lunes, 7 de abril de 2014

Las imágenes de la ciudad




La mención de una ciudad de provincia en los medios de prensa internacionales nunca resulta indiferente para sus habitantes. En el caso de Rosario, el horizonte de recepción de esos relatos se inscribe en un presente atravesado por la violencia, la muerte y el narcotráfico. Hay además un contexto histórico, el de una ciudad que arrastra problemas de reconocimiento desde sus orígenes, desprovista de fecha y de épica de fundación, y que intenta desde hace más de un siglo mostrar un rostro más amable que el de una burguesía desentendida de otro objetivo que aumentar sus ganancias.
El interés del que viene de afuera provoca expectativas de valoración local y, más o menos conscientemente, de reparación histórica. Rosario se promociona como un destino turístico, tiene una oferta cultural importante, sitios de interés histórico y fútbol con folclore. Cada mirada es singular; pero la más estimulante resulta en general la que se aparta de ese menú y se posa en sucesos, fenómenos y personajes de los que los rosarinos no se sienten precisamente orgullosos, o que incluso parecen difíciles de visualizar.
El artículo "Rosario, ciudad de búnkeres y soldaditos", publicado el sábado 22 de marzo en la edición internacional del diario El País, de España, añade otro capítulo a los testimonios sobre la ciudad. Francisco Peregil, el autor, menciona al Che Guevara, a Fontanarrosa, a Fito Páez, pero no se ocupa de ellos sino de otros aspectos de la ciudad: "la eclosión del narcotráfico", los menores utilizados como mano de obra esclava en la venta al menudeo, el negocio que habilita la prohibición de las drogas. Cosas de todos los días, pero que al identificar a Rosario en el mundo se vuelven motivos vergonzantes y configuran un relato al que se trataría de refutar por inexacto y sesgado, como quiso hacer el gobierno de la provincia a través de un comunicado de prensa que publicó el martes el diario El Litoral.
Pero la mirada de un extranjero tiene la capacidad de redescubrir aquello que la cercanía impide ver, o lo que el hábito termina por ocultar. En la crónica de El País, Francisco Peregil repara por ejemplo en el contraste de las Torres Dolfinas y la villa miseria vecina no como mundos separados sino, por el contrario, como cara y cruz de una misma moneda. Cualquier habitante de Rosario podría señalar otros enclaves donde coexisten la pobreza y el lujo, el despilfarro y la necesidad. Otro testigo más cercano, el entonces jefe nacional de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, Fernando Telpuk, declaró en septiembre de 2012: "Rosario es el único lugar donde se reduce a la servidumbre a menores encerrándolos por 24 horas para vender droga en una pieza pequeña con solo un agujero por donde pasa el dinero y la droga. En cualquier villa de Buenos Aires al narco que hiciera algo así lo matarían a ladrillazos". Los bunkers son tan herméticos que impiden ver a estos chicos, por más que varios de ellos han sido asesinados, quemados vivos o brutalmente torturados.
El lado oscuro
El artículo de Peregil admite varias lecturas en perspectiva histórica. Podría ser incluido en el dossier del último número de Transatlántico, la revista del Centro Cultural Parque de España, recopilación de textos de escritores españoles —inmigrantes, viajeros, visitantes— que recorrieron y contaron Rosario, desde 1801, cuando Pedro Tuella la describió por primera vez y dio lugar a un mito lamentablemente olvidado (el de la fundación indígena), hasta la actualidad.
También puede relacionarse con los registros que dejaron otros extranjeros. El escritor español Vicente Blasco Ibáñez estuvo de paso en 1909 y no se llevó una buena impresión: "La ciudad no ofrece otro interés para el viajero que el de la prosperidad de sus negocios —dijo—, si es que los negocios ajenos pueden interesar a alguien más que al que los realiza y goza de sus resultados (...) Sus habitantes ricos se hallan demasiado preocupados con sus negocios y encastillados en sus empresas para pensar algo nuevo. Un reducido grupo de aficionados a las letras y a la música vegetan moralmente, como náufragos refugiados en un islote". El polaco Witold Gombrowicz vino un día, recorrió la calle Córdoba y definió a Rosario como "la más fea de las grandes ciudades argentinas".
Ese tipo de comentarios, como ahora el de Peregil, provocaron rechazos. Habría otras cosas para tener en cuenta. Pero nada resulta más evidente que aquello a lo que se intenta ocultar.
Los rostros desconocidos de Rosario reclaman periódicamente su lugar en la historia. El 23 de marzo de 2002 un camión que llevaba hacienda volcó en avenida de Circunvalación y Lucero. El ganado, que iba al Frigorífico Swift, terminó faenado por vecinos de los barrios Las Flores y La Granada.
Las fotos y los relatos del sacrificio y de la gente sumida en la miseria acapararon los titulares de la prensa. Su onda expansiva llevó a Rosario hasta la portada del The Washington Post, bajo el título "La desesperación en Argentina". Uno de los participantes en la carneada relató los hechos como si de pronto asumiera una nueva conciencia: "No podía creer lo que veía. Y sin embargo, ahí estaba yo, con mi propio cuchillo ensangrentado y mi pedazo de carne. Sentí que nos habíamos convertido en una horda de animales salvajes".
En un análisis sobre ese episodio, y su impacto en las representaciones de la ciudad, Luis Baggiolini decía entonces que no importaba si Rosario tenía mayor o menor pobreza que otras ciudades del país: "Las villas y la desocupación son ya patrimonio urbano, funcionan tanto por derecha como por izquierda". El episodio de las vacas, como antes el de los gatos asados en una parrilla de barrio Saladillo —aunque fuera un montaje forzado por un periodista flojo de primicias u otro supuesto intento de estigmatizar a la ciudad—, devenía en "un emblema, una marca de origen, un «hecho en Rosario»". Y en la imagen que condensaba los problemas de la época.
A principios del siglo XX Rosario fue llamada la Barcelona argentina, por la inserción del movimiento anarquista. La comparación retornó a principios de este siglo, ahora en relación a la cultura y el desarrollo urbano. "Las coincidencias parecen pocas a mi juicio", dijo Marc Caellas, autor de Carcelona (2011), un libro en el que retrataba las imposturas culturales y políticas del progresismo español.
En la dilatada búsqueda de su identidad, Rosario recibió otro título más conocido, el de la Chicago argentina. Primero en alusión al movimiento económico del puerto y después, en la década de 1930, por la actividad del crimen organizado. La historia continúa. La actualidad de la Chicago argentina es la banda de los Monos, una policía que es modelo de corrupción desde hace décadas, la violencia mafiosa; y es también Ariel Cantero, Luis Orlando Bassi, Luis Medina y otros personajes que se volvieron familiares para el público.
El lado oscuro es el más inquietante y el más revelador. No porque contenga algo que se desarrolla de manera autónoma y misteriosa, desvinculado de lo que transcurre en la superficie, sino, al contrario, porque muestra el revés de lo que funciona a plena luz, sus condiciones de posibilidad. La historia que a veces parece tan difícil de contar.

Señales, 30 de marzo de 2014.

sábado, 5 de abril de 2014

Periodismo cultural

Me llama por teléfono un amigo de Buenos Aires. Bueno, yo creía que era un amigo. Compartimos o compartíamos algunas ideas o formas de ver las cosas. Me cuenta que acaba de publicar una novela en una editorial importante, una de esas cuyos libros se ven en las vidrieras y en la primera mesa de exhibición de las librerías. ¿Cuánto hacía que no hablábamos? Desde que publicó su libro anterior, unos cuentos, hace un par de años, en la misma editorial importante. Nada de "editoriales independientes" que publican con el dinero del autor o de un subsidio estatal, con problemas de distribución y excusas para no pagar derechos de autor. En ese momento me ofreció un anticipo del libro, la foto de la solapa en alta resolución, la tapa. Como ahora, en que puedo pedirle al encargado de prensa de la editorial que me mande lo que yo necesito: el pdf, nuevas fotos, qué más. Brevemente, me cuenta de qué trata la novela y cuando termina de darme esa referencia se despide, la conversación llega a su fin. Claro, acaba de publicar una novela en una editorial importante. Quizá tenía que hacer otras llamadas a la prensa.