jueves, 20 de septiembre de 2018

La sombra más luminosa

Lector apasionado de correspondencia y diarios de escritores, José Bianco escribió también sus propias versiones de esos géneros. No ya porque les haya dedicado ensayos y artículos críticos, sino porque él mismo los practicó por los requerimientos de su trabajo como jefe de redacción en la revista Sur, traductor y editor y por circunstancias de su vida personal. Epistolario, el volumen que publica Eudeba en la Serie de los dos siglos, ofrece un conjunto extraordinario de cartas escritas durante más de 40 años e incluye fragmentos de un diario. La recopilación ilumina la figura del autor de La pérdida del reino y el conjunto de sus textos desde un nuevo ángulo: “Estas cartas son parte de la obra de Bianco, y una parte bastante frondosa”, dice María Julia Rossi, a cargo de la edición junto con Daniel Balderston y Eduardo Paz Leston.
La correspondencia de un escritor supone un corpus incierto. Las piezas que lo integran –Rossi habla del armado del libro como de un rompecabezas– están dispersas entre sus corresponsales. “Sabemos que faltan cartas —las dirigidas a Julio Cortázar y a Manuel Puig, por ejemplo. Sabemos también que las que dirigió a Enrique Pezzoni fueron quemadas. Pero esta muestra es suficiente para apreciar la centralidad de Bianco en el mundo literario argentino”, dice Balderston en el prólogo. Las cartas no se escriben para ser publicadas –pero ese carácter es lo que las vuelve particularmente valiosas– y sus destinatarios, o sus poseedores, prefieren a veces que permanezcan en secreto. “Hay epistolarios que fueron expurgados y otros que llegaron de manera azarosa”, agrega Rossi a propósito del proyecto de edición, que insumió siete años de búsqueda y consultas con archivos de la Argentina, Francia y Estados Unidos.
Epistolario reúne en edición anotada las cartas que Bianco escribió a Victoria Ocampo, Mario Vargas Llosa, Silvina Ocampo, Juan José Hernández, María Rosa Oliver, Carlos Fuentes, Virgilio Piñera y Emir Rodríguez Monegal, entre otros. El libro presenta dos anexos, con la correspondencia sostenida en francés con Adriene Monnier, Maurice Saillet y Franz Hellens, y el diario de Bianco, con entradas fechadas en 1938 y 1945, depositado en la Universidad de Princeton. En cuanto a fuentes de información, dice María Julia Rossi en la introducción, las cartas de Bianco incumben a la revista Sur y a sus actividades como editor en Eudeba y Centro Editor de América Latina, “así como muchos intríngulis del rol de go-between que opera entre los autores y el que desempeña para la difusión de obras”. En un segundo período, es un referente para lectores extranjeros sobre la literatura argentina.
La correspondencia, señala Paz Leston en el epílogo, es prueba de afecto y de amistad en Bianco, como puede leerse de manera ejemplar en las cartas a Silvina Ocampo y María Rosa Oliver. “El amor apasionado que tuvo por Enrique Pezzoni no volvió a tenerlo por nadie –puntualiza–. No llenaba ese vacío. La relación que tuvo con Juan José Hernández no tenía nada de romántico: de Hernández le gustaban su inteligencia, su brillantez y sobre todo su talento literario”.
La riqueza de una carta surge de aquella parte de su contenido que no puede ser dicho por otros medios. Los juicios y opiniones que pasarían por infidencias en un espacio público y los detalles que resultarían superfluos o fuera de lugar en otros textos, incluso en un diario íntimo, convierten al epistolario, dice Rossi, en “un reservorio exclusivo de episodios de otro modo desconocidos, que morirían con sus protagonistas y participantes”.
La correspondencia de Bianco es así especialmente reveladora en cuanto al trabajo en Sur, la preocupación por los colaboradores que quiere en la revista, las tensiones con Héctor Murena –“Debe de estar resentido conmigo porque se dio cuenta de que no me gustó su novela y que su artículo sobre los homosexuales me pareció infecto”– y en particular la ruptura con Victoria Ocampo después de su viaje a Cuba en 1961, una cuestión que va y viene en el diálogo con diversos escritores.
Las cartas también documentan sus momentos de hartazgo, no menos reveladores: “¿Qué se piensan los “creadores” de este país? –se pregunta- ¿Que pueden escribir impunemente malas novelas y malos ensayos y que recibirán los consabidos elogios a que están acostumbrados por razones de conveniencia?”.
A propósito de la traducción de Después de Freud, de J. B. Pontalis, que Francisco Porrúa le encarga para Sudamericana, Bianco confiesa que no entiende “absolutamente nada” del libro y que cuando relee lo ya traducido se pone a reír. La “jerga existencialista” en un libro de Simone de Beauvoir le produce el mismo efecto. Como ha explicado Paz Leston, por otra parte también uno de sus corresponsales, “Bianco era partidario de la amenidad en materia de literatura. Detestaba la pesadez, lo pretencioso, lo patético”.
Bianco escribe también sus lecturas por carta. “Todos los cuentos me parecen de primer orden. No suprimas, ni se te ocurra, ninguno”, le dice a Silvina Ocampo en una minuciosa devolución de Las invitadas. En cambio, es mucho más reservado para hablar de su propia obra. No tiene el tiempo necesario para dedicarle, se muestra descontento con los resultados, pide reserva. “No hablés con nadie de mi novela porque no tiene miras y es muy posible que sea póstuma e inconclusa como la sinfonía”, escribe sobre La pérdida del reino en otro pasaje de la correspondencia con Ocampo.
Una excepción al respecto es la alegría que le produce la reseña de Juan García Ponce sobre La pérdida del reino, en la revista Plural. Aun así, hay que entresacar su propósito de “hacer una novela que fuera y no fuera tradicional, rehuyendo las técnicas actuales que admiro mucho pero que no son, dicho sea de paso, demasiado difíciles”, de las expresiones de agradecimiento. Como si los méritos fueran siempre ajenos, no propios. Y en particular Bianco se explaya en la correspondencia con James Irby, una relación que comienza a partir del trabajo que el crítico y traductor norteamericano realiza sobre su obra.
Para Bianco, la oralidad era una perfomance literaria más, otra forma de narrar, escribió Sylvia Molloy en uno de los textos de Las lecciones del maestro (compilación de Balderston, editada por Beatriz Viterbo en 2006). La correspondencia podría inscribirse en la misma estela, tanto porque en ellas resuenan y se extienden diálogos y confidencias como porque toman incluso el lugar de la conversación. La notable carta a Ezequiel de Olaso –en verdad un micro ensayo sobre Ricardo Güiraldes– sigue a un encuentro personal, como forma de despejar un posible equívoco: “Le escribo esta carta porque no fui bastante claro en la conversación que sostuvimos ayer”, aclara Bianco. A veces el tema solo puede ser tratado por la distancia que traza la escritura, como le explica a Victoria Ocampo para reclamar una mejora en el sueldo que percibe.
Si las notas al pie pueden parecer de lectura prescindible, en este caso aportan referencias tan exhaustivas y curiosas que van mucho más allá del propósito de precisar datos y circunstancias aludidas y traducir expresiones en otros idiomas. “Équipage tiene varios sentidos –dice así una llamada–: tripulación, equipamiento, dotación, partida (de caza), carruaje. Bianco utilizaba esta palabra cuando se refería a los coches lujosos tirados por cuatro caballos. Solía leer las memorias de Elizabeth de Gramont, sobre la belle époque, uno de cuyos volúmenes se titula Au Temps des équipages”. Ese tipo de información es tan reservado como la propia carta a la que se aplica.
“Todos sabemos quién es Victoria Ocampo, quién es Borges, quién es Silvina Ocampo –dice María Julia Rossi–. Este volumen atenta contra esas ideas tan definidas: esos escritores no eran ni tan discretos, ni tan osados, ni tan desinteresados. La correspondencia desarma cualquier idea monolítica sobre José Bianco”. Epistolario vuelve a enviar sus cartas.
Epistolario, José Bianco. Eudeba. Edición de Daniel Balderston, María Julia Rossi y Eduardo Paz Leston, 420 págs.
(Publicado en Revista Ñ)

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