viernes, 27 de junio de 2014

Oratorio Morante




Leído el 13 de junio de 2006, en la Sociedad Italiana de Godoy, durante la presentación de Oratorio Morante (Editorial Municipal de Rosario). Gracias a Damián Leandro Sarro, Amanda Poliester, Ricardo Rodeni y toda la gente que estuvo.

Escribir por un deseo de saber. No pretendí contar la historia de Oratorio Morante sino acercarme a un lugar con el que yo tenía cierta relación, por una cuestión familiar y al que, en realidad, desconocía, según descubrí a partir del momento en que me propuse escribir la crónica. Escribir Oratorio Morante fue entonces para mí una forma de saber algo sobre Oratorio Morante; escribí el libro porque quería saber sobre el lugar y al investigar sobre el lugar también descubrí algo sobre mí, sobre mi propia historia.

Yo tenía notas que había tomado de alguna vez que visité el pueblo y algunos recortes periodísticos, en particular una nota de Marcos Rivas que publicó el diario La Capital en 1954 y que me llamó la atención por los datos que aportaba sobre el pasado de Morante y el testimonio sobre costumbres perdidas y que desde el presente parecían extrañas para el pueblo, como los festejos de carnaval. A partir de la decisión de escribir el libro, volví al pueblo con la idea o el plan de hacer un registro exhaustivo de las cosas que había en el pueblo y en el paisaje y participé en la procesión no tanto por creencias religiosas como porque me parecía que no podía mirar las cosas desde afuera sino de alguna manera, en la medida de mis posibilidades, ser parte de aquello que quería relatar. Al mismo tiempo, intenté una investigación de fuentes históricas, por la cual busqué documentos y textos que pudieran aportar datos y precisiones sobre la historia de Morante y algunos de sus aspectos más importantes, como saber quiénes fueron enterrados en el cementerio, qué disposiciones contenía el testamento de Antonia del Pozo Jiménez y Morante y cómo se formó el pueblo a partir del oratorio. También me interesaba descubrir, si lo había, hechos o circunstancias que no fueran las conocidas, lo que más o menos cualquiera sabe, por lo menos en la zona, cuando se habla de Morante: que el origen del oratorio remite a la merced de tierras que recibió Juan de Pereda y Morante, en 1750, que el oratorio fue una iniciativa de su esposa, Antonia del Pozo, que en el cementerio están enterrados soldados no identificados, muertos en la batalla de Pavón, y víctimas de la fiebre amarilla.
Los hallazgos que me resultaron más productivos, en este sentido, fueron el texto de Marcos Rivas, El Oratorio de Morante, publicado en 1985, y el legajo sobre la sucesión de Isabel de Morante que se encuentra en el Museo Histórico Provincial Dr. Julio Marc, en Rosario.
En el libro de Marcos Rivas, entre los datos que aporta sobre antiguos habitantes, como el maestro José Salvatierra, los nombres de los primeros estancieros radicados en la zona y los locos del pueblo, encontré una observación muy significativa, que me parece muy exacta para describir la fascinación que produce Morante. Dice: “en el Oratorio de Morante uno se sentía como en un remanso de sosiego (…) fluía de su ámbito una adherencia a cosas pasadas y distantes. Este retroceso del tiempo y el empequeñecimiento del espacio hundían el alma en el éxtasis con que se insinúa la presencia del misterio, de lo desconocido y de la muerte”. Además del oratorio, que convocaba a los pobladores dispersos en la zona para las fiestas religiosas y que andando el tiempo hizo que los vecinos reclamaran la presencia estable de un sacerdote, Morante fue una posta y una comandancia, un hito que en algún momento señaló la frontera con la población indígena y en consecuencia un punto de referencia en el sur de Santa Fe. La pregunta sería cómo fue que dejó de ocupar ese lugar y de cumplir las funciones que tuvo de enlace en el mapa de caminos de los siglos XVIII y XIX. Es decir, las transformaciones de la zona, a partir de la constitución de la Nación y justamente de la batalla de Pavón, en 1861, en cierto sentido no afectaron a Morante, que quedó algo apartado de las rutas y del desarrollo económico. Tal vez podamos pensar, si me permiten, que la batalla de Pavón tuvo un significado particular para Morante: habría sido el hito por el cual la población del oratorio dejó de ser ese punto de referencia que convocaba a los ejércitos, a los comerciantes y a los viajeros para convertirse en el espacio particular que hoy constituye, ese lugar que parece abstraído del tiempo y condensa episodios importantes de la historia nacional.
Rivas también aporta referencias a propósito del cementerio, cuyos orígenes son todavía algo imprecisos: “Sucesivas restauraciones han ensanchado su área pero aún yacen sepulturas en los alrededores del templo, especialmente de las víctimas de la fiebre amarilla del año 1872. Desde tiempo atrás el cementerio estaba relleno y se hizo necesario excavar tumbas en el contorno...”, por lo cual había “fragmentos de hierro retorcido de esas cruces ennegrecidas, desaparramadas sobre sepulcros ahuecados recubiertos de maleza y fragmentos de cráneos o tibias esparcidas sobre el pasto”. Cuando uno observa el cementerio de Morante, tiende a pensar que siempre estuvo ahí, que no tuvo cambios; pero Rivas lo introduce en la historia, nos hace pensar en que tuvo otras formas, diferentes de la que hoy podemos observar.

Marcos Rivas era bisnieto de Mariano Rivas, quien compró un campo en Morante hacia 1841. Nacido en Buenos Aires en 1792, Mariano Rivas era a su vez hijo de Marcos José Rivas, nombrado alcalde del cabildo de Buenos Aires en 1797 y en 1836, cuando tenía también otro campo en Cañada Rica, fue nombrado comisionado de campaña por Estanislao López. Lamentablemente, Marcos Rivas no sitúa los hechos que refiere de Morante en la cronología histórica; es decir, cuando habla de la comisaría que funcionaba “en un rancho coquetón de paredes enjalbegadas y friso azulino”, cuando describe la peluquería, dos almacenes, una herrería, cuando cuenta cómo se preparaban los guisados y la mazamorra no dice a qué época concreta se refiere. Esta imprecisión tal vez tenga que ver con aquello del remanso de tiempo que produce Morante, el hecho de que la historia del pueblo pareciera inscribirse en una dimensión propia, apartada de la historia corriente. Marcos Rivas fue un historiador inscripto en su juventud en la corriente del revisionismo; como tal, durante la década de 1940 integró el Instituto de Estudios Federalistas, en Santa Fe. Publicó otros libros: Historia de San Lorenzo (1951, 1968), donde entrevistó a una mujer llamada Bienvenida Palacios, cuyo padre participó como voluntario de la batalla de San Lorenzo y presenció la creación de la bandera; Sarmiento: mito y realidad (1960), Historia del fuerte de Melincué (1968), El misterio de las ruinas de Tiwanaku (1983) e Historia de Guardia de la Esquina (1986). También escribió poesía, en la que asociaba su interés por la historia con la ideología nacionalista.

El legajo de Isabel de Morante, a su vez, contiene su testamento, fechado en el Juzgado de Paz del Departamento de la Villa del Rosario, en 1850. El expediente comienza el 28 de enero de 1850, cuando Doroteo Abaca comunica el fallecimiento de su esposa, Isabel de Morante, “dejando algunos bienes que pertenecen a sus hijos suyos habidos en su primer matrimonio con Don Nicolás Baygorria, finado, llamados Marta, Jacoba, Petrona y José Baygorria (…) y dos que hubimos en nuestro matrimonio con ella, llamados Manuela y Lucio”. El juez de paz dispone entonces un inventario y tasación de los bienes, que comprenden tierras situadas sobre el arroyo del Medio, “en las inmediaciones del Oratorio de Morante, tasadas a tres reales la vara de frente”, una casa en dicho terreno, ocho higueras frutales, hacienda de campo (500 ovejas, 25 yeguas, 22 potrillos, y una cantidad de vacas); hay también un plano elaborado por el agrimensor Antonio Simonin en 1829, que identifica al oratorio y además de la casa de Isabel de Morante los puestos de otros habitantes de lo que podría constituir el pueblo, llamados Ramón Sequeira, Alejandra Bolan, “la viuda Martina López” y Ramón López e identifica como vecinos a Paulina Martínez y Dámaso Gallo.

Al mismo tiempo, además de consultar estas fuentes, la escritura me permitió averiguar algunas cosas de mi propia historia. Como cuento en el libro, mi familia está radicada en la zona desde 1921, cuando mi bisabuelo, Martín José Aguirre, compró una fracción de tierra a 3 kilómetros del pueblo. Estos datos y otros que no vienen tanto al caso aparecieron cuando le conté a mi padre el libro que tenía en proyecto y cuando le mostré las reproducciones que había tomado de las fotos exhibidas en el museo de Morante, en particular las fotos de épocas de cosecha en la que se podían ver las antiguas maquinarias que se utilizaban en el trabajo rural. A la vez pude dialogar con mi madre, quien en 2008, cuando Juan B. Molina cumplió su centenario, empezó a escribir una columna en un periódico local en la que recordaba su experiencia como maestra rural y las costumbres de su infancia y su juventud en el pueblo. Mi madre siempre fue lectora, y de hecho yo recuerdo que los primeros libros de literatura que encontré en mi casa eran de ella, además de que fue ella quien me enseñó a leer, en el sentido de comprender y analizar un texto y con un estilo de subrayado que básicamente es el que sigo practicando cuando leo un libro. Pero nunca se había puesto a escribir y yo me digo que ella salió escritora a mí.

Escribir un libro de estas características fue también una ocasión para pensar sobre algunos obstáculos que aparecen cuando uno se propone hablar de la historia de un pequeño pueblo. El primer obstáculo, el más evidente, es la idea de que en los pueblos no pasa nada. Es decir, que no hay historia para contar. En comparación con las grandes ciudades, los pueblos no tendrían acontecimientos ni procesos dignos de ser investigados, de ser convertidos en materia de un relato. Ante estas objeciones podemos empezar por preguntarnos qué concepto tenemos de lo histórico. ¿Qué es, dentro del repertorio del pasado, lo que merece ser contado? ¿Quién dice, quién sanciona qué personajes y qué sucesos forman parte de la historia? ¿Qué define lo histórico de un acontecimiento, de una vida? ¿Será cierto que en los pueblos no pasa nada o más bien no se tratará de que no valoramos lo que ocurre como parte de la historia? A priori, me parece, no hay nada ni nadie que puedan ser excluidos de la historia; lo histórico, creo, no está dado en el en sí de las cosas sino en el sentido, en la interpretación que un narrador reconstruye a partir del relato del pasado.

El segundo obstáculo es la idea de que el presente de los pueblos implica un cierto estado de decadencia, o de pérdida de un pasado esplendor. Que hubo una época, un tiempo de oro para los pueblos y que ese tiempo se perdió con las transformaciones económicas y demográficas que atravesaron a la Argentina y al mundo en la segunda mitad del siglo XX. Pero el presente es nuestro tiempo y exige ser comprendido y analizado según sus características y sus problemas particulares. El conocimiento del pasado no busca satisfacer la nostalgia. Al ir hacia el pasado tomamos impulso para proyectarnos al futuro con mayor conciencia. El éxodo rural es un fenómeno histórico que trasciende a la región. Como dice el epígrafe de una de las fotos que están en el museo de Morante: “los tiempos cambian”. Los pueblos atraviesan otra etapa de su existencia y conocer el pasado es un recurso para reconocer los orígenes y pensar el futuro.

Un tercer obstáculo tiene que ver con las fuentes para investigar la historia de los pueblos. La búsqueda de documentos resulta difícil, porque la información se encuentra dispersa y distante de los propios pueblos: en los museos, las bibliotecas, los centros culturales de las grandes ciudades. Así como algunos historiadores de la fotografía recomiendan no tirar ninguna foto, por más común que parezca, tampoco debería tirarse ningún documento -al menos sin que quede alguna copia-, aunque nos resulte insignificante. Por otro lado hay que tener en cuenta que en los pueblos la vida personal está tramada con la vida de la comunidad de un modo muy diferente a como ocurre en las grandes ciudades. En los pueblos, contar la historia de una persona o de una familia implica contar algún aspecto de la historia del propio pueblo. Una y otra se iluminan recíprocamente. Es lo que descubrí al escribir Oratorio Morante. El libro Morante no es entonces la crónica de algo de lo que yo estuviera particularmente al tanto, o que me resultara íntimo y propio, sino más bien de una experiencia que desconocía, de lo que yo no sabía e incluso de lo que me quedó por saber. Una especie de prueba.




lunes, 9 de junio de 2014

El brazo de la creación y la crítica

La historia de la literatura de Rosario tiene aún varios capítulos por escribir. Uno de ellos podría desplegarse alrededor de El arremangado brazo, una revista que en la primera mitad de la década de 1960 reunió a Aldo F. Oliva, Noemí Ulla, Rafael Ielpi, Gladys Onega, María Teresa Gramuglio y otros escritores y críticos notables. Apenas dos números bastaron para convertirla en una referencia insoslayable para la cultura de la ciudad.
La aparición de El arremangado brazo se inscribió en un contexto marcado por la emergencia de una nueva generación de intelectuales formados en la Facultad de Filosofía y Letras y por la proliferación de revistas culturales. En la década de 1960 se publicaron en Rosario al menos otras nueve revistas: Pausa (1957-1961), La ventana (1962-1968), Cauce (1963), Setecientosmonos(1964-1967), Alto Aire (1965), Parábolas (1965-1966), Cronopio (1967), El lagrimal trifurca (1968) y Cincuenta mangos de poesía (1969).
Algunas de esas revistas tuvieron una vida efímera: Cauce publicó un solo número, Cronopio alcanzó a sacar dos; en el extremo opuesto, El lagrimal trifurca publicó catorce números entre 1968 y 1976, ySetecientosmonos, diez. También tuvieron diversas proyecciones desde entonces hasta la actualidad: Alto Aire, por ejemplo, fue en cierto modo redescubierta a partir de la revaloración de la obra poética de Juan Manuel Inchauspe, uno de sus directores; Pausa y El lagrimal trifurca, una vez finalizados sus ciclos, no dejaron de estar presentes, por la obra posterior de varios de sus integrantes.
El comité editor de El arremangado brazo estaba integrado por Aldo Oliva (en su casa de Urquiza 2970 se recibía la correspondencia), Rafael Ielpi y Romeo Medina. El ámbito de acción del grupo se extendía entre la Facultad de Filosofía y Letras (actual de Humanidades y Artes) y el circuito de bares vecinos; según datos que aporta Rafael Ielpi, la revista se imprimía en Perelló (Corrientes y Urquiza) y se vendía en la facultad y en los quioscos de Santa Fe y Entre Ríos (frente al bar Laurak Bat) y de Corrientes y San Lorenzo (en la esquina del bar y restaurante Sibarita).
Carlos Saltzmann, integrante del grupo, recuerda: "Nos conocimos con Aldo Oliva en la Facultad de Filosofía y Letras (...) Éramos un grupo heterogéneo, donde predominaban los de extracción social pequeño burguesa. Nos oponíamos, consecuentemente a los decanos interventores peronistas de derecha, que favorecían a la CGU, la Confederación General Universitaria. Pertenecíamos con mayor o menor claridad a un centro liberal, de amplio espectro, y nos fuimos politizando y definiendo a través del tiempo constituyendo una corriente pluralista, fluida".
El desarrollo local de Filosofía y Letras reconoce un hito en el 15 de noviembre de 1955, cuando en el marco de la "reorganización" universitaria después de la caída del gobierno de Perón, fueron designados como profesores Ramón Alcalde (Lengua y Cultura Griega I y Lengua y Cultura Latina II), Tulio Halperín Donghi (Introducción a la Historia), Adolfo Prieto (Literatura Castellana II), Guillermo de Torre (Estética), Antonio Pagés Larraya (Literatura Argentina) y David Viñas (Introducción a la Literatura). A este cuerpo se le agregarían otros profesores, como los evoca Ielpi: "Entre otros, Gerardo Moldenhauer daba Literatura de la Europa Septentrional; Wilhelm Thiele, Griego, y además tenía un programa en Radio Nacional que se llamaba Tardes áticas; Oreste Frattoni estaba en Literatura Española y Narciso Pousa daba Introducción a la Filosofía". Saltzmann, a su vez, agrega: "Todos ellos produjeron un cambio impactante en la Facultad y un enriquecimiento muy grande en todos nosotros. Se generó un proceso de formación, trabajo y producción que se interrumpió en 1966", con el golpe militar de Juan Carlos Onganía.
"Esa época fue muy fructífera para la generación de hechos culturales, por la existencia de la Facultad de Filosofía y Letras y por el magisterio que ejercía Adolfo Prieto. Además ese período coincidió con una generación que después tuvo relevancia en la literatura y en la crítica —destaca Ielpi—. Más que en la ciudad había una efervescencia en la universidad". Noemí Ulla coincide en destacar el rol de Prieto, "a quien debo una permanente atención y apoyo intelectual cuando fui ayudante y luego jefa de trabajos prácticos en el Instituto de Letras y una inquebrantable amistad".
Otro profesor de gran influencia fue Ramón Alcalde (1923-1988), nombrado en 1958 ministro de Educación de la provincia, durante el gobierno de Sylvestre Begnis. Alcalde designó entonces director de cultura a Francisco Urondo y secretario personal a Aldo Oliva. Este equipo estuvo en funciones hasta 1959, y su renuncia fue la expresión local de la ruptura de los intelectuales de izquierda con el frondicismo. A la vez, Alcalde fue uno de los ideólogos del Movimiento de Liberación Nacional, el Malena, grupo que se formó a principios de los años 60 en las universidades de Buenos Aires y Rosario. Y también uno de los impulsores de Pausa, revista de poesía que surgió en la cátedra de Literatura Iberoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras.
El primer número de una revista literaria tiene por lo general un carácter tentativo, abierto, a veces contradictorio. No fue el caso de El arremangado brazo, cuyo número inicial, publicado en septiembre de 1963, sorprende por su notable cohesión. Pese a las resonancias libertarias, el nombre de la revista provenía de un pasaje de El Quijote. Lejos de ser la exploración a tientas de un grupo de primerizos, es el registro de un cierto desarrollo, en el que puede apreciarse como preocupación central la articulación entre los intelectuales y la política.
La nota editorial no está firmada, pero su estilo recuerda a los textos de Aldo Oliva. Dice: "La burguesía rosarina ha gozado hasta hoy de un sereno privilegio: en sus escasos intentos de justificar culturalmente su existencia como clase, no se percibe casi signo alguno que denote hallarse perturbada o problematizada la legitimidad de su sobrevivencia". Esta apelación a la burguesía, los cargos de filisteísmo y mezquindad a las supuestas fuerzas vivas de la ciudad, son constantes en las publicaciones culturales de Rosario desde principios del siglo XX. El arremangado brazo iba más allá: "La inteligentzia rosarina pareciera dormir, amparada quizá en la esperanza de la perduración del empuje productor de sus ascendientes, los esforzados gringos de la segunda inmigración". La revista definía así su programa: "En un momento en que sus propios valores (los de la burguesía) se ven ostensiblemente espantados ante el avance de la lucha de clases (,,,), es menester denunciar rigurosamente todas esas falacias y encumbramientos que son alimento y base de todo un grupo". El grupo de colaboradores incluía entre otros a Aldo Beccari, Jorge Conti (corresponsal en Santa Fe), Gladys Rimini y Juan José Saer. Si bien no aparece en el staff, Daniel Wagner, entonces estudiante avanzado de filosofía, "con su personalidad tan particular, que no se permitía mayores desbordes", según lo recuerda afectuosamente Carlos Saltzmann, era uno de los protagonistas de las discusiones que rodearon a la revista.
En el plano concreto de las lecturas, como se dice, la revista no perdonaba a nadie. Gladys Onega criticó minuciosamente La alfombra roja, novela de Marta Lynch que ficcionalizaba la defección de Frondizi; Norma Desinano demolió un libro de cuentos de Dalmiro Sáenz ("toda la obra es un truco y un fraude"); Clotilde Gaña se encargó de Gente conmigo, de Syria Poletti, y Romeo Medina cuestionó la obra de Jorge Riestra con un empeño digno de otra causa. En cambio, Moral burguesa y revolución, de León Rozitchner, salió airoso de la crítica de Nidia Finetti. El libro resultaba significativo al enfrentar "dos concepciones de la filosofía, una esencialista, supracientífica, de pretendido sentido trascendente, que se caracteriza por su inoperancia para interpretar la realidad (...) es la filosofía oficial de nuestras universidades", según la reseñista.
Los dos números de la revista ofrecen una traducción del capítulo primero de Materialismo histórico e historia de la literatura, de Lucien Goldmann, que proponía una sociología de la literatura desde una perspectiva de izquierda y cuya lectura, recuerda Noemí Ulla, pregonaba David Viñas desde la cátedra de Introducción a la literatura. Otro aporte original fue la sección "Reportajes a la otra ciudad".
"Está entre las intenciones de esta revista promover el conocimiento cada vez más profundo de la realidad, de toda la realidad en su unidad y multiplicidad, en su cambio. El reportaje al hombre anónimo ocupa un importante lugar dentro de ese objetivo, tendiendo antes al conocimiento del reporteado que al de los asuntos sobre los cuales se le pide opinión". Así presentaba El arremangado brazo los "Reportajes a la otra ciudad", una sección que anticipó en 1963 modalidades del posterior periodismo de investigación.
El entrevistado en el primer número es "un hombre de Villa Manuelita", al que no se identifica y ante el cual el reportero, Romeo Medina, explica la propuesta así: "Un grupo de gente estamos por publicar una revista y queremos mostrar aspectos de distintas zonas de la ciudad. Estamos por eso visitando a vecinos de distintos barrios y pidiéndoles su opinión sobre ciertos temas".
Hay varios rasgos singulares en esta sección. En primer lugar, se proyecta con un perfil documental: el reportaje se graba "en cinta fonomagnética" (sic) y se transcribe tal cual, sin edición; se consigna la fecha, se informa que fue realizado el 15 de junio de 1963. Si bien se trata de "un hombre de Villa Manuelita", la revista lo convierte de alguna manera en portavoz de un sector social. "El hombre de Villa Manuelita —dice la nota introductoria— presenta prima facie una evidente fractura entre su condicionamiento y su cosmovisión, entre estructura económica y superestructura ideológica (…) como millares de argentinos y de sumergidos de todo el mundo, vive en un barrio de viviendas precarias construidas con materiales casi de desecho, en medio de un atraso técnico de más de un siglo (…) Es un explotado, un esclavo moderno (…) Sin embargo, su ideología es la de los explotadores: es católico, en las próximas elecciones votará probablemente a partidos de centro-derecha. Algunas de sus opiniones frente a hechos concretos son justas, pero no ha podido profundizarlas y adquirir una real conciencia de clase".


En el segundo número el "Reportaje a la otra ciudad", realizado ahora por Ielpi y Medina, está dedicado a "Los hombres de la basura": "Nuestros entrevistados fueron dos: Un camionero propietario del camión que subcontrata la recolección al concesionario, el cual, a su vez, lo contrata con la Municipalidad. Y un peón, que corre por la vereda volcando los tachos en un canasto que inmediatamente arroja hacia arriba, para que allí otro peón lo descargue en el camión". En este caso se incluyen fotos y las preguntas están más direccionadas al trabajo en sí, que los entrevistados explican paso a paso. Una tarea insalubre, que realizan en condiciones laborales precarias y sin protección gremial.
A diferencia del hombre de Villa Manuelita, los hombres de la basura tienen cierta conciencia política, se declaran peronistas y observan claramente su situación de explotados en relación a los concesionarios del servicio. Los entrevistados describen también los basurales del Puente Gallegos y la actividad de los cirujas. En este punto la nota puede ponerse en línea con Las colinas del hambre, la novela que publicó Rosa Wernicke en 1943, ambientada en los basurales de barrio Tablada.
"Las ideologías en el desarrollo económico", un artículo de Daniel Wagner, es otro texto destacado del primer número. "Uno de los puntos que la sociología puede ayudar a esclarecer es el papel que desempeñan las ideologías", dice el autor y postula que "la mayoría de los economistas y sociólogos" estudian los problemas del desarrollo "con la perspectiva ideológica derivada de los intereses y la situación histórica de las minorías terratenientes y empresarias (...) Por nuestra parte, con la perspectiva ideológica fundada en los intereses y la situación de los sectores populares (...) debemos buscar los principales obstáculos al desarrollo económico (...) en el nivel de las decisiones políticas, ideológicamente condicionadas, de los sectores dirigentes".
En El arremangado brazo hay también poemas de Ielpi, cuentos de Medina y de Juan José Saer, crítica cinematográfica de Néstor Melgratti y dardos envenenados contra El escarabajo de oro, la revista que dirigía Abelardo Castillo en Buenos Aires. Páginas que se impusieron al tiempo y hoy documentan una de las épocas más intensas y menos conocidas en la historia cultural de Rosario.

En Señales, 8 de junio de 2014.