miércoles, 15 de abril de 2015

El miedo


La palabra es miedo. Miedo al delito y a la inseguridad. Miedo a perder el trabajo y a enfermarse. Miedo a la soledad y a exponerse en público. Miedo a estar gordo y a estar flaco. Miedo a perder el pelo y a envejecer. Miedo a morir. “En las sociedades contemporáneas uno de los deberes cívicos correctos es tener miedo”, dice Esteban Rodríguez Alzueta.
Abogado y magister en Ciencias Sociales, profesor de la Universidad Nacional de La Plata, Rodríguez Alzueta publicó el año pasado Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno, un libro que precisamente hace foco en uno de los grandes fantasmas de los argentinos. “A mediados de la década del 90, el miedo al delito empezó a presentarse como un problema separado del delito. Por eso a veces refleja el aumento de la criminalidad y a veces encontramos situaciones donde el delito ha disminuido y la sensación de inseguridad ha aumentado”, señala.
El miedo es portador de reclamos, pero la interpretación de esas demandas resulta controvertida. “A través de su miedo lo que la sociedad está haciendo no es solo manifestar su vulnerabilidad sino también plantear su preocupación, dar cuenta de determinados problemas -agrega Rodríguez Alzueta-. Pero esa percepción muchas veces se transforma en un insumo para la política”.
Y entonces empiezan los problemas. “En los años 90, en un contexto de destrucción social, de creciente marginación, empieza a aumentar el delito y las clases dirigentes encuentran en la sensación de inseguridad un insumo para recuperar formas de legitimidad y consenso que estaban erosionadas, desplazando la cuestión social por la cuestión policial, y lo hacen transformando en chivos expiatorios a determinados actores que empiezan a ser referenciados como protagonistas de la conflictividad social como por ejemplo los mal llamados y famosos pibes chorros”, dice Rodríguez Alzueta, también profesor de Sociología del delito en la Universidad Nacional de Quilmes.

Formas de contagio
El virus se propaga a través de las redes sociales y de los distintos soportes de la prensa. Lila Lucchessi, profesora en las carreeras de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Río Negro y en la Universidad de Buenos Aires, sostiene que los medios “últimamente generan miedos de de distinto tipo, muchas veces bienintencionadamente y otras no tanto; la seguridad, en particular, genera un mercado y tiene seguidores y lectores, gente ávida de conocer historias con cierto grado de truculencia”.
Entonces hay que separar la paja del trigo. “A veces hay cierta intención de generar incertidumbre y otras veces la propia rutina del trabajo hace que un periodista publique una noticia con muy poca información, lo que lo lleva a cumplir protocolos no de calidad sino de estructuras narrativas que lo llevan a difundir datos inexactos”, dice Lucchessi. El supuesto intento de violación de dos mujeres que iban en un remise vale como ejemplo: en realidad el chofer tuvo un ataque de epilepsia y las pasajeras se asustaron, “pero si se habían tirado del auto la historia cerraba y durante una semana el remisero fue presentado como un violador”.
El miedo puede ser un efecto de los hechos en sí pero también de la manera en que son contados. Lucchessi cuestiona la costumbre de hacer series con sucesos que, bien mirados, poco tienen que ver. “A Daiana García (la joven asesinada el mes pasado en Buenos Aires después de ir a una presunta entrevista laboral) se la puso en la misma serie que a Candela Rodríguez y que a Ángeles Rawson. No es lo mismo un ajuste de cuentas que un abusador. Las series permiten organizar la información en la medida en que tenga rasgos parecidos. Ahora, cuando se toman hechos que son distintos y se los quiere hacer funcionar así hay dos factores, ignorancia supina o intencionalidad”, advierte.
Esteban Rodríguez Alzueta dice que la crónica policial es una reescritura constante del cuento de Caperucita Roja, y hace una parodia de esos relatos estereotipados: “Un buen día, una chica volvía de la facultad hasta que fue interceptada por un violador; un buen día, un padre de familia regresaba de su trabajo cuando fue asaltado por un pibe chorro. Pero el pasaje del delito al miedo al delito coincide con el pasaje de la crónica policial a las agendas securitarias; el periodismo hoy en día no está contando un hecho extraordinario sino, por el contrario, hechos ordinarios. El periodista describe los acontecimientos en una serie, porque el problema ya no es un delito concreto sino la inseguridad; el problema es otro robo, otra violación que se produce. Y si todos podemos ser víctimas de otro delito, todos tenemos algo para decir. Por eso el periodista le puede poner el micrófono a cualquier persona que pasa por la calle. Esa persona a lo mejor no vio nada de lo que pasó puntualmente, pero tiene algo para decir porque el temor al que el periodista está interpelando también la involucra. La noticia no es entonces el delito sino el miedo al delito; el periodista ya no cuenta lo que pasa sino lo que puede pasar: lo que le pasó a Daiana García ayer es lo que le puede pasar mañana a Josefina, a María, a Esteban, a Osvaldo, a cualquiera. De eso se trata la sensación de inseguridad”.
No obstante, agrega Lucchessi, el público no es un sujeto pasivo. “Las audiencias están insertas socialmente, tienen cierto grado de contención familiar y cultural que hacen que el impacto de los hechos sea más fuerte o más débil, acorde con las herramientas de decodificación que se tengan para esas cuestiones. La propia experiencia hace que te identifiques con un caso y entonces tengas mayor sensibilidad, pero no es algo lineal. En cualquier caso la prensa no opera sobre la sociedad si la sociedad no está preparada. Si la prensa puede instalar determinadas visiones discriminatorias, por ejemplo, es porque hay algo en la sociedad que es muy discriminatorio. Tiene que haber una base en la sociedad donde se produzca el anclaje de esas miradas”.

Según pasan los años
Los abuelos cuentan que en sus tiempos no había mayores analgésicos para los dolores de muelas. “Entonces esos dolores era un sufrimiento que formaban parte de la vida, algo a lo que uno debía allanarse. Eso implicaba una tolerancia respecto del dolor que hoy somos incapaces de tener, con nosotros mismos y con otros: no soportaríamos por ejemplo que un hijo tuviera un dolor de muelas durante un tiempo sin intervenir de alguna manera”, dice Marisa Germain, psicóloga y profesora de la cátedra de Sociología en la Licenciatura en Trabajo Social de la Universidad Nacional de Rosario.
Los miedos se transforman sobre la base de la expectativa que tenemos de no padecer ciertas cosas y de la capacidad de respuesta que nuestras sociedades elaboran en términos de protección de la vida, en las más diversas formas -señala Germain-. Tenemos cada vez más la voluntad de no temer nada porque creemos que es posible no temer nada. Y las situaciones que actualizan temores que no podemos gobernar se vuelven muy problemáticas, adquieren la dimensión de la catástrofe, cuando años atrás la posibilidad de enfrentar ese tipo de situaciones aparecía en el orden de lo natural para nosotros, como miembros de la especie. Tenemos una tolerancia muy baja al temor”.
Los objetos del miedo están relacionados con las posibilidades de consumo. “Por eso se vuelven primarios en el marco de una crisis, cuando no hay capacidad de consumo, y se vuelven más refinados cuando las condiciones mejoran. Si uno enfrenta la posibilidad o imposibilidad de mantenerse con vida porque no tiene para comer, por ejemplo, el miedo a los conservantes o los elementos tóxicos que pueda contener la comida, pasa de largo”, agrega Germain.
La agenda actual del miedo es muy amplia y uno de sus principales capítulos tiene que ver con la estética: las arrugas, los kilos de más o de menos, el estado general del cuerpo, provocan diversos temores. En medio de tantas preocupaciones subyace el miedo más viejo de la especie: “El temor por los signos del envejecimiento y de la decadencia corporal aparecen en la medida en que actualizan la posibilidad de la muerte. Si te da miedo ver que se te caen los músculos o las tetas, esas cosas tienen que ver con un anticipo de la degradación total del cuerpo, y eso se intensificó en la medida que la cultura provee alternativas que permiten intervenir sobre el cuerpo y borrar esos signos”.
La muerte, como decía un poema de Dylan Thomas, no tendrá dominio. “Los consumos tienden a presentar modalidades de vida que no la incluyen en el horizonte -sigue Germain-. A las mujeres de 60 años, por ejemplo, se les ofrece vestimenta que es prácticamente la misma que de una chica de 16. La idea es que una mujer de 60 puede lucir como una chica de 16, aunque eso no sea posible. Hay una idea de eliminar del horizonte cualquier forma del mundo externo que ponga en jaque la vida”.
Cada época y cada sociedad se define también por sus temores. Aunque la actualidad tendría su marca, precisamente, en la diseminación del virus, ya que según dice Rodríguez Alzueta, “antes era un sentimiento que expresaba cobardía, debilidad”. El miedo marca un antes y un después: “Los temores ingobernables en la vida individual surgen en circunstancias particulares, como ante una enfermedad o ante el accidente de una persona cercana. Un temor que no está regularmente presente aparece entonces y de un modo tan intenso que desordena la existencia”, apunta Germain.
Otro miedo característico del presente surge del uso de las redes sociales y de su efecto inmediato, la consideración pública de la imagen personal. “Todos estamos más o menos expuestos, algo que antes pasaba con poca gente. Ahora todo el mundo tiene una imagen pública”, señala Germain y puntualiza ciertas formas de bullyng entre jóvenes “sobre las imágenes que aparecen en facebook y el temor intenso a que la consideración social sobre uno quede desacreditada”.
Hasta no hace mucho las madres les decían a sus hijos cuando iban a la escuela que no aceptaran cosas de extraños. El consejo suena anacrónico en una sociedad donde jóvenes y adultos interactúan permanentemente con desconocidos en las redes sociales. “Nuestras posibilidades de relación estaban circunscriptas décadas atrás al contacto cara a cara -observa Germain-. A partir de las redes sociales el mundo de las relaciones creció indefinidamente y eso implica una modificación en el repertorio de nuestros temores, que todavía no podemos medir, aunque lo cierto es que las relaciones se multiplicaron y eso implica multiplicar también los temores presentes en el fondo de cualquier contacto social”.

Más allá del miedo
Si el miedo paraliza, hay un remedio. “El miedo también se explica en una historia donde se han ido resquebrajando lazos sociales, donde las redes se han desfondado -señala Rodríguez Alzueta-. A medida que nos desenganchamos de las grupalidades y nos atrincheramos, nos encerramos en nuestras casas, eso crea condiciones para sentirnos más vulnerables y para que aumente la sensación de inseguridad. La ocupación de los espacios públicos, la multiplicación de nuestra inscripción en grupos de pares contribuye en cambio a sentirnos más seguros. Contar con nuevos puntos de vista para problematizar y discutir problemas que si los miramos por el ojo de la cerradura, es decir a través de la televisión, se nos presentan como problemas exacerbados, amplificados y que ponen las cosas en un lugar donde no se encuentran. Si estamos solos frente al televisor vamos a tener más miedo”.
Para Marisa Germain los efectos del miedo pueden ser muy positivos: “El miedo suscita respuestas, produce formas de asociación, moviliza. No neutraliza sino que engendra, y engendra algo de una potencia que los poderes a veces no saben cómo contener. En la dictadura el terror que debía paralizar produjo organizaciones de familiares y de madres. El miedo es uno de los grandes motores de la actividad humana”.


En Diario La Capital, 12 de abril de 2015.

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