viernes, 8 de agosto de 2014

Ex biblioteca

I
Pasé por tu ex casa”, me dice un amigo. En referencia a la casa donde viví hasta que me separé de mi esposa. La frase proviene o remite a otra más común en los casos de separaciones. Y podría ser extendida con otras predicaciones. Por ejemplo, para hablar de mi ex biblioteca.

II
En un cuestionario para el blog Horas robadas a la noche, me preguntaron qué relación tenía con mi biblioteca. Podía enviar una foto, si quería.
Contesté que mi relación era desordenada y que frecuentemente se me traspapelaban los libros. Y no mandé una foto. Porque no podía. O no me hubiera gustado que mi biblioteca se viera en la situación en que estaba. Que es más o menos la situación actual.

III
Desde que empecé a leer tuve una biblioteca. Simplemente porque me quedaba con los libros y los guardaba en una repisa que tenía en mi dormitorio y que, según creo, fue hecha para poner los libros que yo tenía. Ahora está en la habitación de mi hijo.
Todavía conservo varios de aquellos libros, algunos de los primeros que tuve, como El casamiento de la comadreja y Pedrito Pereza; y también otros que leí siendo un poco más grande, como Ayesha, Corazón y otros títulos de la colección Robin Hood; los de Julio Verne y Emilio Salgari, en la Biblioteca Billiken y Los cien mejores cuentos, una obra en dos tomos que me pasó mi madre y en la que me conmovió particularmente un cuento de Paul Bourget, que después copié en una redacción en la escuela, en cuarto o quinto grado, presentándolo como parte de un libro en proceso de escritura.

IV
El impulso más fuerte para la formación de mi biblioteca fue el ingreso a la universidad, para estudiar Letras. En los primeros años de la carrera acumulé lo que es la base del conjunto; todavía me quedan por leer muchos de los libros que incorporé en esa época. En los primeros tiempos tenía la costumbre de anotar mi nombre, la fecha en que compraba o conseguía cada libro y a veces el lugar. Después me cansé.
Al mismo tiempo, las fotocopias, los apuntes de clases, las fichas, los cuadernos, todos los papeles relacionados con los estudios universitarios, empezaron a conformar un anexo de la biblioteca. Un archivo. No hubo una decisión consciente, o no la recuerdo; fue más bien la costumbre de guardar, la imposibilidad de desprenderme de los textos escritos.
El hecho de guardar añadía un valor al libro, al recorte, al manuscrito. El Aquello merecía ser guardado por su valor, y a la vez tenía valor, para mí, porque lo guardaba. Y si lo guardaba era porque su uso, su sentido, no se agotaba en el presente, en una lectura, sino porque en el futuro, un futuro impreciso, impredecible, volvería a ser puesto en acto, por mí mismo, o por otros.
La lógica subyacente a mi archivo, a mi biblioteca, no tiene ninguna relación, me parece, con criterios técnicos, bibliotecológicos o archivísticos. Es una especie de aplicación, más bien, de un razonamiento de agricultor, algo que recibí inconscientemente como legado familiar. De hecho, armar una biblioteca y crear un archivo fueron, en mi caso, abrir un espacio a la dispersión y al desorden. Nunca pude terminar de completar un orden; intenté varios y siempre me quedé a mitad de camino, es decir, logré no un orden sino multiplicar el desorden anterior. Y la única vez en que pude orientarme, en que supe más o menos cómo encontrar un libro, mi biblioteca terminó por colapsar en el caos.


(continuará)

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