viernes, 16 de diciembre de 2016

La explicación del crimen


Un fragmento de "La explicación del crimen, relatos de protagonistas", publicado en el libro Crimen y pesquisa, compilado por Román Setton y Gerardo Pignatiello.














En las crónicas del delito hablan muchas voces. Los policías, los jueces, las víctimas, los abogados, los criminólogos, los historiadores, los funcionarios y los periodistas especializados tienen algo para decir, y encuentran sin inconvenientes el espacio para decirlo. Pero hay personajes que no disponen de la misma posibilidad. O cuando pueden hablar reciben un lugar secundario. Y sin embargo, tienen un rol clave en los hechos en cuestión. Son los protagonistas.

A diferencia de lo que ocurre a priori con cualquier otro personaje del mundo del delito, el acusado por un crimen provoca desconfianza. Su palabra está devaluada. Hablar o mantenerse en silencio son, en su caso, estrategias sospechosas. Si habla, se supone, es para obtener alguna ventaja, y si calla, es para evitar una complicación. En cualquier caso, resulta difícil de aceptar. Nada parece más diferente de la verdad que su relato. Los protagonistas se convierten entonces en testigos mudos de su propia historia. No tienen voz en la explicación del crimen, en el conjunto de relatos que se produce a propósito de sus actos, de su experiencia.

La explicación del crimen está en directa relación con el caso extraordinario. Lo extraordinario del caso tiene que ver no tanto con las circunstancias concretas en que se desarrolló como con su repercusión, es decir, precisamente con ese conjunto de relatos de los que el caso es el origen. Son relatos que se proponen esclarecer un enigma –básicamente establecer la identidad del criminal– pero que en el mismo movimiento de la narración, obviamente, constituyen ese enigma. Esa circulación mantiene al crimen abierto, pendiente de resolución en tanto relato; más allá del pronunciamiento de la justicia, el cruce de versiones y de hipótesis, su actualización más o menos periódica, su conversión en efeméride e instalación en la memoria, abstrae a estos crímenes de la época y el lugar en que ocurrieron, y define a sus relatos como textos inconclusos o por lo menos con finales abiertos, provisorios, hasta que una nueva voz retoma su narración.

El conjunto incluye los informes policiales, los pronunciamientos judiciales y los dictámenes científicos; las investigaciones periodísticas, los comentarios editoriales, las publicaciones en general y también los rumores y los mitos urbanos; y tiene como principal punto de articulación
el discurso de la prensa. La explicación del crimen extraordinario contiene como uno de sus rasgos característicos el hecho de reunir y poner en primer plano temores y preocupaciones que circulan de manera más o menos solapada en la sociedad. El asesinato de Norma Mirta Penjerek, en 1962, narrado como un caso de la dolce vita, como se decía entonces, después de que la película de Federico Fellini (1960), dejó instalada la idea de un estilo de vida licencioso y despreocupado como mal de época, o el de Aurelia Catalina Briant, en 1984, que asoció los fantasmas de las sectas religiosas y la represión ilegal durante la dictadura, son ejemplos de ese tipo de construcciones, que se introducen por las fisuras de las investigaciones, a través de hipótesis que parecen verosímiles
y cuya carencia de pruebas suele ser tomada como la evidencia de factores o intereses poderosos que obran en las sombras para que la verdad permanezca ignorada.

En la trama de la explicación del crimen, los protagonistas no son escuchados de la misma forma en que se escucha a otros personajes tanto o menos confiables. Como si sus palabras perdieran valor al ponerse fuera de la ley con sus actos. En los procesos judiciales se los invita a hacer una declaración antes de que se conozca la sentencia. Pero este procedimiento es una formalidad que apunta más bien a satisfacer a la propia justicia y a la sociedad, porque en la práctica no tiene ningún efecto en la sentencia. Los protagonistas del crimen no pueden quedarse
con la última palabra. Por eso, de vez en cuando dan su propia versión, al margen de las instancias de la ley, por canales alternativos. La historia criminal ofrece ejemplos de condenados por crímenes y robos que fueron desoídos en sus reclamos y que escribieron cartas, autobiografías y testimonios para relatar lo que consideraban la verdad de sus historias.

Se trata de un conjunto heterogéneo, pero que comparte características significativas. En primer lugar, no son estrictamente confesiones, sino, por un lado, manifestaciones de inocencia, actos de defensa; por otro, sin desconocer su participación en los hechos que les adjudican, los protagonistas apelan al juicio del lector, esperan ser comprendidos y en última instancia exculpados por la consideración de circunstancias del contexto y de las historias en cuestión. No aceptan las responsabilidades por los crímenes que les adjudican. En todo caso, invocan atenuantes. Rechazan los fallos de la justicia y contestan a las versiones establecidas.

¿Por qué ciertos protagonistas de la crónica policial, pese al transcurso del tiempo, son percibidos como personajes oscuros y mantienen latente el rechazo mayoritario de la sociedad? ¿Tiene que ver con la magnitud de sus crímenes o con el hecho de que se resisten a confesarse culpables, a que rechazan la verdad que la justicia les trata de imponer y en consecuencia rechazan el proceso que comienza a partir del momento en que un acusado admite su responsabilidad en un crimen?

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