sábado, 5 de noviembre de 2016

La memoria cultural del crimen


Un diálogo con Román Setton, investigador del Conicet, doctor en Letras por la Universidad de Colonia (Alemania) y compilador de Fuera de la ley y de Ficciones policiales, entre otros libros.

-El periodista de policiales aparece con frecuencia como un personaje de la propia crónica, que disputa un lugar de saber con el policía y con el juez y circula en una especie de zona gris entre la ley y el delito. ¿Cómo funciona esta imagen mítica del periodista en la memoria cultural del crimen? ¿Hay algún episodio que muestre de manera elocuente la aparición de ese personaje?
-La imagen de ese cronista que está delineado en tu pregunta se vincula, al menos en mi imaginario, con dos elementos tópicos de las historias y crónicas policiales / criminales.  1) el del periodista que actúa de los dos lados de la reja, que interroga al criminal y en parte toma partido por éste –y para eso debe pasar del otro lado de la reja, abandonar el espacio de la legalidad–; este personaje es para mí, por excelencia, la figura que encarna James Stewart en Call Northside 777 pero también aparece en varias películas argentinas como las dirigidas por Don Napy, en algunos casos interpretado por Pedro Buchardo. En Captura recomendada incluso aparecen muchos de los cronistas empíricos célebres en la época y los relatos del film (son tres historias breves) están tomados de la compilación de casos del periodista Luis A. Zino. En otras películas, como en Apenas un delincuente, la prensa aparece solamente como la instancia narrativa, pero no hay un personaje visible que la encarne. Según mi parecer, en la materia policial la prensa está ligada de manera eminente con la búsqueda de la verdad, participa de una empresa colectiva y lucha por el bien social. El sacerdocio de la ciencia, el de la prensa y el de la labor policial se unen en pos del beneficio del cuerpo social y se oponen al crimen (organizado).
En la literatura argentina, entiendo que el periodista no es un personaje tan recurrente, si bien aparece muy tempranamente (William Wilson en los relatos policiales de Vicente Rossi, publicados entre 1907 y 1912; Suárez Lerma como protagonista de El enigma de la Calle Arcos, en 1932), pero tiene una importancia significativa en la primera mitad del siglo XX. Uno de los más importantes periodistas de la tradición policial argentina es Daniel Hernández, el personaje de Rodolfo Walsh que narra las historias del Comisario Laurenzi y compite con él. Y no es casual que sea precisamente un personaje de un autor que luego va a tener un viraje en su escritura hacia la no-ficción.
Esta figura del periodista hoy se encuentra presente, por lo general, en todas las escrituras de textos biográficos de criminales, en las narraciones de crímenes por sus protagonistas, libros escritos desde la cárcel en la mayor parte de los casos –como ya bien lo estudiaste vos– con la mediación de periodistas (de policiales); 2) el otro elemento, que yo vinculo más con la primera mitad del siglo XX, es el del cronista de policiales en sentido estricto, tal como lo fueron José Saldías o Roberto Arlt, y que en muchos casos participaron de la bohemia porteña. Esa figura ya por su propio lugar de periodista-escritor se encontraba en una posición ligeramente de outsider, que lo acercaba un poco al mundo del crimen (un mundo que tenía mucho de bohemia, a veces no tanto de crimen y muchos más códigos probablemente que el actual mundo criminal).

-¿Qué lugar ocupan las crónicas policiales en la “revalorización del itinerario del policial en la Argentina” de la que hablás en Fuera de la ley? ¿Se trata de una intervención acotada a la primera mitad del siglo XX o de una especie de movimiento que se sostiene hasta hoy?
-Yo entiendo que las crónicas ocupan un lugar fundamental en esa revalorización, porque muchos de los escritores de la época son, por las condiciones del campo y del mercado culturales, escritores-periodistas. Eso hoy casi no existe o existe muy poco –entiendo que la presencia de los escritores actuales en los diarios es muy diferente a aquella de la primera mitad del siglo XX– para perjuicio del periodismo y de la literatura. La práctica cotidiana de la escritura cotidiana y la voluntad / necesidad de comunicarse todos los días con un público realmente masivo produjo grandes cosas en la literatura y en el periodismo.  Como dije, creo que es un movimiento que hoy casi no existe, porque la literatura del libro y en gran medida también los diarios han perdido su carácter masivo. Seguramente hoy la lectura es más frecuente y extendida que nunca antes, pero lo es de otros modos.

-En las memorias de escritores, el ejercicio de la crónica policial suele aparecer como una instancia de aprendizaje, de revelación del mundo y también de cierto desencanto (por ejemplo lo que recuerda Arlt de su paso por Crítica). ¿Qué efectos tienen esas experiencias en la escritura literaria?
-Yo creo que en esos años de Arlt la escritura periodística en general tenía una experiencia transformadora; el ejercicio del periodismo era adoptar un modo de vida aventurero, formar parte de una especie de fraternidad marginal, intelectual, audaz, irreverente. En ese sentido, era, como afirmás, una revelación del mundo, y lo era en un sentido doble, por el mundo y por el sujeto en el mundo, tal como en la novela de formación. En ese conocimiento del mundo había también un conocimiento del propio sujeto y una transformación. Y al igual que en la novela de formación el sujeto tenía que llegar a una especie de compromiso con ese mundo. Eso a veces sucedía con cierto desencanto. Pues había que lidiar con la prosa de la vida en ese universo de aventuras muchas veces pequeñas. A partir de allí también muchos escritores varían la percepción de sí mismos. O hacen de su figura de escritor un personaje de una novela de aventuras. A mi entender, la figura romántica del escritor como outsider proviene en parte de allí, y también probablemente es cultivada por algunos escritores sencillamente porque “garpa”.

-¿Cómo funciona la ficción en la crónica policial en los períodos que has estudiado? ¿Y cómo aparece la crónica policial en el espacio de la ficción (de la literatura argentina)?
-La crónica policial en los períodos que yo estudié está vinculada en gran medida al carácter masivo de la literatura folletinesca. A mi entender, la segunda mitad del siglo XIX (más en Europa que en Argentina) y la primera mitad del siglo XX están marcadas por esa vinculación indisociable entre folletín y crónica policial. En Argentina el caso quizá más emblemático de ese tipo de literatura es Eduardo Gutiérrez, pero también en Borges los elementos folletinescos son numerosísimos –un elemento que se suele pasar enteramente por alto–. Basta tomar “Emma Zunz” y detenerse medio minuto en la trama: el padre muerto, el cambio de identidad, el conflicto en torno al honor, la reivindicación del ofendido, el disfraz y el engaño, la venganza del inocente agraviado, la violación, solamente para nombrar los más visibles.
Para entender el influjo de esa literatura en la crónica policial, se presta excelentemente bien una cita del Toba Saldías, en que él mismo explica cómo funcionaba ese vínculo en el momento eminente del aprendizaje de la profesión, cuando él se transforma a la vez en escritor y cronista de policiales. Saldías relata esta escena de iniciación a partir de un consejo que recibe de –el Negro– Ángel Méndez. “Escuchame bien. El periodista escribe para interés del público: Has leído diarios y novelas. Me has contado lo de tu periódico imitando el tono festivo de los semanarios consagrados. Bueno. Ahí está la cosa. Si de policía: Sherlock Holmes… Si fallecimiento, «el amplio círculo de sus relaciones», «causó honda consternación, etc. ¿Me entendés?» [...] una mañana a las doce [...] llegué en el instante justo en que la agencia de La Plata pasaba telefónicamente una información importante [...] En Río Negro, un hombre, que era capataz de una estancia, había enloquecido y había empezado a las puñaladas eliminando a toda la familia. En mi interior se entablaba de inmediato una lucha. El telegrama era escueto. Mencionaba lisa y llanamente los nombres de las víctimas de ese bárbaro atentado y especificaba la edad de cada víctima con la cantidad de puñaladas que había recibido. Ante mí se alzó la figura monitora del Negro Ángel Méndez, diciendo cuanto debía hacer en nombre del periodismo. Parecía resonar en mi oído su consejo: Si policial, Sherlock Holmes... Cuando terminé de inflar el telegrama [...] había escrito dieciséis carillas.”

Este es el comienzo de la exitosa carrera como periodista y escritor del narrador de La inolvidable bohemia porteña y, si bien tiene mucho de novelesco, se asemeja notoriamente a otros textos autobiográficos de escritores contemporáneos.

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