, cuando Iapos me da la opción del beneficio de tener una psicóloga _yo nunca había hecho terapia por una cuestión económica_, me da una como yo la quería, lacaniana, petisita, con buenas tetas (risas), y de una dulzura total. Después me empecé a aburrir _estudié también psicología, aunque no terminé_ y empezamos a leer hasta que se me fue acumulando una serie de cosas. Desde que tengo el programa actual mi producción se hizo prolífica. Hasta los 27 años yo había escrito cuatro libros, desde entonces hasta hoy he cuadriplicado mi producción.

-¿Cómo va a ser tu próxima presentación, en Plataforma Lavardén?
-Va a ser algo parecido a lo que hicimos en Buenos Aires con Coki Debernardis, en un ciclo que coordina Martín Pérez y que yo propongo desde que presento libros, para que no sea todo tan acartonado. La idea es mezclar dos ciclos. Por un lado Ciclotimia, que se hace desde hace dos años en Jekyll y Hyde, los martes. Soy parte de Tres Cabezas, los organizadores del ciclo, con Pablo Castro Leguizamón y Erika Arístides. El ciclo mezcla poesía, audiovisuales, teatro y música. Y por otro lado, el de Ber Stinco, en el Almacéndefolk, de zona sur (San Martín al 1600), que a las diez de la noche cierra sus puertas e invita a un músico y a un poeta. Son dos ciclos de lo más under, donde han pasado poetas prestigiosos y chicos que no habían leído nunca en público. El espectáculo se va a llamar Circotimia y va a estar la banda de Ber Stinco y habrá otras cositas, con la idea de intervenir el espacio de la terraza de la Lavardén: una muestra de fotos, algún stand up, alguna obrita pequeña y un acto poético performático con músicos. Así leo, pero no en la soledad del acto, sino acompañado.

-Pero siempre estás acompañado.

-Sí. Nadie me conoció solo. Obvio, hay una cuestión casi propia, que es la de depender de otro. Alguien que camina puede supuestamente acceder a determinadas cosas que yo no, en la silla. Es una cuestión biológica. La compañía se hizo para mí una especie de juego. Yo no me veo solo. Hace por lo menos diez años que me puedo haber soñado caminando. Ahora la gente me llama y me dice “Rengo, anoche soñé que caminabas”. Me encanta. Pero yo me sueño en la silla. Y acompañado, todo el tiempo.

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