viernes, 7 de febrero de 2014

Subrayados en La voluntad, de Miguel Ángel Petrecca


Sobre La voluntad, de Miguel Ángel Petrecca, Bajo la luna, Buenos Aires, 2013, 50 páginas.

1

En los poemas de La voluntad los ambientes interiores y los lugares públicos configuran una oposición. En realidad, el interior no significa tanto en sí mismo como en la confrontación con la calle. Retirarse de la calle aparece como el signo de un fracaso; replegarse hacia la intimidad no es posible sin la nostalgia del exterior y sin quedar reducido al rol de un espectador que balbucea lugares comunes. El exterior evoca, más que un paisaje, algo que se perdió, o que se realizó defectuosamente, una oportunidad desaprovechada que marcó para siempre una vida, algo que falló en el pasado y desestabiliza el presente.

2
La voluntad aparece como un libro de juventud. O como el invento de una manera de ser joven. O como el libro que clausura el período de la juventud.
La juventud es una de las marcas de la voz que habla en los poemas, un signo de identidad. Los otros, los viejos, “dicen boludeces”. El pasado, capital simbólico de los viejos, aquí no tiene valor.

3
“Tal vez sí estuviste a punto de descubrir algo,/ o tal vez no. El barrio está lleno de personas/ que miran desde las ventanas de sus bares”, dice Petrecca en “Ventanas”. La misma imagen se encuentra en “Novelista”, donde los “hombres que miran desde la ventana de un bar” conforman un coro.
En “Gorch”, la enunciación de una especie de proyecto de vida, el proyecto de un fracasado, cierra con el regreso “al único bar/ a ver caer el sol a través de los ventanales”.
“Clímax” sigue el derrotero de alguien que “tuvo razón varias veces en su vida/ pero nunca actuó en consecuencia” y por añadidura comprende que “cuando actuó inmediatamente deseó haber permanecido en el sitio junto a la ventana”. En “Cotorras”, el momento decisivo en la vida de un “hombre de acción” es “un segundo de duda”.
Todas estas suspensiones pueden vincularse con “Lección”, el último poema del libro. Al final del recorrido, dice Petrecca, no hay ninguna certeza: “Es como haber estado tomando carrera mucho tiempo/ para un salto que no termina nunca de producirse”.

4
Hay dos escenas de escritura. La primera, en “Poeta joven”, transcurre en un bar. El poeta en cuestión es el ingenuo, el romántico. Pudo escribir un poema, pero esto no es el signo de un logro sino de su incompetencia. Más que un trabajo de escritura lo que expone es una pose, y en consecuencia las ridiculeces en que incurren los poetas. Su fracaso, desde que tiene conciencia de las pavadas que dice, no obstante, puede ser un punto de partida.
“Poeta joven” también podría ser leído como una crítica a la idea de que la poesía se sostiene en cierta experiencia, de que basta haber padecido algo para tener de qué escribir. En el primer poema del libro, “Novelista”, la experiencia no depara ningún aprendizaje, ninguna historia; la experiencia no es un repertorio disponible sino algo que se perdió de modo inadvertido y que dejó apenas “como un inmenso depósito,/ donde flota, sin llegar a evocar nada, un perfume familiar”.
Y “Poeta joven” también podría ser leído como un episodio de iniciación; el poeta piensa, como ocurre cuando nos abruma la revelación de que los poemas que uno ha escrito son irremediablemente malos, el poeta piensa, digo, que ya no podrá escribir. Que la inspiración no existe, o que en todo caso nunca la tuvo.
La segunda escena, en “Hongos”, transcurre en un interior. El poeta interrumpe la escritura y sale a dar una vuelta. No logró escribir un poema, quiere distraerse. En el camino observa unos hongos sobre el tronco de un árbol y piensa en llevárselos, pero no lo hace. Los hongos remiten a la lluvia, y la lluvia, o la idea de la lluvia, resulta ser el tema de su escritura. El poeta repara en los hongos porque está pensando en algo relacionado; el poema orienta la percepción del mundo y a la vez el mundo encauza la dirección del poema.
Literatura y vida: en “Paisaje”, no son los papeles personales los que podrán decir algo sobre la vida de un hombre; más productivo sería recorrer el lugar donde vivió.

5
“Sonó la armónica del afilador con su piedra dulce/ girando sobre el manubrio de una bicicleta inglesa” (“La indiferencia”).

6
En “Novelista” se habla de una fuerza que obliga a caminar en redondo. Es un poco la forma de recorrer el interior de una pieza en “Cuatro cuartos”. El que camina en redondo no encuentra la salida. O busca la solución a un problema.

7
La voz de los poemas de Petrecca se dirige a un interlocutor difuso. Recién en el final esa figura adquiere contornos precisos. Es el maestro, el que leyó los primeros poemas y dejó una sanción ambigua, una especie de admisión y al mismo tiempo cierta distancia. El poema, a su vez, es un reconocimiento y una ruptura. “Lo que me enseñaste –escribe Petrecca-/ es más que lo que todos mis maestros juntos pudieron darme”. La enseñanza aparece relacionada con la corrección, la imperceptibilidad del esfuerzo en el resultado final, los recursos de la prosa. Pero esas prescripciones no conforman un saber. En poesía se comienza cada vez.

En Poesía argentina, www.poesiaargentina.com

lunes, 3 de febrero de 2014

Donde termina el mundo

Federico Ezequiel Gargiulo nació en Rosario en 1980. Pero sus recuerdos de la ciudad están un poco lejanos. Tenía diez años cuando se fue con su familia a Mar del Plata y después los estudios, las búsquedas profesionales y sobre todo el deseo de viajar lo llevaron más lejos. A Buenos Aires, primero, y a Ushuaia, después, donde vive y trabaja como escritor, editor y guía turístico. Un viajero nunca puede quedarse mucho tiempo, y ése es su caso, ya que la capital de Tierra del Fuego parece ser como una especie de base de operaciones, desde la que se proyecta a lugares poco y nada explorados de la Patagonia austral, las Islas Malvinas y la Antártida, “donde termina el mundo”, como dice uno de sus libros.

“En la diversidad de géneros que encierra el maravilloso mundo de la literatura, un tema en particular ha sabido captar mi interés: los viajes. Entre muchas otras mentes que brillaron, Stevenson, Conrad, Salgari, London y también Borges me llevaron, de la mano de sus palabras, a recorrer mundos distantes”, escribe Gargiulo en la introducción a su último libro, Papeles de tierra y mar, donde reúne historias de viaje a través de un paraje desolado de Tierra del Fuego, la Antártida argentina y una travesía a dedo por las Malvinas. Sólo que en su caso no se trata de ficciones sino de experiencias propias.

En 2008 Gargiulo fundó la editorial Südpol, especializada en literatura de viajes (www.sudpol.com). “El espíritu de la editorial reside en la Patagonia y en Tierra del Fuego. Su misión es sacar a la luz aquellos escritos hechos por navegantes de tiempos pretéritos, por historiadores, por viajeros de nuestros días y por todo aquel que se haya aventurado en el fantástico universo que late en el extremo meridional de América del Sur”, sostiene.

Así, entre otros libros, ha rescatado títulos olvidados, como Archipiélago Tierra del Fuego, las memorias que escribió Ricardo Rojas sobre su paso como preso político en Ushuaia, y Sur, de Sir Ernest Shackleton, la odisea de la expedición imperial transatlántica (1914-1917) que quedó varada en el hielo antártico y dio paso a una historia de supervivencia. Entre las novedades se encuentan Tierra de tempestades, de Eric Shipton y El mejor trabajo del mundo según una cronista de viajes, de Carolina Reymúndez.

Huellas de fuego, su primer libro, fue traducido al inglés, francés, alemán y portugués. Otros títulos de la editorial son versiones en inglés de títulos editados en castellano por otras editoriales, como Hitchhiking in the axis of evil, de Juan Pablo Villarino, o The voyages of the Penelope, de Roberto Herrscher; o en francés, como Patagonie mythes et certitudes, de Alejandro Winograd.

En el prólogo de Papeles de tierra y mar, Federico Gargiulo cuenta que cuando viaja se inspira para escribir, y cuando escribe tiene ganas de hacer nuevos viajes. Su oficio de guía turístico lo lleva a recorrer una región delimitada por Tierra del Fuego, la Antártida y las Malvinas. “Todos comparten la condición de ser sitios remotos y llegar a ellos, incluso todavía, reviste aires de leyenda. No son viajes frecuentes y, a veces, ello suele ser el disparador para que cada día más gente quiera conocer esas latitudes. Y en mi caso concreto, para escribir sobre ellas”, dice.

-En el sitio web se lee que la editorial se gestó durante un viaje realizado en mayo de 2005. ¿Cómo apareció la idea?
-El sitio web en cuestión se gestó luego de fundar la editorial Südpol, que nació con la aparición de su primer libro, Huellas de Fuego, que narra un viaje a pie de treinta y seis días, en el que dos amigos y yo caminamos a lo largo de 500 kilómetros, a través de uno de los espacios agrestes más solitarios de la Tierra del Fuego. Cuando escribí el libro, tan solo tenía veinticinco años de edad, y en lo único que pensaba, más bien soñaba, era en la posibilidad de editarlo y nada más. Pero como lo auto edité (esto significa que tuve que conseguir una diseñadora, imprenta y hacer los registros pertinentes de la publicación) y aprendí, casi involuntariamente, los pasos de la edición, decidí que podía publicar otros libros de otros viajeros, ya que la literatura de viajes siempre llamó mi atención. Luego de fundar Südpol, inmediatamente comencé a trabajar en el sitio web y en la distribución de los títulos que de a poco, y con mucho esfuerzo, fui publicando.

-Naciste en Rosario pero no viviste mucho tiempo en la ciudad. ¿Cómo fue tu recorrido hasta llegar a Tierra del Fuego?
-Nací en Rosario y viví allí tan solo hasta los diez años, luego me mudé con mis padres a Mar del Plata, donde encontraron una mejor posibilidad laboral. A los dieciocho años me fui a Buenos Aires, con el fin de estudiar en la Universidad. Luego de cuatro años y medio, mi profesión (licenciado en turismo) me ofreció la posibilidad de probar suerte en la ciudad más austral del mundo, Ushuaia, en la Tierra del Fuego. Pensaba quedarme solamente por un verano, pero los bosques, el mar y la montaña, y el sin fin de actividades al aire libre que me ofrecía tamaño escenario natural, sin duda me impulsó a quedarme. De hecho, resido en Tierra del Fuego hace once años.

-La Patagonia y los relatos de viaje son temas frecuentes en la industria editorial. ¿Cuál es la particularidad de Südpol?
-La particularidad de la editorial es que hacemos literatura de viajes, y más allá de que en su etapa inicial nos hayamos especializado en Patagonia, Tierra del Fuego y Antártida, ahora nos estamos dedicando a publicar libros que versan sobre otros escenarios y otras geografías, pero siempre respetando el común denominador de nuestros títulos, los viajes. En otros países la literatura de viajes es muy popular, y de hecho hay naciones como Alemania, Inglaterra y España, en donde se encuentran librerías enteras con esa temática. No así en Argentina, y lo que buscamos nosotros es convertirnos en la casa editorial más importante en el rubro, al menos por ahora en nuestro país, sobre todo en este momento en el que hay una tendencia y un mayor consumo de los lectores hacia las letras viajadas, por ponerlo en palabras de mi amigo Juan Villarino, excelente viajero y excelente escritor.

-¿Cómo se asocian tus trabajos como escritor, editor y guía?
-Los tres trabajos se relacionan en algún punto. Escritor y editor casi que van de la mano, ya que escribiendo me convertí en editor, y mientras trabajo como guía, muchas veces encuentro inspiración para lo que escribo. Sin bien a veces paso bastante tiempo sin escribir, sobre todo cuando estoy asentado en algún lugar por un período de tiempo prolongado, no bien emprendo un nuevo viaje, mi pluma comienza a inquietarse y entonces necesito volcar aquello que veo, siento y percibo en torno a mi viaje, ya sea en geografías nuevas o incluso en geografías algo más gastadas. Quizá mi musa sea el movimiento y la dinámica de los viajes, ahora que lo pienso.

-Papeles de tierra y mar reúne textos sobre tres viajes, entre ellos uno a través de las Malvinas. ¿Conocías las islas? ¿Cuáles fueron tus impresiones y lo que más te impactó?
-No conocía las islas Malvinas de antemano, fui allí a correr un maratón de 42 kilómetros, y me quedé dos semanas en lo de John Fowler, un amigo que reside allí y al que conocía virtualmente, ya que me había hecho un trabajo de traducción de un libro del español al inglés. Entonces aproveché mi estadía para recorrer, casi siempre a haciendo dedo por rutas solitarias, algunos lugares emblemáticos como el cementerio argentino de Darwin, así como también escenarios de la guerra, tales como Tumbledown y Mount Longdon. Más allá de lo intenso de conocer esos parajes, fue muy positivo interactuar con la gente local y conocer sus historias de vida. Durante todo el viaje me sentí muy bien y cómodo con los locales, jamás tuve problemas. Lo que más me impactó fue encontrar, en una excursión al Monte Longdon, los vestigios de esa guerra absurda, restos tan argentinos como zapatillas Flecha o pilas Eveready, esas del gatito negro que recuerdo haber visto en mi infancia.

-¿Qué trabajo hacés en la Antártida?
-En la Antártida trabajo como guía, a veces dando charlas de historia de exploración antártica, otras manejando embarcaciones (zodiacs) para llevar a los viajeros a los lugares de desembarco o para conducirlos entre témpanos de hielo y glaciares, buscando ballenas, focas o avifauna para su deleite -¡y para el mío también, por qué ocultar mi propio disfrute!-, y asistiendo en todo lo que tiene que ver con la logística de un barco de expedición antártica, que por cierto es mucha. Sin duda es un trabajo que me da grandes satisfacciones.

En Señales, 2 de febrero de 2014.