sábado, 25 de junio de 2016

Una cantera para saquear




Entrevista con Sebastián Hernaiz:

-Borges fue muy cuidadoso de la edición y corrección de su obra. ¿Qué criterios guiaron esas correcciones, cómo pensaba su obra?
-Más que decir que Borges fue “muy cuidadoso”, diría que fue insistente, por demás perseverante en los trabajos de corrección y reedición (no tanto en los de edición) de sus libros. Curiosamente, ya desde su primer libro de poemas, la primera edición parece ser resultado de una vocación de publicar pero sin mayor atención a la edición. En 1923, publica su primer libro con desatención a su paginado, a correcciones e incluso tiene que eliminar un grupo de problemas para que alcancen las páginas pactadas. Cuando reedita en sucesivas instancias ese mismo libro, las correcciones de versos, la eliminación de poemas, los cambios de títulos y reordenamientos de distinta índole son lo primero que salta a la vista. Borges tuvo distintas formas de trabajar la reedicińo de su obra: eliminando libros, ocultando fechas, frecuentando el corrimiento de textos y modificando concepciones estéticas generales. Hay un acuerdo en señalar que en sus poemas, por ejemplo, se aleja del ultraísmo, elimina giros de escritura que lo acercaban a una emulación de lo oral, etc. En general, todas las reediciones de Borges son corregidas y cada una lo que hace es posicionar al autor en su contexto político-cultural desde una intervención siempre renovada, modificando la imagen de autor construida en el el pasado y actuando sobre su presente desde la modificación de su obra.

-Después de la muerte de Borges, la obra se amplió con reediciones de libros y textos dispersos. ¿Tenemos un mejor conocimiento de Borges o qué tipo de efecto produjeron estas publicaciones en relación a la obra y a la figura de su autor?
-Hay un Borges después de Borges, efectivamente. No diría que eso deriva en un “mejor conocimiento”, sino en un conocimiento otro: surge otro Borges, no menos productivo que el que conocíamos hasta entonces. De algún modo corroe la imagen instalada previamente, de algún modo conviven ambos. Hay un Borges que se podría anclar en el Borges que va de la redacción de su “Autobiografía” en 1970 y organiza y publica el mítico tomo verde de Obras completas en Emecé, en 1974. Después de su muerte y con las ediciones de textos recobrados que inaugura Textos cautivos, surge un acervo material que facilita un Borges histórico, un recorrido diacrónico por sus intervenciones puntuales en contextos materiales específicos (revistas, suplementos culturales, libros, paratextos de libros ajenos, periodismo, etc). De algún modo, el material con el que el Borges del 74 se inventa a sí mismo.

-¿Cuál es el lugar de Borges para los escritores jóvenes? ¿Qué diferencias encontrás respecto al lugar que tenía, por ejemplo, para la generación de Saer y Piglia?
-La presencia de Borges es fundamental hoy día en los mejores textos que se producen. Incluso en quienes no reconozcan la suya como una influencia central, hay una concepción no mitificada y autoconciente de las especificidades del lenguaje y de lo literario que, en la literatura en español -aunque podríamos exagerar un poco más: en la literatura de la segunda mitad del siglo XX-, no serían iguales sin la lectura de los textos de Borges. Algunas ironías o adjetivaciones que remiten a esos textos no faltan, por ejemplo, en la obra de Mauro Libertella, donde son marcas subrayadas de una lectura placentera de la obra de Borges.
A diferencia del lugar que ocupó Borges entre los años setenta y los noventa, la lectura de su obra sigue siendo por demás productiva pero hoy no pareciera ser una presencia opresiva. Si a Piglia o Saer les abrió caminos productivos pero al mismo tiempo de límites muy claros, senderos de bordes bien delineados, infranqueables; en los escritores que empezaron a publicar más recientemente (y pienso acá en narradores, pero también poetas y ensayistas) esos límites aparecen desdibujados, se abren senderos pero pareciera ser más fácil irse a la banquina o bajar en cualquier camino de tierra transversal.
Tal vez, un hecho importante a constatar sea que, si bien se lo ha monumentalizado como “el gran escritor argentino”, su figura pública no es un problema ya: se mantiene la vigencia de su obra, no tanto de su figura. A diferencia de cuando Piglia o Saer comienzan a publicar sus obras, hoy Borges no es un problema a enfrentar, sino una cantera de textos que saquear.




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