viernes, 27 de junio de 2014

Oratorio Morante




Leído el 13 de junio de 2006, en la Sociedad Italiana de Godoy, durante la presentación de Oratorio Morante (Editorial Municipal de Rosario). Gracias a Damián Leandro Sarro, Amanda Poliester, Ricardo Rodeni y toda la gente que estuvo.

Escribir por un deseo de saber. No pretendí contar la historia de Oratorio Morante sino acercarme a un lugar con el que yo tenía cierta relación, por una cuestión familiar y al que, en realidad, desconocía, según descubrí a partir del momento en que me propuse escribir la crónica. Escribir Oratorio Morante fue entonces para mí una forma de saber algo sobre Oratorio Morante; escribí el libro porque quería saber sobre el lugar y al investigar sobre el lugar también descubrí algo sobre mí, sobre mi propia historia.

Yo tenía notas que había tomado de alguna vez que visité el pueblo y algunos recortes periodísticos, en particular una nota de Marcos Rivas que publicó el diario La Capital en 1954 y que me llamó la atención por los datos que aportaba sobre el pasado de Morante y el testimonio sobre costumbres perdidas y que desde el presente parecían extrañas para el pueblo, como los festejos de carnaval. A partir de la decisión de escribir el libro, volví al pueblo con la idea o el plan de hacer un registro exhaustivo de las cosas que había en el pueblo y en el paisaje y participé en la procesión no tanto por creencias religiosas como porque me parecía que no podía mirar las cosas desde afuera sino de alguna manera, en la medida de mis posibilidades, ser parte de aquello que quería relatar. Al mismo tiempo, intenté una investigación de fuentes históricas, por la cual busqué documentos y textos que pudieran aportar datos y precisiones sobre la historia de Morante y algunos de sus aspectos más importantes, como saber quiénes fueron enterrados en el cementerio, qué disposiciones contenía el testamento de Antonia del Pozo Jiménez y Morante y cómo se formó el pueblo a partir del oratorio. También me interesaba descubrir, si lo había, hechos o circunstancias que no fueran las conocidas, lo que más o menos cualquiera sabe, por lo menos en la zona, cuando se habla de Morante: que el origen del oratorio remite a la merced de tierras que recibió Juan de Pereda y Morante, en 1750, que el oratorio fue una iniciativa de su esposa, Antonia del Pozo, que en el cementerio están enterrados soldados no identificados, muertos en la batalla de Pavón, y víctimas de la fiebre amarilla.
Los hallazgos que me resultaron más productivos, en este sentido, fueron el texto de Marcos Rivas, El Oratorio de Morante, publicado en 1985, y el legajo sobre la sucesión de Isabel de Morante que se encuentra en el Museo Histórico Provincial Dr. Julio Marc, en Rosario.
En el libro de Marcos Rivas, entre los datos que aporta sobre antiguos habitantes, como el maestro José Salvatierra, los nombres de los primeros estancieros radicados en la zona y los locos del pueblo, encontré una observación muy significativa, que me parece muy exacta para describir la fascinación que produce Morante. Dice: “en el Oratorio de Morante uno se sentía como en un remanso de sosiego (…) fluía de su ámbito una adherencia a cosas pasadas y distantes. Este retroceso del tiempo y el empequeñecimiento del espacio hundían el alma en el éxtasis con que se insinúa la presencia del misterio, de lo desconocido y de la muerte”. Además del oratorio, que convocaba a los pobladores dispersos en la zona para las fiestas religiosas y que andando el tiempo hizo que los vecinos reclamaran la presencia estable de un sacerdote, Morante fue una posta y una comandancia, un hito que en algún momento señaló la frontera con la población indígena y en consecuencia un punto de referencia en el sur de Santa Fe. La pregunta sería cómo fue que dejó de ocupar ese lugar y de cumplir las funciones que tuvo de enlace en el mapa de caminos de los siglos XVIII y XIX. Es decir, las transformaciones de la zona, a partir de la constitución de la Nación y justamente de la batalla de Pavón, en 1861, en cierto sentido no afectaron a Morante, que quedó algo apartado de las rutas y del desarrollo económico. Tal vez podamos pensar, si me permiten, que la batalla de Pavón tuvo un significado particular para Morante: habría sido el hito por el cual la población del oratorio dejó de ser ese punto de referencia que convocaba a los ejércitos, a los comerciantes y a los viajeros para convertirse en el espacio particular que hoy constituye, ese lugar que parece abstraído del tiempo y condensa episodios importantes de la historia nacional.
Rivas también aporta referencias a propósito del cementerio, cuyos orígenes son todavía algo imprecisos: “Sucesivas restauraciones han ensanchado su área pero aún yacen sepulturas en los alrededores del templo, especialmente de las víctimas de la fiebre amarilla del año 1872. Desde tiempo atrás el cementerio estaba relleno y se hizo necesario excavar tumbas en el contorno...”, por lo cual había “fragmentos de hierro retorcido de esas cruces ennegrecidas, desaparramadas sobre sepulcros ahuecados recubiertos de maleza y fragmentos de cráneos o tibias esparcidas sobre el pasto”. Cuando uno observa el cementerio de Morante, tiende a pensar que siempre estuvo ahí, que no tuvo cambios; pero Rivas lo introduce en la historia, nos hace pensar en que tuvo otras formas, diferentes de la que hoy podemos observar.

Marcos Rivas era bisnieto de Mariano Rivas, quien compró un campo en Morante hacia 1841. Nacido en Buenos Aires en 1792, Mariano Rivas era a su vez hijo de Marcos José Rivas, nombrado alcalde del cabildo de Buenos Aires en 1797 y en 1836, cuando tenía también otro campo en Cañada Rica, fue nombrado comisionado de campaña por Estanislao López. Lamentablemente, Marcos Rivas no sitúa los hechos que refiere de Morante en la cronología histórica; es decir, cuando habla de la comisaría que funcionaba “en un rancho coquetón de paredes enjalbegadas y friso azulino”, cuando describe la peluquería, dos almacenes, una herrería, cuando cuenta cómo se preparaban los guisados y la mazamorra no dice a qué época concreta se refiere. Esta imprecisión tal vez tenga que ver con aquello del remanso de tiempo que produce Morante, el hecho de que la historia del pueblo pareciera inscribirse en una dimensión propia, apartada de la historia corriente. Marcos Rivas fue un historiador inscripto en su juventud en la corriente del revisionismo; como tal, durante la década de 1940 integró el Instituto de Estudios Federalistas, en Santa Fe. Publicó otros libros: Historia de San Lorenzo (1951, 1968), donde entrevistó a una mujer llamada Bienvenida Palacios, cuyo padre participó como voluntario de la batalla de San Lorenzo y presenció la creación de la bandera; Sarmiento: mito y realidad (1960), Historia del fuerte de Melincué (1968), El misterio de las ruinas de Tiwanaku (1983) e Historia de Guardia de la Esquina (1986). También escribió poesía, en la que asociaba su interés por la historia con la ideología nacionalista.

El legajo de Isabel de Morante, a su vez, contiene su testamento, fechado en el Juzgado de Paz del Departamento de la Villa del Rosario, en 1850. El expediente comienza el 28 de enero de 1850, cuando Doroteo Abaca comunica el fallecimiento de su esposa, Isabel de Morante, “dejando algunos bienes que pertenecen a sus hijos suyos habidos en su primer matrimonio con Don Nicolás Baygorria, finado, llamados Marta, Jacoba, Petrona y José Baygorria (…) y dos que hubimos en nuestro matrimonio con ella, llamados Manuela y Lucio”. El juez de paz dispone entonces un inventario y tasación de los bienes, que comprenden tierras situadas sobre el arroyo del Medio, “en las inmediaciones del Oratorio de Morante, tasadas a tres reales la vara de frente”, una casa en dicho terreno, ocho higueras frutales, hacienda de campo (500 ovejas, 25 yeguas, 22 potrillos, y una cantidad de vacas); hay también un plano elaborado por el agrimensor Antonio Simonin en 1829, que identifica al oratorio y además de la casa de Isabel de Morante los puestos de otros habitantes de lo que podría constituir el pueblo, llamados Ramón Sequeira, Alejandra Bolan, “la viuda Martina López” y Ramón López e identifica como vecinos a Paulina Martínez y Dámaso Gallo.

Al mismo tiempo, además de consultar estas fuentes, la escritura me permitió averiguar algunas cosas de mi propia historia. Como cuento en el libro, mi familia está radicada en la zona desde 1921, cuando mi bisabuelo, Martín José Aguirre, compró una fracción de tierra a 3 kilómetros del pueblo. Estos datos y otros que no vienen tanto al caso aparecieron cuando le conté a mi padre el libro que tenía en proyecto y cuando le mostré las reproducciones que había tomado de las fotos exhibidas en el museo de Morante, en particular las fotos de épocas de cosecha en la que se podían ver las antiguas maquinarias que se utilizaban en el trabajo rural. A la vez pude dialogar con mi madre, quien en 2008, cuando Juan B. Molina cumplió su centenario, empezó a escribir una columna en un periódico local en la que recordaba su experiencia como maestra rural y las costumbres de su infancia y su juventud en el pueblo. Mi madre siempre fue lectora, y de hecho yo recuerdo que los primeros libros de literatura que encontré en mi casa eran de ella, además de que fue ella quien me enseñó a leer, en el sentido de comprender y analizar un texto y con un estilo de subrayado que básicamente es el que sigo practicando cuando leo un libro. Pero nunca se había puesto a escribir y yo me digo que ella salió escritora a mí.

Escribir un libro de estas características fue también una ocasión para pensar sobre algunos obstáculos que aparecen cuando uno se propone hablar de la historia de un pequeño pueblo. El primer obstáculo, el más evidente, es la idea de que en los pueblos no pasa nada. Es decir, que no hay historia para contar. En comparación con las grandes ciudades, los pueblos no tendrían acontecimientos ni procesos dignos de ser investigados, de ser convertidos en materia de un relato. Ante estas objeciones podemos empezar por preguntarnos qué concepto tenemos de lo histórico. ¿Qué es, dentro del repertorio del pasado, lo que merece ser contado? ¿Quién dice, quién sanciona qué personajes y qué sucesos forman parte de la historia? ¿Qué define lo histórico de un acontecimiento, de una vida? ¿Será cierto que en los pueblos no pasa nada o más bien no se tratará de que no valoramos lo que ocurre como parte de la historia? A priori, me parece, no hay nada ni nadie que puedan ser excluidos de la historia; lo histórico, creo, no está dado en el en sí de las cosas sino en el sentido, en la interpretación que un narrador reconstruye a partir del relato del pasado.

El segundo obstáculo es la idea de que el presente de los pueblos implica un cierto estado de decadencia, o de pérdida de un pasado esplendor. Que hubo una época, un tiempo de oro para los pueblos y que ese tiempo se perdió con las transformaciones económicas y demográficas que atravesaron a la Argentina y al mundo en la segunda mitad del siglo XX. Pero el presente es nuestro tiempo y exige ser comprendido y analizado según sus características y sus problemas particulares. El conocimiento del pasado no busca satisfacer la nostalgia. Al ir hacia el pasado tomamos impulso para proyectarnos al futuro con mayor conciencia. El éxodo rural es un fenómeno histórico que trasciende a la región. Como dice el epígrafe de una de las fotos que están en el museo de Morante: “los tiempos cambian”. Los pueblos atraviesan otra etapa de su existencia y conocer el pasado es un recurso para reconocer los orígenes y pensar el futuro.

Un tercer obstáculo tiene que ver con las fuentes para investigar la historia de los pueblos. La búsqueda de documentos resulta difícil, porque la información se encuentra dispersa y distante de los propios pueblos: en los museos, las bibliotecas, los centros culturales de las grandes ciudades. Así como algunos historiadores de la fotografía recomiendan no tirar ninguna foto, por más común que parezca, tampoco debería tirarse ningún documento -al menos sin que quede alguna copia-, aunque nos resulte insignificante. Por otro lado hay que tener en cuenta que en los pueblos la vida personal está tramada con la vida de la comunidad de un modo muy diferente a como ocurre en las grandes ciudades. En los pueblos, contar la historia de una persona o de una familia implica contar algún aspecto de la historia del propio pueblo. Una y otra se iluminan recíprocamente. Es lo que descubrí al escribir Oratorio Morante. El libro Morante no es entonces la crónica de algo de lo que yo estuviera particularmente al tanto, o que me resultara íntimo y propio, sino más bien de una experiencia que desconocía, de lo que yo no sabía e incluso de lo que me quedó por saber. Una especie de prueba.




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