miércoles, 26 de noviembre de 2014

Escribir en un lenguaje íntimo









En el principio de su nuevo libro no hay estrictamente textos sino dibujos. En 2011 Sonia Scarabelli comenzó un taller con Julián Usandizaga. “Lo hacía como alguien que iba a disfrutar y a aprender algo,si podía. El dibujo, en ese momento, era algo muy liberador, porque yo no tenía ninguna preocupación formal, a diferencia de lo que me pasaba con la poesía”, recuerda. Y en ese lugar, de modo inesperado, empezó a escribir los poemas que la llevaron a El arte de silbar, un conjunto de poemas que componen, a partir de la muerte del padre, una trama de notable intensidad sobre los vínculos, las pérdidas afectivas y los modos en que se transforma y regresa lo perecedero.

Sonia Scarabelli (1968) no parece una escritora muy afecta a la exposición pública. No se la encuentra en las redes sociales, participa ocasionalmente de lecturas, publica muy de vez en cuando. Tampoco está retirada en algún lugar remoto: vive, trabaja y escribe poesía en la ciudad de Rosario. Datos puramente anecdóticos a la luz de su obra, una de las más importantes de la poesía argentina contemporánea como demostró, entre otros libros, con Celebración de lo invisible (2003, premio Felipe Aldana) y Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras (2008).

“Hay cosas extraordinarias que percibís en un artista que se dedica al dibujo y te habla de una experiencia que es además un oficio -dice Scarabelli a propósito de su paso por el taller de Usandizaga-. En ese sentido yo encontraba mucha afinidad porque la escritura también implica oficio, una actitud reflexiva. Flannery O'Connor cuenta en un ensayito que tiene amigos que escriben y que aprenden y se dedican a dibujar. No lo hacen porque crean que son buenos dibujando, dice, sino porque es un entrenamiento de la mirada”.

Escribir El arte de silbar planteaba un problema: “No lograba cambiar una forma sonora que yo encontraba mucho más amplia. Yo quería algo más chiquito y más directo, donde la elaboración formal fuera de otro orden, distinto a lo que venía probando. Un día le mostré unos poemas a una amiga -que finalmente fueron a otro libro, inédito, La enseñanza del dibujo- y ella me dijo: «sí, no sé, son exteriores con respecto a tus otros poemas. Me quedé preguntándome qué era lo exterior en un poema, pensando en la idea de estar completamente afuera, de aliviarme de esa idea que tenemos de la subjetividad, esta forma cerrada que es el yo. La poesía era justamente lo que llevaba afuera de eso, la poesía siempre te hace un lugar afuera y te libera”.

Flores que prefieren abrirse sobre aguas oscuras fue escrito en “una época de muchas pérdidas, a la que siguió otra época de muchas pérdidas, aunque viene la edad y a lo mejor hacés algo distinto con esas experiencias. Cuando terminé de escribirlo me preguntaba qué iba a hacer cuando me sentara de nuevo a escribir. «Esto mismo -me decía-. La finitud, la naturaleza, el tiempo, porque es lo que me interesa». Pero, cómo, ¿si ya estaba dicho? Entonces pensé que a lo mejor es de lo que yo me ocupo, de esos movimientos mínimos, microscópicos, dentro de una vida, donde vas tomando nota del tiempo que pasa. Hay algo trágico en sentido estricto en que ese proceso temporal sea irreversible. Éticamente,eso tendría que hacernos de otra manera. Perder la conciencia de tu mortalidad es un truco infernal, donde la vida no cuenta, algo muy típico de la sociedad contemporánea”.

Sonia Scarabelli empezó a escribir El arte de silbar en 2012, un año después de la muerte de su padre. “Tenía una imagen recurrente de mi papá, de cuando éramos chicos, enseñándole a silbar a mi hermano menor. Yo también silbaba. Pero silbar no era bien visto para las nenas. En la infancia íbamos a Córdoba, a la casa de unos tíos, y el momento clave era cuando mi papá preparaba las cosas para que fuéramos a caminar, y él iba solo con los chicos”.

-¿Qué silbaban con tu papá y tus hermanos?
-Canciones. Escribir, cuando empecé estos poemas, era hablar en un lenguaje íntimo. Imaginar una forma en la que hablás con alguien con quien tenés un grado de intimidad tan marcado que te liberás. Es la forma en que uno habla a sus seres queridos. Aparecía eso, una conversación con alguien que no está. Indudablemente, la marca de la muerte de mi viejo. Los poemas del libro salieron todos juntos, en dos meses, pero después hubo que trabajar mucho.

-El libro tiene tres partes y un sentido de unidad muy fuerte. Ya en los poemas de la primera parte reaparece la figura del padre.
-Sí, hay un regreso. Eso es constante en todo el libro: la idea de que las personas que amamos y mueren vuelven en todo. No sé si una idea, era una emoción que ahora recupero cuando leo los poemas. Para mí la poesía rompe por empezar con las propias expectativas y ataduras. En otros libro yo no usaba el voseo abiertamente; había algún tú, que ahora no sería capaz de volver a usar. Ahora el voseo es algo que se incorporó como parte de la lengua poética que intento armar. Tratar de vos al mundo es algo que solamente podés decir con los poemas. Creo en lo que dicen los poemas.

-“Sólo creo en lo que veo”, dice uno de tus poemas. Parece una réplica al título de un libro anterior, Celebración de lo invisible.
-Pero las cosas que veo son estas: el pajarito escondido en la rama, las ovejas, el campo. Y todo lo que te queda de los otros, como una imagen de la que te aferrás porque te sostiene. Te sostiene apreciando la vida. Para mí la imagen es una preocupación central. Lo concreto en la escritura tiene un impacto emocional, despierta otra experiencia sensorial en el que lee. Al menos es lo que me producen los autores que me gustan, que tienen esa fuerza que se concreta en la imagen, en los nombres, los colores y la luz de las cosas, en cómo suenan las palabras de los otros. En Celebración de lo invisible, en realidad, lo invisible era esa imagen que te exige un tipo de concentración difícil de dar en lo cotidiano. En esa época yo escribía mucho; ahora escribir lleva un tiempo distinto de trabajo interno, una gran exigencia de concentración lingüística e imaginativa, en el sentido de la fuerza que la imagen debe tener en la conexión con el lenguaje. Releía el libro cuando lo estaba corrigiendo y veía cosas recurrentes, las golondrinas, las lechucitas, las plantas, aparecen muchas veces. ¿Cómo puede ser que uno encuentre una inflexión diferente en lo mismo? Bueno, eso demanda un tipo de atención y de trabajo que cuando transcurre el tiempo te obliga a afinar la puntería. Como el trabajo del minero: uno escarba, escarba, escarba. Lo arduo es sentarse con poemas que tienen a lo mejor veinte versos y trabajarlos sin hacerlos pomada, tratando de mantener ese impacto espontáneo de la música. Para mí el trabajo es sobre todo del oído. Yo no era muy consciente de cuánto me impresionaba lo musical. Celebración... no es un libro donde haya mucha música, salvo en una parte, “La liebre”. Con Diana Bellessi apareció la cuestión de hablar de la música. “El oído, nena, el oído”, me decía. Es cierto. Eso también te da una forma de buscar el poema, y lleva más tiempo.

-“Vos sos el que está vivo,/ no el que está muerto.”, escribís en el poema “Orión”.
-Todo el libro dice más o menos lo mismo. Inclusive lo de hablar en presente al padre muerto; esa forma de llamar al interlocutor es también una forma de decir el regreso. Siempre me da vueltas la idea del recambio: yo ahora le hablo así a mi papá, que murió, pero en esa muerte siento también mi propia vida que llega a una curva. Es una de las pocas cosas que las personas seguimos teniendo para nosotras mismas: la oportunidad de reconocer los momentos de cambio en tu vida, de decir “este el momento de la curva”, por ejemplo. Y es una curva de descenso, donde se hace más intensa la sensación de que se termina el tiempo. Culturalmente vivimos experiencias que tratan de diluir esa percepción lo más posible, pero no hay manera de transformar esas operaciones íntimas del descubrimiento del propio momento último. Los únicos lugares sinceros son, sobre todo, los encuentros con la poesía. Intemperie sin fin, para citar a Juan L. Ortiz, así estés bajo techo o en una zona protegida. Esa intemperie hace un click en uno, te humaniza, te aclara.

-En otro poema se habla de escribir “un idioma nuevo”. ¿Cómo lo pensás?
-Una vez, conversando con Diana Bellessi, ella estaba releyendo el Siglo de Oro y me decía que Garcilazo había fundado un lenguaje de la intimidad. Esa es la idea del idioma nuevo. Para mí el poema nace en la interioridad de la lengua. Ahora, uno va teniendo distintos imaginarios de esa interioridad; por ahí yo tenía uno más libresco en otra época. Yo quería que en El arte de silbar la música fuera lo más despojada posible. Casi como si cantaras una conversación, o viste cuando uno le habla a las personas que quiere, a las personas cercanas, está en un momento sereno o feliz con esas personas y parece como si te cambiara el tono de voz. Una de las cosas más sorprendentes, cuando te enamorás de alguien, es que después de un tiempo escuchás una voz diferente del otro. Cuando el otro te habla afectuosamente parece que descubrieras un tono nuevo. Para mí en estos poemas había una forma nueva de imaginar la conversación con mi papá, que era un varón clásico, de la vieja escuela, un tipo que no hablaba de sus emociones, de sus sentimientos. Era un tipo amoroso, cariñoso, pero en los gestos, en cosas que hacía, o en toda la preocupación continua que tenía por sus hijos. Una narradora que va al taller que coordino en la Asociación Médica cuenta en un relato que un día el padre la llevó en brazos por un camino de ladrillos; “quisiera escribir que me dio un beso -dice-, pero eso sería una plusvalía, no sería hija de la verdad sino más bien una entenada de la verdad”. Con esa distancia, uno hace mucho; con eso que no pasó, a lo mejor mantiene el deseo de que los padres nos hablen de tal manera. Son cosas que no ves hasta que tenés cierta edad. A los 18 me peleaba con mi papá, pero después eché en falta que no me hubiera hablado de otro modo. Pero hay que seguir al poema, porque el poema capta también otras cosas que son menos mezquinas en uno; o es capaz de traducir la mezquindad en un gesto más amoroso, quiero decir la mezquindad de un hijo de decir “ah, ustedes hicieron esto” o “ah, ustedes no hicieron esto”. El poema lo hace mejor que uno.

-En la última parte de El arte de silbar hay un solo poema, “La exterioridad”, que cierra en más de un sentido al libro, ¿no?
-Cierra el proceso de duelo. Poder salir de uno es clave en la poesía. Quiero decir, salir de esa construcción imaginaria del individuo, del sujeto que funciona de tal o cual manera, medio mezquino. Salir y formar parte de las otras cosas. El poema hace esa operación imaginaria que se vuelve una experiencia: estar afuera de tu cabeza para estar adentro del mundo. Tengo esa confianza, creo que la poesía te saca de vos. Aunque pueda sonar pretencioso, son distintas formas que se van encontrando de hablar de cualquier proceso de creación en el que hay algo que no tiene que ver con la autoría sino con la entrega. Siempre es un salto al vacío, cuando uno trabaja con la escritura y empieza algo nuevo. Te da cierto vértigo, porque uno está asegurado en un lugar. Pero esos movimientos mínimos suponen un desafío, aunque parezcan algo pueril. Hay una parte de todo proceso de creación que se vive como exterior, como no propia -en el mejor sentido- es el espacio abierto para el lector, en el caso del que escribe poemas. Cuando aparece un verso con un tono, lo que tengo que hacer es escucharlo. Lo releo ochocientas mil veces, lo grabo, me grabo leyéndolo, lo escucho.  Y lo sigo cuando tiene un correlato con un registro emotivo. Me gusta hablar en esos términos de la relación con la escritura, en términos de cariño. En este libro encuentro una búsqueda que estaba presente en Celebración...: la búsqueda de una voz que no tuviera mucho que decir. Tenía mucho que ver con  lograr ese tono que es como le hablás a las personas a las que amás con confianza. Te relajás en presencia de esas personas, usás otro tono y tenés otra disposición. A mí me gusta que la poesía evoque o al menos roce esos momentos, cuando uno está más conectado y al mismo tiempo más libre. A veces ell amor también se siente como una especie de cárcel, pero en general esos momentos afinados de los vínculos filiales, paternos, maternos, amorosos, son algo que me lleva a escribir.

En Señales, 23 de noviembre de 2014.

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