martes, 5 de junio de 2018

Robledo Puch

Robledo Puch representa, para el sentido común, una especie de ideal del delincuente y de lo que debe hacerse con las personas que delinquen. "El peor asesino de la historia argentina", como lo consagró la crónica, nunca nos defrauda: siempre tiene una ocurrencia disparatada, una declaración alucinada, frases que parecen extraídas del fondo de una pesadilla y en la que se escucha, cada vez, una nueva amenaza, una advertencia que nos hace pensar que bien encerrado está y así debe seguir.

Es cierto que Robledo Puch no reconoce sus crímenes, con lo que mantiene abierto su desafío a la sociedad. Pero en definitiva resulta tranquilizador: Robledo Puch es para el sentido común un monstruo, alguien que no tiene ninguna relación con la sociedad, que se manifiesta ajena a sus crímenes, como si Robledo hubiera llegado de algún lugar remoto. Y no solo es tranquilizador: también resulta cómico. Ahora nos hace reír con sus fantasías sobre la adaptación en cine de su historia: quisiera que la hubiera filmado Tarantino, que Leonardo Di Caprio interpretara su papel. Pero la risa es posible en la medida en que siga encerrado. La risa es la nueva forma de su castigo.

El médico Osvaldo Raffo lo comparó con un león enjaulado, que parece inofensivo solo porque permanece detrás detrás de las rejas. Con 46 años preso, Robledo Puch parece la mejor demostración de que la cárcel no sirve para nada, fuera del encierro.

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